Relato de un irremediable nostálgico (II)

Por Agustín Cabrera Perdomo

 

…. Siguió Don Jerónimo su andadura calle abajo: pensaba…… pensaba en Gregorio, de lo intrincada que parecía ser la condición humana. Dobló la esquina de La Marina y surgió ante sus ojos, la siempre alegre y luminosa marina de Arrecife.
Esa tarde, la bahía resaltaba su encanto luciendo un blanco encaje de espumas que bordeaban las riberas de los muchos arrecifes que conforman la bahía y dan nombre a la ciudad puerto.

Las voraces gaviotas, lanzaban gritos de hambre y planeaban airosas sobre la vertical de las casas que se alineaban con cierto orden junto a la orilla. Aquel olor a seba y marisco que traía el aire cargado de humedad, hizo que don Jerónimo aligerara el paso, ansioso por refugiarse tras la ventana del café y respirar su cargada y peculiar atmósfera. Allí compartía con sus amigos y conocidos, aquel rato de agradable tertulia en la cual, nuestro hombre parecía siempre como un poco ausente. Mientras Anacleto le preparaba el café don Jerónimo iniciaba sus muy particulares rituales del tabaco mezclando varias clases y liándolos con parsimonia, sin prisa y aparentemente abstraído en sus pensamientos. No tardó mucho Anacleto, en llegar con la humeante cafetera hasta la mesa que ocupaba el viejo galeno, la dejó a su lado al tiempo que le acercaba algunos periódicos atrasados. Don Jerónimo, después del primer sorbo de la aromática infusión, toma uno de los cigarrillos, se lo lleva a los labios y enciende una cerilla; esta, se le consume casi quemándole los dedos, enciende otra y es cuando acerca su llama al cigarrillo aspirando una profunda calada. El protagonismo de don Jerónimo en este deslavazado relato termina aquí, habiendo sido mi intención rememorar la figura de tantos médicos que ha dado esta tierra y que han sido y son ejemplos de humanismo y dedicación a sus enfermos, desde don Alfonso Spínola Vega hasta todos los que hoy cuidan de nuestra salud y bienestar.
El nuevo espigón que llamaron al poco tiempo Muelle Grande, recientemente inaugurado, comenzaba a sentir los embates del incipiente oleaje que salpicaba de espuma y sal, a los cuatro o cinco pescadores de caña, que apuraban hasta el final su jornada de pesca. Estos, intuyendo la que se avecinaba, recogían sus aparejos y bártulos, y emprendían raudos, el regreso por la nueva y amplia carretera también construida recientemente y que accedía al flamante y nuevo muelle comercial. Corría ésta carretera, paralela en su primer tramo, a otra más antigua, que daba acceso a través de un puente levadizo a un no menos viejo baluarte, testigo mudo de terribles asedios y ataques piratas, de no hacía tanto tiempo.
Esta fortaleza de rancia espadaña, lucía en el patio de armas, dos viejos y oxidados cañones, en los cuales – aseguraban algunos- poniendo el oído junto a sus negras bocas, se escuchaba claramente el fragor de las batallas y los gritos de los asaltantes. Otros cuentan, – los más asirocados, – que aguzando el olfato y en las noches quietas, se percibía el olor de la tea ardiente en manos del pérfido sarraceno, que sembraba en sus correrías, el dolor y la sangre por toda la geografía de la isla. Hoy, solo son testigos mudos de la historia insular, permanecen con sus bocas apuntando al suelo, olvidados de sus glorias pasadas y soportando a la chiquillería, que en sus juegos de guerrillas, los toman como primer objetivo, antes de lanzar su inútil e imaginario asalto al viejo castillo de San Gabriel, evocando así, gestas de funesto recuerdo para la memoria del pueblo.
Llegó don Jerónimo al cafetín, cruzó el umbral y saludando a los cuatro parroquianos que batían gastadas fichas de dominó en la mesa del fondo, ocupó su sitio habitual junto a la ventana. Desde allí contempló de nuevo las riberas del islote de Fermina, que recibían ya el embate de un mar embravecido y que a medida que la pleamar se aproximaba, las olas comenzaban a saltar la muralla del paseo. Este, aún conservaba los railes de acero del tren de vapor, que había transportado la arena de la playa del Reducto y que se había utilizado en la construcción de los prismas, que servían de rompeolas al nuevo espigón. Con los tiempos dominantes del nordeste, la pertinaz brisa, lo normal era ver una mar llana, azul hasta el horizonte interrumpido por la majestuosa e indolente isla de Fuerteventura, la Gran Maxorata.
Aunque martes y día de correo, el viejo vapor que cubría la línea regular con la capital de la provincia, se había visto en la imposibilidad de atracar en el nuevo muelle. Este; al estar abierto a los tiempos de abajo o majoreros, (es así como llaman los conejeros a los vientos que soplan del tercer cuadrante.) los barcos tienen muchas dificultades en realizar las maniobras de atraque, así como las operaciones propias de la actividad portuaria, pues el constante oleaje pone en peligro la integridad de los navíos. Cuando alguna borrasca, se desvía de su camino habitual por el Atlántico norte, y se deja caer por estas latitudes, al tiempo que siembra la inquietud entre las gentes del mar, también llena de esperanza los corazones de los agricultores de la isla, pues son benéficas, las lluvias que suelen regar los resecos campos de la isla.
La arribada de los correíllos al puerto, era uno de los acontecimientos mas esperados por la población de la isla y especialmente por los habitantes de Arrecife, El cansino discurrir de los días de la semana, contrastaba con la enorme actividad y agitación que, durante unas horas, se desarrollaba en el puerto y sus aledaños. El trajín de carros, camellos y algún que otro fotingo motorizado, sorteaban barricas, sacos de batatas, de cebollas, y toda clase de mercancías que esperaban su embarque, todo aquello entre una multitud de gente que pululaba en sus quehaceres por el angosto espigón. Otros carromatos, se abrían paso haciendo sonar su estridente bocina, intentando dejar su preciada carga justo en la escala del vapor. Parecía imposible, que entre aquel caos aparente, las labores de una actividad que se realizaba a contrarreloj, se fueran ejecutando con bastante precisión, pues el barco era puntual en su salida.
Muchos particulares se acercaban al barco, con los más variopintos encargos, unos, hablaban con un camarero conocido, otros, con el contramaestre, el cual tenía que entregar en Las Palmas a don Fulgencio Rosales, media docena de enormes sandias, de las de Soo como deferencia por un favor recibido. Otros, recogían alguna carta o encargo que traía el gambusero, y luego, decenas de curiosos y desocupados que iban de noveleros, a sentarse junto al faro.
Algunas damas, lucían aparatosos sombreros adornados con flores de papel de colores, con ellos, paseaban su palmito, moviéndose entre aquel ajetreo, sin perder de vista las caras de los viajeros que se iban o llegaban, según fuese la arribada o la partida: Algún que otro viajante de comercio, algún militar de carrera, que venía a incorporarse al destacamento con sede en la isla.
Mientras tanto, la chiquillería correteaba por el espaldón del muelle, jugando entre los primas del rompeolas, o esperando alguna distracción del guardián para afanarle alguna batata, que apetitosa sobresalía de su fardo y así paliar el “jilorio” de la hora de la merienda.
Con la llegada de la noche, la actividad en el muelle, iba decayendo, el barco estaba listo para zarpar y su lúgubre bocina, lo acababa de anunciar en su segunda llamada. Los pasajeros iban llegando con sus pesados bultos y maletas, Macario Guillén, el maletero, les ayudaba a trasladar a bordo parte de sus equipajes. Mac; era el maletero oficial, no sé si de la compañía de vapores o era un cargo que la costumbre había consolidado como vitalicio, lo cierto es, que era el único que ejercía el cargo y nadie, se atrevía a disputárselo y no es que impusiera respeto su complexión física, pues Macario, era la antítesis de un atleta, es más, un ramalazo entreverado se adivinaba en sus andares.
Acomodados los viajeros y sus preciosas cargas en sus camarotes, subían luego a cubierta para despedirse de sus familiares, estos esperaban en el fumador, hasta que se avisaba a los no viajeros, que debían abandonar el barco. Algunos pasajeros, apoyados en los pasamanos de la borda, observaban las maniobras de la partida, por la banda de estribor.
Cuando el barco, minutos después que Lalo Díaz hiciese sonar su bocina en la tercera y última llamada, el vapor comenzaba a separarse del muelle, una repentina e inesperada desazón obligaba a los pequeños que jugaban en los prismas, a seguir los pormenores de la maniobra, mantenían la vista fija en la negra silueta del moderno paquebote, que poco a poco, se empequeñecía al alejarse sobre un mar, que a esa hora se les antojaba, cuando menos inquietante. Una repentina aunque esperada sensación de soledad y abandono, les embargaba.
Cuando la obscuridad se adueñaba del muelle, y solo el leve rumor de las olas sobre el rompeolas, la soledad en que se iba quedando el lugar, les hacía apresurarse y tomar el camino de regreso hasta la avenida, sintiendo, que algo que no sabían explicar, se iba con aquel barco, en cada una de aquellas tardes de despedida….

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