Moros vendedores de camellos

 

Fuente: Los Ranchos de Pascuas en Tinajo
Nicolás J. Lorenzo Perera
Mª Dolores García Martín

 

Recorrían los pueblos. Fue una estampa muy común, parte de los re­ cuerdos infantiles relatados por personas cuyas edades oscilaban -agosto de 2003-entre 66 y 91 años, peculiar de un tiempo en el que “habían muchos camellos”.

Los camelleros moros, que hablaban español (“se le entendía todo lo que decía”), procedían de Cabo Juby. Acostumbraban a venir en compañía dos o tres. Cada cuatro años, ”todos los años o al tercer año, según” e, inclusive, en dos ocasiones anuales. La época de permanencia dependía del desarrollo de la actividad que desempeñaban, hasta ocho o quince días: “por lo menos ocho días sé yo que estaban, a veces los vendían toos y otras no, se iban a otros pueblos”.

Ataviados con su vestimenta tradicional, unas veces de color blanco y otras canela (”trajes grandes y un rollo en la cabeza”), expedían temor entre los más pequeños (“les tenían cerote, tenía yo ocho o nueve años”) e infundían respeto a los mayores, constantes de vieja tradición que nos retrotraen a la época (siglos XVI, XVII, XVIII) de los sanguinarios ataques prodigados por piratas de procedencia moruna, sin olvidar que el desfile prodigado por los camelleros africanos formó parte de una época de pánico y de sustos: ”antes les tenía uno…, es que no se veían tantos moros como hoy (…) antes se le tenía mieo hasta los guardias civiles”.

La trulla de camellos -10, 12, 15, 18 ó 20- avanzaba, cada uno con su arigón, de modo que “a veces traían ellos uno y los otros amarraos unos de otros”. Estaban ya marcados a hierro caliente. Eran camellos como los del país, de una sola corcova. Animales jóvenes, nuevos, guelfos, de uno o dos años: “a la gente aquí le gustaban más los machos, aguantan más y tienen más poder pa trabajar”

A pesar del miedo y del respeto que infundían, el trato de los moros con los habitantes de los pueblos fue normal y hasta cordial. Se les recuerda en Tiagua, Soo, Tajaste, Tinaja, La Laguneta … Los camelleros moros dormían en pajeros y comían en determinadas casas: “bastante comieron en mi casa; si comieron en otras, no lo sé” (1). Traían té al que eran muy aficionados, lo mismo que a determinados hábitos y preferencias culinarias: ”no comían tres veces al día, de noche y lo más que comían eran huevos cargaos de aceite y mojaban gofio” (2). Los últimos textos orales corresponden al pago de La Lagunera; allí encerraban los camellos en el conocido como corral del pueblo, sin tener que pagar, acudiendo los vecinos hasta dicho lugar con el objeto de hacer algún trato, bien de camellos o con las cabras que, alguna que otra vez, llegaron a traer: ”en un corral gradísimo dejaban los camellos; allí también encerraban los animales que se encontraban sueltos”. En otras poblaciones los metían en alguna cuadra. Alimentaban a los camellos con la comida que les daban los vecinos: paja de las eras, tuneras …

Los vendían o cambiaban por camellos viejos, que estuvieran gordos, al objeto de llevárselos y sacrificarlos para aprovechar la carne.

Sobre la curiosa manifestación, brevemente descrita, prevalecen re­ cuerdos de la siempre inquieta memoria infantil:

“Yo fui a comprar un pan. El moro le dijo al ventero que por qué no le ponían unas soletas al niño que estaba descalzo” (3).

“Venían dos moros, uno se llamaba Jafa. ¿Cuántas veces no comió en mi casa?. Siempre decía Jafa: esto ser nuestro (…). Y en la tardecita, en la era, cuando el Sol se pone, se ponían ellos a rezar, se agachaban, se subían . . . “(4).

 

 

(1) Información oral de doña Catalina Alayón Acuña, 66 años. Tajaste, VIII -2003. Es natural de La Lagunera: “me casé y vine parriba”
(2) Información oral de doña Catalina Alayón Acuña, 66 años. Tajaste, VIII-2003.
(3) Información oral de doña Petra Pérez Peña, 91 años. La Veguera, vm-2 003.
(4) Información oral de doña Catalina Alayón Acuña, 66 años. Tajaste, VIII-2003.

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