La romería

Por Agustín Cabrera Perdomo

 

Al llegar septiembre, los habitantes de esta isla de nuestros amores y pecados se prepara para el último jolgorio de un verano apretadito en fiestas y que se desvanece lentamente con unos cuantos apartamentos más en su litoral, el Charco de los Clicos algo más angosto y la consecución de la carretera de la Geria en sana y fructífera disquisición por no sé qué majadería de los unos y los otros. La gente hasta los humildes de tanta insensatez, centra su interés por conocer el día en que se celebrará la subida en romería hasta el Santuario de Mancha Blanca.

Grupos de amigos se apalabran para organizar parrandas ocasionales, se desempolvan y orean atuendos típicos, se preparan carromatos y se engalanan carrozas para que esté todo a punto cuando llegue el día señalado. Este acontecimiento de masas en que se ha convertido la Romería a los Dolores desde mi humilde parecer, merece una retrospectiva mirada, un breve recordatorio basado fundamentalmente en los recuerdos propios y en los documentos escritos que sobre ello dejaron las insignes plumas que fueron de don Isaac Viera y de don Francisco González Díaz.
En aquellos años de la posguerra, cuando Tinajo se desperezaba de su letargo de siglos y de olvido; renacía con inusitada fuerza uno de los acontecimientos festivo-folclórico-religioso más pintoresco de la isla. Al humilde santuario de Mancha Blanca, se acercaban desde todos los rincones de la isla multitud de fieles entre los que destacaban los procedentes del Norte de la isla y de La Graciosa. Estos últimos desembarcaban por las playas bajo el Risco y junto a los harianos, llegaban en vistosos y animados grupos que atravesaban el pueblo con sus alegres cantos de peregrinos. A su llegada al Santuario se acomodaban al soco de la fachada Sur del mismo y allí; después de cumplir las promesas a La Virgen, pasaban la noche arrullados por los sones de las recalcitrantes y reiterativas parrandas que sonaban durante horas en las voces y toques de aquellos obstinados músicos.
No era la peregrinación de aquellos años de una participación tan numerosa y organizada como la que hoy se celebra auspiciada por la primera Institución de la Isla y el Ayuntamiento de Tinajo, era entonces espontánea y fresca, autentica y fervorosa; donde grupos de familias y de amigos salían de los pagos y barrios del Municipio y de otros puntos de la Isla para confluir durante las vísperas en torno a la reducida y tosca placita frente a la Ermita. Allí, a la luz de tenues faroles; espontáneamente se iniciaba el baile de los peregrinos acompañados por los diatónicos acordes de timples, guitarras y sobre todo de las hermosas y rudas voces de la gente del campo que cantaba isas, folias y malagueñas. Algunos peregrinos llevaban su fervor hasta extremos que hoy nos parecerían propios de la Edad Media: rodilla en tierra aquella gente se arrastraba por el suelo y circundaban el Santuario arrastrando sus rodillas por aquella Vía Dolorosa, como huella y testimonio de su sacrificio dejaban dos surcos paralelos en el suelo y las rodillas en carne viva.
El reverso de la moneda de aquellas muestras de inquebrantable Fe de la que hacían gala los más fervorosos, eran las disputas y discusiones que surgían de vez en cuando y que eran consecuencia del insistente peregrinar por el ventorrillaje a cargo de los más entusiastas amigos de la parranda, aquello solía acabar casi siempre en tremendas peleas y folliscas por las más peregrinas razones.
La Guardia Civil solucionaba el asunto encerrando a los que armaban las peloteras en los cuartos de la vieja Casa de los Peregrinos, que situada al Sur de la Ermita, servía de provisional calabozo para aquellos exaltados y pendencieros adoradores de Baco. Me cuentan que durante la víspera de un año prolijo en follones y peleas por las causas de siempre, la temida entonces autoridad del tricornio y el capote, no sé si por excesivo celo o porque realmente el consumo del recio vino tinajero había exaltado más de la cuenta los ánimos del personal, fue cierto que uno de aquellos cuartos mencionados, se hallaba en aquella memorable víspera de Dolores hasta los topes de fervientes y camorristas parroquianos. El último en incrementar la inefable lista de inquilinos forzosos de aquella noche, fue un corpulento vecino; un empedernido solterón de arraigada tradición parrandera, que sobre tambaleante bicicleta, guitarra a las espaldas y conocido por Juan, ocupó el poco espacio que quedaba en el calabozo. Ante tanta estrechez, fue él quien se encargó esa noche, – gracias a su fortaleza,- en ayudar a salir por un boquete que había en el techo a todos los que allí estaban encerrados. De madrugada, cuando La Benemérita abre el cuarto con intención de soltar al personal ya presumiblemente sereno: se encuentra solo a nuestro hombre entre las cuatro paredes y el tremendo agujero en el techo agrandado por la fuga multitudinaria de la noche anterior. En un rincón y blandiendo en sueños su vieja guitarra a modo de maza vengadora; estaba el amigo Juan chapoteando sus oníricas fantasías en brazos de Morfeo.
El día grande de la Fiesta lo recuerdo casi siempre bajo un Sol de justicia que caía de plano sobre aquella abigarrada multitud que rodeaba y se movía tras los reflejos dorados de los alamares del manto luctuoso de La Virgen. Los efluvios sudorosos del personal mezclado con el polvo que al mismo tiempo levantaba del suelo el enfervorizado torrente humano, aquel tórrido hálito aderezado para colmo con el tufillo a carne de cochino en adobo que salía por entre las hojas de palma de los ventorrillos, era tan espeso que casi se podía tocar con las manos. Hoy, aquel embate a humanidad sudorosa y a carne de fiesta, sería capaz de hacer caer de baretas al más pintado.
Don Isaac Viera, con su florida y culta prosa; relata en su libro Costumbres Canarias su imparcial y poética visión de la Romería a Mancha Blanca haciendo hincapié particularmente en los medios de transporte empleados en la época y detallando el ajuar domestico que se empleaba con profusión en ornamentar aquellas sillas inglesas y de carga, que a lomos de circunspectos camellos, transportaban a las beldades de entonces; niñas casaderas y maduritas que no habían perdido las esperanzas de conseguir ataviadas de aquella guisa: llevarse al altar a algún mozo de buena planta. Narra como anécdota el poeta Viera, la irrupción en el camino de uno de los primeros fotingos a motor en transitar por la isla y que revoluciona la folclórica escena provocando tremenda algarabía. Surgen gritos de mujeres y se siente el tableteo de la vejiga de algún camello que corre en desbandada por aquellos malpeises circundantes. Después de varias carreras y el alejamiento de aquella máquina infernal; la calma volvió a reinar durante el resto del camino hasta Mancha Blanca.
No faltó en la ilustrada prosa de don Isaac la cita clásica; en ella evoca el suplicio de Tántalo y lo emula con el de los enamorados jinetes de aquellos pacientes borricos que desde sus lomos, no alcanzaban a libar el dulce sabor de los labios de sus novias encaramadas en lo más alto de las sillas de los dromedarios, cosa rica que a los que montaban yeguas o caballos les estaba permitido por la mayor alzada de sus monturas. Tengo mis dudas sobre aquellas atrevidas licencias amorosas que observó don Isaac y más, estando de fiel defensor de la moralidad y buenas costumbres don Tomás Rodríguez Romero, responsable entonces de la vida espiritual de Tinajo.
Don Francisco González quien fuera director de El Apóstol y autor del libro Tierras Sedientas, hace una descarnada narración de la romería a Los Dolores intuyo que por la década de los años veinte. Carga don Paco las tintas sobre la vestimenta de las peregrinas que acudieron a Dolores en aquella su ocasional visita y que para su gusto; lo hicieron estrafalariamente ataviadas. En una apoteósica narración se cura en salud, diciendo que las Tinajeras no son feas por naturaleza, sino que aquel día las había vestido el enemigo malo, el demonio, Nunca- dice don Francisco- vi fachas más cómicas, ni un muestrario semejante de trajes y sombreros absurdos, ni una parecida exhibición de lentejuelas, cintajos, abalorios, festones y plumas. Parecía un baile de mascaras fuera de las Carnestolendas. Sobre los moños se erguían imponentes catafalcos y en los atavíos dominaban colores ardientes, verde rabioso, rojo ofuscador. Los tocados inverosímiles completaban las vestimentas inenarrables. Las miradas de aquellas chicas, pedían admiración, pedían homenajes. Estaban diciendo, aunque se propusieran decir lo contrario: -desnudadme y volved a vestirme. Lo peor lo decía en un párrafo anterior, pero creo que con este fragmento es suficiente.
Todo el mundo conoce hoy como participantes la multitudinaria y alegre subida desde La Plaza de San Roque hasta Los Dolores. Su largo recorrido está lleno de fervor Mariano, de buen humor, de compañerismo y de buena vecindad. Un gentío enorme de grandes y chicos unido por una causa común; avanza lentamente hacia el Santuario para homenajear a un símbolo religioso recreado en la imagen de la Virgen de los Volcanes, Ella; nos protege a todos nosotros y mantiene a raya y sujeta a las convulsionadas lavas que rugen a muchos kilómetros bajo nuestros pies para que se aguanten tranquilas y sigamos nosotros disfrutando de las fiestas como hasta la fecha: con el corazón alegre y con los coches en los garajes.

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