Mil ochocientos veinticinco

Por Agustín Cabrera Perdomo

 

Cuando la tarde de aquel cálido verano se desvanecía sin prisas, la humedad que traía la brisa del Norte, y que al condensarse, empezó a cubrir con una tenue y pegajosa neblina las montañas más altas que flanquean el pueblo como fieles guardianes de un pretencioso pueblo de leyendas y secretos. Una joven pareja, desde el sobrado que poseía la solariega casa en su lado Norte y de misteriosa planta trapezoidal, contemplaba el sombrío paso de los raudos celajes grises que llegaban del cercano Atlántico en forma de plomizos jirones de sucio algodón.

Desde aquella elevada pieza de la casa familiar, de pie junto a la ventana que se abría al poniente, ambos jóvenes se dejan seducir por el extraño encanto del descarnado paisaje que les envuelve y sobrecoge. A ello contribuye una ansiedad que crece a medida que el avance de las sombras de los viejos cráteres silenciosamente dormidos desde milenios, apagan las brillantes arenas del jable. Al mismo tiempo que se espesa la niebla; la noche deja caer su inexorable negritud sobre los igualmente negros y bermejos campos y es solo el aleteo de alguna aventurada ave nocturna acompañado por el último y monótono canto de un desorientado tabobo, lo que rompen aquellos minutos de silencio y extraña armonía que establecía la naturaleza desoladora de un pueblo triste y miserable contra la férrea voluntad de dos jóvenes, que abrazados entre aquel silencio cómplice de una romántica pasión casi infantil reprimida durante casi un decenio, pero que logró llegar finalmente a la mágica y ansiada tarde de aquellos finales del estío de 1825.
Iluminadas tenuemente sus figuras por el ya mortecino crepúsculo, la palidez de unos cuerpos trémulos de amor que hasta el mismo ayer había sido fruta prohibida, se recortaban contra el fondo obscuro de aquella estancia donde habían soñado mil veces aquel deseado e íntimo encuentro y que estaban a punto de consumar. Dos almas gemelas unidas por un tierno e inocente amor surgido casi en la niñez de ambos, bajo el techo protector de la casa de sus abuelos. Con aquella canóniga union, el incierto pero esperanzador futuro en una nueva vida rebosante de ilusión y trabajo empezaría con el amanecer del nuevo día, al mismo tiempo que otra todavía microscópica, entre llantos de felicidad y susurros de placer, se comenzaba a engendrar en el seno de aquella venturosa conjunción de un hombre y una mujer.
La joven pareja pasó su primera noche de bodas, bajo el sutil manto de la húmeda niebla del velado cielo tinajero; la protección del majestuoso y viejo volcán de Tinache más la inesperada compañía de una curiosa lechuza y un viejo tabobo, que posados en la balaustrada del balcón que daba al patio, discutieron largamente sobre el tiempo que podría hacer al día siguiente.

Amanece, un Sol radiante asoma por las lejanas crestas de Famara y un cegador e impúdico haz de luz se cuela por las rendijas de la puerta del cuarto nupcial descubriendo entrelazados la blancura de aquellos jóvenes cuerpos abandonados al descanso, después de una noche de agridulces y placenteras sensaciones.
A este real y lejano episodio en el tiempo, se debe el devenir de miles de hombres y mujeres que deambulan felices o no por las siete islas de nuestro archipiélago y gran parte del Nuevo Mundo. Quizás; alguno de ellos que leyere este idealizado recordatorio, sienta que en sus “interiores adentros”, que se le sublevan los genes si estos fuesen capaces de hacerlo y avisarle de alguna manera, de esa llamada de la sangre común que compartimos sin ni siquiera saberlo.

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