Montaña herida

Por Agustín Cabrera Perdomo

 

De colosal y soñoliento animal prehistórico aparenta ser viendo de lejos el viejo cráter o Montaña de Tinajo. Aunque como en muchas de estas ocurrencias hay que echarle al asunto un poco de imaginación. Tendida de Norte a Sur, protege a su pueblo de los fuertes vientos del poniente y en su prehistórico y aparente sosiego, ejerce como fiel guardián de sus arcanos.

A sus pies, Tinajo se desparrama como un río de cales deslumbrantes que discurre cuesta abajo entre las montañas de Tinache y Guigua; se ensancha luego en suave descenso por La Laguneta, bordea los Morros de San Roque y llega hasta La Cañada, en suave pendiente, para remansarse al final en los también enjalbegados barrios de La Costa y El Cuchillo.
La colosal dentellada que muestra dicha Montaña de Tinajo en su vertiente sur, no fue debida a luchas imposibles entre legendarios monstruos volcánicos de épocas remotas, allá cuando las convulsiones de la tierra se manifestaron feroces y torturaron aquella primigenia orografía que surgió bramando violentamente del fondo del océano. Esta herida sangrante de roja arena, fue obra de animosas generaciones de hombres de esta tierra. Fue labor paciente de esforzados campesinos que arrancaban del viejo cráter el rojo lapili a base de esfuerzo, de sudor y de aquella enorme y necesaria fe que les hizo estimular el ingenio para domeñar una naturaleza esquiva pero agradecida. Esta clarividencia innata en los primeros pobladores de Tinajo, les hizo ver que recubriendo de ese modo los áridos campos; la poca agua que del cielo les caía, se conservaba mucho más tiempo y daba lugar a que la simiente brotara con más fuerza y sazón.
Aun hoy, aunque tapizados por la espinosa aulaga, se encuentran vestigios de aquellos bermejos campos que fueron recubiertos de aquella arena fertilizante y que demuestra que no fueron próceres posteriores los padres de tan original sistema de cultivo. Aquel ingenioso y singular procedimiento había sido descubierto mucho antes, por los esforzados y primeros habitantes de Tinajo.
Años más tarde, a mediados del siglo XX, los terrenos del municipio, fueron cambiando el rojo y el gris de sus campos; por el negro azabache de las nuevas arenas volcánicas de Ortiz y del Rodeo. Estas, mejoraron sin duda la efectividad del sistema, debido a la superior calidad de aquellas cenizas más recientes surgidas de las entrañas de la tierra. Los medios, con que se contó posteriormente, – incluso hubo un ingenioso proyecto a base de raíles y vagonetas iniciado en la década de los cuarenta, para poder enarenar grandes superficies-, eclipsaron parcialmente la colosal labor de los primeros habitantes de Tinajo, que a lomos de camellos, desangraron la montaña de Tinajo, arrancándole aquel rojo picón, o el otro más grisáceo y lejano de la montaña de Tenesar; su prehistórica hermana más occidental. De ésta: además de arena, se extraían los cantos para las nuevas construcciones, que fueron sustituyendo poco a poco a la humilde piedra, la cal y el barro, materiales que se empleaban desde siglos en las construcciones domesticas de la Isla.
Quizás, algún día, si el paso del tiempo no termina de borrar de las memorias las huellas que en los campos dejaron nuestros antepasados, en ese espacio, en esa herida roja abierta en la Montaña de Tinajo, se erija algún día un sencillo monumento que recuerde la memoria de aquellos humildes y desconocidos héroes, hijos que fueron de esta tierra, forjadores de este pueblo y merecedores de la más alta estima y agradecimiento de todos nosotros.

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