Relato de un irremediable nostálgico (IV)

Por Agustín Cabrera Perdomo

 

… La tertulia languidecía en la misma medida en que se aproximaba la noche, don Anselmo dormitaba hacía rato. Florentino, con la boca en las orejas, y queriendo animar la reunión, pasó bajo la mesa a Rosendo Rojas un cartucho de papel y éste; llenándolo de aire le cerró la boca con la mano izquierda, lo acercó al oído de Don Anselmo y provocó con la otra mano la explosión, esperada ya por casi todos los contertulios.

El azar, aliado sin duda con el bromista, hizo que en el momento de la explosión del cartucho coincidiese en el tiempo con el fragor de un descomunal trueno que retumbó sobre la vertical del viejo edificio del café, que incluso al promotor de la broma se le erizaron los pelos del bigote.
Don Anselmo, abrió los ojos y todos pudieron leer en sus negras pupilas, el terror y la angustia que muchos entendieron justificada debido a la magnitud de la explosión del cartucho acompañada por el retumbar del trueno. Al cabo de unos segundos, cuando el color apareció de nuevo en el rostro de la víctima, recuperado su aplomo y haciendo gala de su talante condescendiente y amable, se dirigió a Florentino Sosa diciéndole:
-Tendría yo su edad Florentino-, cuando andaba por tierras de América intentando olvidar y paliar con mi trabajo, la miserable existencia que había llevado en ésta nuestra querida isla. Después de años de terrible sequía, muchos nos vimos obligados abandonar la tierra y tratar así de mejorar nuestra condición de seres humanos, buscando el sol y el viento de otros cielos. Quedaron sin juventud muchos pueblos y pagos de nuestra isla, dejando en ellos, solo el desconsuelo y la pena de nuestros viejos, que nos vieron partir y que muchos, por lo avanzado de su edad no volvieron a ver nuestro regreso.
Como les decía, cruzamos el charco con la sana intención de comernos el mundo y poder ayudar a salir de aquella situación de extrema miseria, a nuestros padres y hermanos. Unos por la edad, otros por la falta de recursos, tuvieron que seguir malviviendo en esta tierra de nuestros pecados. Pero sigo con el relato y perdonen todo este largo, aunque creo necesario preámbulo.
Eran cerca de las diez de la noche de un martes quince de febrero; Corría el año de 1898 al igual que una ligera brisa que refrescaba la espléndida noche habanera. Sentados en la base de una de las doce farolas que iluminaban el muelle de Caballería, contemplábamos las luces de los navíos de guerra, que fondeados en la bahía, dejaban ver sus imponentes y agresivas siluetas. Saturnino Delgado paisano de la Vuelta Abajo, era quien me acompañaba en ese fatídico día. Saturnino alargó el brazo señalando la enorme silueta del Ciudad de Washington, buque mercante Norteamericano. Su brazo describió un breve arco, se detuvo y con su dedo índice señaló al tiempo que me relataba las características técnicas del navío de la Armada Francesa La Dubordieu. Siguió Saturnino demostrándome sus conocimientos navales adquiridos sin duda por su interés y trabajo como operario de La Maquina de San Fernando, colosal artilugio que servía,- entre otras cosas – para cambiar los mástiles de los navíos que se reparaban en el puerto.
Poniendo esta vez un cierto énfasis, pero con atisbos de un cansado patriotismo, me describió las características técnicas del buque insignia de la Armada Hispana: El crucero aparejado de fragata, que fondeado en la bolla nº 3 llevaba grabado en su casco el nombre de ALFONSO XII.- debe tener unos diez once años, había sido botado desde las gradas de los astilleros de el Ferrol el 12 de Agosto de 1887, sin embargo, a pesar de su relativa juventud, presentaba un aspecto deplorable. – Sus calderas están desechas – me comentó Rosendo – y de oídas he sabido que su artillería está inútil.
El hijo de Seño Anselmo Delgado, el de la vuelta abajo, señaló luego con un ademán que me resultó premonitorio, la. estampa del impresionante acorazado Norteamericano Maine, que fondeado a escasa distancia del mencionado Alfonso XII, lucía su inmaculado casco blanco a excepción de sus esbeltas chimeneas y de su poderosa artillería que la constituían cuatro montajes de 10 pulgadas pintados de color negro. Un ronroneo de animal en reposo, salía de sus entrañas, – sus calderas permanecen encendidas, – comento Saturnino– e iniciaba un comentario sobre la inoportuna y provocadora visita a La Habana de este coloso de los mares. Momentos de silencio premonitorio siguieron a sus últimas palabras que se había quebrado de pronto al ver como de la proa de aquel navío, surgía una deslumbrante llamarada seguida de una formidable explosión. Fue tal la magnitud de la deflagración, que rodamos por el empedrado y pensamos en fracciones de segundo, que nos había llegado la hora de rendir cuentas ante el Todopoderoso y que el final de nuestra aventura americana, había llegado a su fin con más pena que gloria.
En esos breves instantes transcurridos tras la deflagración, los recuerdos y deseos que se han acumulado en tu memoria a lo largo de tu existencia, parecen intentar salir de golpe pidiendo paso y explicaciones a la vida. En esos momentos de incertidumbre, solo se te ocurre pensar en quien carajo te mandaría dejar las peladas llanuras de tu Tahiche del alma. Aun hoy; en las noches, cuando la brisa refresca mis largos insomnios, veo ante mí aquel enorme destello de aquella formidable explosión. Y…. precisamente hoy amigo Florentino; se cumplen veinticinco años de aquel terrible suceso que desencadenó una cruel y terrible guerra y que usted, inconscientemente cruel, me ha traído a la memoria ese recuerdo indeleble que creo me acompañara hasta el día en que la muerte me separe definitivamente de todos ustedes queridos amigos. El cristalino brillo de una lagrima se asomó a los cansados ojos de Don Anselmo, quien seguidamente se deshizo en elogios al patriotismo de su amigo Saturnino Delgado, muerto como un héroe durante la guerra de la independencia de la isla antillana del lado de los cubanos, causa de la que había hecho su razón de vivir y creo, según llegó a mis oídos en mis últimos días de estancia en la isla, con la idea de traer la liberación a estas tierras empobrecidas y olvidadas por la metrópoli. Don Anselmo, había relatado con gran emoción los acontecimientos históricos que presenció en La Habana y que fue el pretexto de los EE UU de América del Norte, para declarar la guerra a España, y luego hacer de Cuba; el patio de atrás de su casa y mas tarde, prostíbulo de lujo para sus millonarios. ¡Viva Cuba Libre!.
Aquellas palabras dejaron a la mayoría de los presentes removiéndose en sus asientos, algunos, con la disculpa de que había empezado a llover, se levantaron y se acercaron a la puerta que daba a la avenida y ver así, las primeras gotas del año. En esta isla reseca, la lluvia es un espectáculo del que nadie puede abstraerse. Cuentan de un foráneo, Notario él, que en su primer año de estancia en la isla, asombróse que sus amanuenses, al oír las primeras gotas golpear contra los cristales de las ventanas de la Notaría, corrían hasta la puerta para regocijarse viendo caer la bendita lluvia y el discurrir de las aguas, por las enterregadas calles del Puerto de Arrecife. Cuentan que les llamó al orden, por tamaña displicencia en el cumplimiento de sus deberes. Sin embargo, a los pocos años de llevar desempeñando su cometido en la isla, era él, quien daba el primer aviso de la lluvia se apresuraba en correr hasta la puerta para disfrutar de lo que tan peregrino le pareció a su llegada y ahora, lo hacia él estuviese donde estuviese, en la notaria, en el casino y si la lluvia irrumpía durante el rezo del Santo Rosario, en la iglesia, unas oportunas y sonoras toses y carraspeos le servían de disculpa para con mucho recogimiento, llegarse hasta el cancel y gozar de aquella maravilla que la naturaleza tan raramente obsequiaba a esta sufrida tierra.
Mientras se relataban estos acontecimientos, la lluvia se convirtió en tromba de agua, las calles que desembocaban a la avenida, empezaron a convertirse en verdaderos ríos del color de la tierra, terminaron inundándola y desbordándola en verdadera torrentera al embravecido mar, tiñéndolo de un color ocre que poco a poco transformaban las enormes olas en imaginarios médanos movedizos que furiosamente se estrellaban de nuevo, contra los diques del muelle King. -Éstas son las paradojas de esta nuestra tierra, a veces pasan años sin que el cielo nos deje una sola gota y otras como es el caso de hoy, nos inunda la isla – comentó Anacleto que también curioseaba junto a la puerta. La conversación, saltó por diferentes vertientes aunque todos terminaban refiriéndose al tema de actualidad. La climatología.
Marcial Tavío empezó el relato de una anécdota, que según contaba, había ocurrido por los pagos de Tinajo durante unos años de extrema sequía: Contó Marcial que un tal Leoncio Verde, que en la más cruda indigencia, sin nada que poder echarle al pesebre de su pobre jumento lo condujo amaneciendo un día de Abril, hasta las estribaciones de la montaña de Tenesar, en cuyas laderas, al igual que en Caldera Blanca, se dejaban los animales sueltos para que se buscaran el sustento por su cuenta, comiendo lo que podían encontrar, desde espinosas aulagas a jugosas tabaibas y verodes que milagrosamente crecían por aquellos parajes. Contaba Marcial como el pobre Leoncio, con la pesadumbre de tomar aquella determinación, conducía a su fiel borrico por una peligrosa vereda que discurría por el borde norte de dicha caldera, donde dicen el Risco Negro, que con una altura cortada a pico sobre el mar, calcúlele yo unos cincuenta metros aproximadamente. Es peligroso él tránsito por dicho lugar, tanto para personas como para animales y este es el caso: un mal paso dado por el desdichado animal causado quizás por la debilidad física de tanto ayuno, al viejo burro le flaqueó la pata derecha y se precipitó al vacío en caída libre, – al menos, podrá mitigar la sed – pensó Leoncio qué pensaría el burro que veía como aquella tremenda mancha azul se aproximaba hacia él velozmente y le estallaba en todo sus sentidos con una violencia descomunal. Leoncio, desesperado al ver la caída de su sufrido ayudante, en un último gesto para animarle en su inusitado viaje le gritó: ¡ lleva paja amigo, porque agua te va a sobrar.!
Las risas y fiestas al concluir Marcial su relato, se apagan poco a poco, cuando interviene Don Segundo Ramírez, que con cierta habilidad, toma el hilo del cuento que acababa de escuchar y frotándose las manos, invita a los contertulios que se habían alejado hasta la puerta del bar para contemplar el mencionado espectáculo de la lluvia que arreciaba con fuerza en aquellos momentos. Todos al oírlo se apresuraron a ocupar sus asientos, provocando un cierto alboroto de sillas que se ruedan y cómplices risas nerviosas.
Establecido el orden y complacido en el fondo por la expectación que provocaba el hecho de iniciar su relato, don Segundo continuó: Les decía a los presentes, que el día de los hechos relatados por el amigo Marcial, casualmente nos encontrábamos pescando bajo el mencionado Risco Negro, y en unas piedras relisas, junto al veríl que existe en dicho lugar, – me acompañaban- y vivos están para corroborar lo que les cuento – Tomas Lemes y dos compañeros de pesca más, que creo recordar eran Antoñito el “ doblao “ y para el engodo, habíamos llevado a Memo El Salema, gran conocedor de aquellos bajos y lajiares, que desde niño había pateado.
Nos había amanecido pescando sargos en una cuarta de agua, un pesquero bueno para el sargo el de aquellas orillas. Habíamos cargado, y temíamos el regreso con semejante carga, pues subir aquellos riscos por las sinuosas y empinadas veredas era labor cansina y peligrosa a la vez. No sé si la providencia había madrugado ese día con nosotros, pero cuando los primeros rayos del sol, rielaban sobre la revuelta superficie del agitado mar de aquella ensenada, a pocos metros de donde estábamos, vimos como una sombra gris de grandes orejas, era acompañado de un tremendo impacto y éste se producía ante nuestras narices. Una tremenda ola impactó contra la orilla sin explicarnos la causa de aquel inesperado rebozo, solo unos instantes después, un rebuzno sobrecoger que pareció salir de las profundidades, – como de hecho salía – como salieron también de entre la espuma unas enormes orejas pegadas a una cabeza de unos enormes ojos que reflejaban el terror en estado puro, al menos para la mente de un escuálido y hambriento burro, que una vez emergido de la espumosa mar y repuesto a medias del enorme susto, comenzó a chapotear entre las olas con rebuznos desgarradores que los salientes del acantilado, se encargaban de multiplicar en continuos ecos aterradores.
Parecía que los bajos del Risco Negro acabaron convirtiendo aquel escarpado acantilado en una pantalla acústica, desde donde, un coro de asnos enloquecidos interpretaba el amargo adiós a la vida asnal. Salidos del tremendo estupor – continuó el señor Ramírez- en que nos hallábamos nos mirábamos absortos sin saber que decir y que hacer. En segundos pasaron por nuestras mentes todos los burros fantasmales con los que nos habían asustado de niños y si no es por las circunstancias del hecho hubiésemos jurado haber visto a la mismísima y fanfarrona burra blanca, luciendo sobre su lomo una dorada aleta que movía garbosa al unísono que un largo rabo plateado y que terminaba en afilado tridente. La realidad de los hechos nos puso el razonamiento en su sitio y vimos la realidad tan cerca, que pronto se disiparon aquellas elucubraciones propias de familiaje menudo. Tomás Lemes sin encomendarse a Dios y pensando que era una obligación ineludible afrontar aquella situación con la mayor serenidad, se abalanzó al agua en un momento en que un “ jacío “ había hecho su aparición en aquella peligrosa ensenada donde las olas habían establecido una tregua. Había que aprovecharla si se quería salvar la vida de aquel animal, enviado del cielo y que incomprensiblemente chapoteaba entre espumas con aquellos enormes e interrogantes ojos negros fijos en los escarpados riscos y que como remota salvación intentaba alcanzar. Nadó Tomás hacia el animal y tomándole las riendas lo condujo nadando y dándole ánimos fuera del rompimiento, cuando las primeras crestas de la nueva serie de olas empezaban a formarse de nuevo. El jumento pareció serenarse con la compañía de Tomás y esperando un nuevo recalmón lejos de la orilla, se prepararon para intentar la salida por un estrecho cañaliso al cual el mar llegaba mansamente, al llegar a una zona arenosa, cosa que consiguieron, después de no pocos revolcones y purgantes de agua salada, salvador y salvado cayeron extenuados sobre la arena, solo el rumor de las olas rompiendo a sus pies les mantenía unidos con la realidad, luego, al oír las voces de los compañeros al acercarse jubilosos al lugar, hicieron que los náufragos se abandonaran al sueño, viéndose a salvo de las acometidas del viejo Neptuno, quien, con su negro tridente hubiese querido ensartarlos y llevarlos a su reino en las profundidades donde los mostraría como prueba de las peregrinas costumbres de los habitantes de la superficie y particularmente las de los moradores de una volcánica y olvidada isla del antiguo reino de sus antepasados los Atlantes.
La irrefrenable imaginación de Don Segundo Ramírez, se hubiese atrevido a narrar con todo lujo de detalles ; las posibles aventuras de Tomas Lemes y el Burro de Leoncio Verde en los dominios del rey de los mares, pero con el estampido de un nuevo trueno, los parroquianos que habían escuchado el delirante relato de Don Segundo, se apartaban de la mesa conteniendo la risa, aprovechando la confusión que producía el estruendo de la lluvia y los truenos para descojonarse abiertamente y comentar, como el viejo Ramírez en esta ocasión, se había superado a si mismo, ¿ Te fijaste la expresión de Don Agustín Robayna cuando lo de los burros cantores, Yo creí que me meaba, la verdad que el jodío viejo es un verdadero artista en lo de inventarse historias, yo espero que estos cuentos, de los cuales tenemos el privilegio de ser testigos, alguien los escriba algún día y pasen a la memoria de los que nos precedan, pues no creo que personaje de las características de Ramírez sea común en muchos sitios del archipiélago. Este comentario lo hacía Don Ruperto Ramos casi al oído de don Jerónimo, el cual apurando su último café, manifestaba en su semblante adusto y reservado, la satisfacción de haber pasado momentos de los cuales guardaría gratos recuerdos y por los que merecía la pena vivir. Después del aguacero, el viento amainó rolando al oeste, circunstancia que aprovechó la mayoría de los contertulios para ir abandonando el café. Anacleto comenzó a limpiar las mesas que iban dejando vacías los parroquianos, lo cual invitaba a los rezagados a ir abandonando el local, no sin antes despedirse una y otra vez, sobre todo los que se habían excedido en la ingesta alcohólica, que no eran pocos, pues la abundancia de las lluvias los había alegrado más de la cuenta. Anacleto con la mirada los iba arrinconando hacia la puerta. Dándose parabienes por las lluvias caídas y que suponían habrían regado copiosamente los resecos campos de la isla. Al día siguiente, la isla rezumaba agua: durante la noche, la lluvia había seguido cayendo copiosamente y amanecían las costas de la isla teñidas de un color ocre producto del arrastre de limos y que se adentraban en el mar cientos de metros. En el Puerto muchos hacendados hacían sus preparativos para partir hacia el interior y poder ver “in situ “el estado de los campos después del temporal. …

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