La cantina

Por Agustín Cabrera Perdomo

 

Mi amigo tenía y tiene, aunque hoy provisionalmente cerrada, (definitivamente) una cantina en el pueblo. A ella acudíamos de vez en cuando a pasar el rato y casi siempre a sobrecargar de trabajo a nuestro juvenil y ya entonces castigado hígado. Era aquella tasca, un local minúsculo, cutre y al mismo tiempo acogedor, no sabemos qué extraña influencia ejercía sobre nosotros, que cuando franqueábamos su estrecha puerta, tarde y mal salíamos por ella.

Mal en el sentido físico, pues la mayor parte de las veces que lo hicimos; fue ya despendolados, con la voz enfangada de ron, cantando a gritos el Adiós Pampa Mía del llorado Carlitos Gardel y con la compostura totalmente perdida.
Allí bebíamos sin aparente tino tremendos cubas libres caldiaos, sin hielo, naturales, del tiempo, como decían los del lugar. De las muchas visitas que hicimos a La Cantina, siempre fueron hechas con el buen propósito de echar la arrancadilla para una vez superada la timidez juvenil, alongarnos al baile de la Sociedad que estaba nada más cruzar la calle y marcarnos unos compases a los sones de la orquesta Lira de La Villa u otra cualquiera, pero; siempre llegábamos al meneo cuando las notas del pasodoble Islas Canarias indicaban la señal inapelable de la conclusión del jolgorio.
Con los restos de la euforia que nos quedaba, enfilábamos el camino del Morro dando tremendos bandazos a la vez que aspirábamos ansiosos el aire helado de la madrugada, después de horas revolcándonos en aquella atmósfera enrarecida de La Cantina y habiendo casi acabado con las reservas de ron del cantinero; dormíamos la mona en el pajar, entre palote y camisas de millo.
Este pueblo mío de adopción, tiene o tenía evidentes reminiscencias orientales y no solo por las referencias de distinguidos autores que describiendo a Tinajo, insistían sobre las bizantinas cúpulas y chimeneas que en el pueblo hallaron, sino por la hoy también perdida y ancestral costumbre de tomar el beberaje a la temperatura ambiente bebíamos la cerveza a la temperatura ambiente en todas las cantinas del pueblo y especialmente en aquella de mi buen amigo, donde, -aunque les cueste creerlo-, vi una vez a Julio Iglesias e Isabel Preysler echándose tranquilamente una caldiada copita de no sé que, atracados a su alterosa barra de cemento.
Mi amigo el cantinero, fue fiel compañero hace ya una eternidad en un campamento del Frente de Juventudes emplazado en la playa de Arrieta el verano del año cincuenta y tres. Junto a los inolvidables Mariano Duarte Toribio, Sito Pérez Curbelo, José Cabrera y Antonio y Gonzalo Fernández, formamos parte de aquella aguerrida escuadra Tinajera que como futuras promesas de la Reserva Espiritual de Occidente, lucharíamos en el futuro por una Unidad de Destino en lo Universal. – Que era lo que Franco tenía en mente o quería que fuese España en su nacional-católico gobierno-.
Aquel galimatías filopatriótico no quitó el sueño a ninguno de nosotros, y el prometido viaje hacía Dios pasando por el Imperio nos dejó como si lo hubiésemos entendido casi todo y por otra parte aquel saludable facherio, tampoco nos traumatizó psicológicamente ni a mi ni a ninguno de aquellos entusiastas flechas tinajeros entonces expedicionarios en el otro extremo de la isla.
A mi buen amigo el cantinero, hace algún tiempo lo murieron sin su permiso. Un desafortunado bulo fue creado por no se sabe quién y la noticia se esparció por el pueblo como por el monte lo hace el fuego en un campo de chilate.
Algunos incondicionales amigos esperábamos en la Plaza ver llegar y recibir sus restos a eso de media tarde, pero afortunadamente, mi amigo se dilató ese día no acudiendo a la cita que le habían concertado sin contar con él.
Mientras pasaban ingrávidas aquellas horas de duelo irreal, mi amigo el cantinero; ajeno a todo, contemplaba desde las terrazas del H. I. los barcos anclados en la Bahía de Naos, y mientras el Sol trasponía un día más tras Los Ajaches, él; pensaba con nostalgia en la pequeña cantina de su Tinajo del alma.
Nuestro amigo Pepe, se salvó de una primera embestida de la muerte. En su segundo intento, nuestro hombre sucumbió, pero esa vez no estuvimos sus amigos para recibir su cuerpo inerte en La Plaza de San Roque, nos enteramos cuando ya sus restos descansaban eternamente en Las Tejederas. Me cuentan que en los últimos años de reclusión voluntaria en el Hospital Insular, Pepe, que había sido un solterón recalcitrante, se había echado novia, una paisana, viuda y quince años mayor que él. Fue aquel su postrero y único idilio de su vida, un amor silencioso, solo con las miradas se trasmitían sus penas y alegrías, ella mujer de costumbres tradicionales, con solo mirarlo sabía si obtenía su aprobación para acometer alguna tarea, de la cual su enamorado podía estar disconforme.
Empecé recordando su cantina y acabé sepultando al cantinero. Descansa en paz amigo Pepe.

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