La dentición y la pistola

Por Agustín Cabrera Perdomo

 

Rebuscando en las repisas de aquella vieja alacena que se empotrada en una de las paredes de la habitación más antigua de la casa, descubrimos entre diversos e inútiles trastos, la dentadura postiza de quien fuera mi abuelo paterno. Allí estaba, en el fondo de una taza sin asas, inerte, descolorida e inútil. Nunca comprendimos el porqué aquella polvorienta prótesis no había seguido también el camino hasta Las Tejederas junto con aquel que había sido su amo y usuario.

– Pa lo que va a mascar de aquí pa lantre, mejor dejarla como recuerdo.-
Dicen que dijo señó Pepe Torres en la noche de aquel ya lejano y doloroso tránsito.
Superado el inicial repelús que el solo verla nos producía, la ensartábamos entre los dedos y hábilmente manipulada, la hacíamos producir al aire, sonoros mordiscos al tiempo que perseguíamos a las hermanas, primas y amigas que corrían aterradas por los pasillos y estancias de la casa en bulliciosa algarabía. Entre gritos histéricos de terror infantil y risas de los perseguidores, se desarrollaron aquellas incursiones de la dentición del abuelo durante divertidas y cálidas tardes de aquel verano irrepetible. Las pesadillas que durante el sueño sufrieron algunas de las más pequeñas, llegaron a oídos de los mayores y aquellas póstumas y amenazantes correrías de semejante colección de dientes quedaron bruscamente interrumpidas, pues los mismos, uñeron requisados de inmediato poniendo fin a la principal diversión de aquel lejano verano y con el consabido – quiero suponer – disgusto del espíritu del abuelo a quien no se le hubiese podido desencajar de la risa en sus poco probables y etéreas apariciones por el Morro.
Desde entonces, a la sonrosada dentición no se la volvió a ver surgir tras una esquina o tras un armario con sus inocentes y amenazantes dentelladas al aire y nunca más volvimos a saber de su paradero.
Durante meses la buscamos sin éxito por todos los rincones y posibles escondites que imaginamos. Aquella herramienta de mascar, cambió el fondo de la taza sin asas que había sido su último refugio por algún inextricable escondite desde el cual todavía debe sonreír al vernos pasar ajenos a su presencia y recordando tiempos de tafeñas, gofio con aceite y azúcar de merienda y frugales cenas a base de pardela frita.
En el fondo de un baúl de madera junto a cientos de Paratises y viejos números de la revista Mundo, descubrimos también la caja y las balas de una pistola de la marca Star. Formaba asimismo parte de aquel ajuar de recuerdos; una reluciente maquinilla de peluquero con la cual hicimos algunos intentos de “arreglar” a Barry, que por supuesto era el perro familiar que nos acompañaba a todos sitios incansable y resignado. De la pistola, nos dijeron en su día que había desaparecido durante la guerra, y nosotros dispusimos de toda la posguerra para buscarla con resultados tan negativos como los de la indagación sobre el escondite de la patriarcal dentadura. La buscamos entre las tablas de los dinteles de viejas puertas, y escrutamos todos los recovecos que había en las paredes de los almacenes y gañanías. Todo fue inútil; los secretos escondites de la pistola y la prótesis del venerable abuelo, se fueron a la tumba con los artífices de aquella impecable ocultación.
En las noches obscuras, cuando la luna se deja entrever entre los celajes grises que corren empujados por la brisa, alguna vez en la noche, cruzo el patio de la vieja casona y me parece oír un castañetear sospechoso, un entrechocar de dientes de carey y que ya puesto en circunstancias esotéricas, también creo escuchar el sonido metálico de una pistola que se encasquilla, entre el susurro de las hojas de la higuera que mueve el viento y que en los días de calor, refresca al patio.

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