La barrica de güisqui

Por Agustín Cabrera Perdomo

 

Cuando la inseguridad de la navegación marítima era manifiesta, en las costas del norte de las islas no era raro encontrar algún que otro “jallo”, como podría ser una viga de madera, un bidón de aceite o una gran caja llena de mini transistores u otras de tabaco rubio. Recuerdo la aparición de varias cajas de un alijo que unos contrabandistas habían tirado por la borda conteniendo cajetillas de Camel y Chesterfield que eran las marcas más conocidas del tabaco americano en aquellos años y que al haberse mojado, la gente los ponía a secar en los patios de las casas y algunos en los paseros de frutas de higueras del volcán y ver si podían aprovechar algo.

La historia que les cuento es verdadera, me la contó un amigo antes que él la diere a conocer en coplas en su libro TINAJO, MIL COPLAS DE HISTORIA, editado por el mismo en el año 2011 y que con su permiso algún día colgaré algunas en el muro de Ripiaje Conejero.
Hoy, voy a intentar contarla tal como me dicen que ocurrió, ajustándome a los personajes de la misma de los cuales creó que no queda vivo ninguno.
Fue en Punta Gaviota, en la escarpada costa noroccidental de Tinajo, donde se hallaba pescando Juan Cabrera Cabrera, vecino del pueblo y al que no se cómo se le estaría dando la pesca ese día, lo cierto es que vislumbró cerca de la orilla un objeto que se balanceaba por el oleaje y que tenía toda la pinta de ser un gran tonel de madera. Se arremangó Juan Cabrera y se fue a la orilla con la intención de vararlo, pero después de varios infructuosos intentos tuvo que dejarlo a merced de las olas que amenazaba con estrellarlo contra las rocas. A grandes voces intentó llamar la atención de otros pescadores para que viniesen en su ayuda y poder llevar a tierra aquel hermoso “jallo” que la suerte le había deparado. Varios pescadores se acercaron a Juan quien les contó de su hallazgo y juntos se pusieron a la labor del rescate. Después de grandes esfuerzos la misteriosa barrica fue puesta en tierra. Nada mas colocada de pié intentaron abrirla para conocer el contenido, dejando claro que todos los integrantes del salvamento, tendrían su parte en lo que quiera que fuese el contenido. Juan Cabrera al principio se mostró algo remiso pero como las costumbres con el tiempo se convierten en leyes, al final convino bajo palabra en que así se haría. Como dije, todos se pusieron a dar ideas de como se abría una barrica de aquellas características, pero al carecer de instrumentos adecuados decidieron dejarla como estaba de momento hasta que a alguien se le ocurriese la forma de sacar aquella tapa que habían cerrado tan a conciencia. Estaban todos sentados junto a envase, en una especie de extasis contemplativo intentando adivinar por la vía de la inspiración divina cual sería su misterioso contenido. Ya habían decidido mandar a alguien Tinajo a por una barrena para abrirle un orificio y un torno para luego poder taparlo, cuando vieron aparecer arremangado y con un cesto de lapas recién cogidas, a Juan Pacheco que era hombre de recursos y que al enterarse del “jallo” se comprometió a abrir la barrica sin peligro de rotura y el consiguiente derrame de su precioso líquido. Con un lapero y más maña que fuerza, logra Juan por fin quitarle la tapa a la dichosa barrica. Al momento todos los presentes que ya eran unos cuantos, pegaron sus narices al orificio para así intentar identificar por medio de su olfato los efluvios que surgían del interior de aquel tonel de trescientos litros. Ninguno de ellos fue capaz de conocer por el aroma la naturaleza de aquellos efluvios desconocidos al menos en el ámbito tinajero. Vertieron en un zurrón un buen y abundante chorro del cual todos bebieron unos buenos y largos tragos sin encomendares a adiós ni al Diablo. tampoco la cata gustativa fue suficiente para que ninguno de ellos supiese de que licor se trataba, sólo Juan Pacheco que era cantinero al fin sentenció que aquello era güisqui y del bueno. El cuñado de Juan Pacheco el cual era todavía un muchacho, también se echó unos buenos tragos y al sentirse mareado puso rumbo a Tenesar pero se quedó a dormir la tremenda mona al llegar a Los Aljibes. Los que de camino a Tras de Tenesar, encontraron al muchacho en brazos de Dionissos, le preguntaron el motivo de aquella temprana melopea y el chico con la voz afectada por el desconocido elixir, les contó con gran esfuerzo verbal lo sucedido. Todos pusieron rumbo a Punta Gaviota. Y como dice mi amigo Baldomero en sus coplas “casi como las moscas aparecieron, algunos no pescaron pero bebieron”. Después de “jartarse” como pelotas, negociaron con Juan Pacheco la venta del Güisqui, el cual en poco tiempo se consumió la mayor parte de él en su cantina llamada La Cueva de la Perra y al cual según dicen, le sacó sus buenos dineros. Juan Cabrera, descubridor del “jallo” se quedó con la barrica según acuerdo tomado por aquella pequeña asamblea que por los avatares del destino había había dado a conocer a muchos tinajeros el placer y los efectos de aquel tesoro de la vieja Escocia. Juan Cabrera al final sacó un pequeño beneficio extra al vender aquel envase al importante viticultor don Virgilio Parrilla. Y para terminar el relato lo haré con el que mi amigo Baldomero pone fin a su poema:

Aquí termina la historia,
de esta barrica,
que ya estará muy vieja,
tal vez no exista.

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