Señor Julián Guillén

Por Agustín Cabrera Perdomo

 

Cuando Genaro cayó gravemente enfermo, lo llevaron a lomos de camello desde Las Calderetas de Yacen a Tinajo, con la intención de trasladarlo urgentemente al Puerto en el camión del reparto. Al verlo partir señor Julián Guillén sentenció:
– ¡joo joo!, – A Genaro se lo llevan a Tinajo, pero a Las Calderetas no vuelve más.

Llegando a Tinajo, Genaro murió y lo velaron en la casa de Señor José Cabrera, “seño Pepe el blanco” como cariñosamente le conocían en el pueblo.
Señor Julián Guillén era ”pernóstico”, pues poseía esa rara cualidad de saber lo que iba a ocurrir con tres o cuatro días de antelación. Esto, en lo que a personas o animales se refería, para asuntos relacionados con el tiempo y otros fenómenos en que intervenía la madre naturaleza, los pronósticos los hacía con varios meses de anticipación. Tal era la exactitud de sus vaticinios, que ricos hacendados de la comarca, como don Pedro Cabrera, y otros, antes de entregar la semilla a los medianeros, se acercaban a preguntar a señor Julián por los augurios que él presentía sobre el invierno que se avecinaba.
Cuentan que un día, señor Julián advirtió a su hijo Elías, que pusiese cuidado, ya que una de las cabras del ganado estaba para parir esa noche, y que eran dos las baifas que traía. Así ocurrió y Elías de vuelta a la casa llevando la cabra y las baifas, se encontró con un recalcitrante vecino, el cual le pidió al muchacho una de las baifas, ya que según le dijo, la única cabra que tenía se le había muerto de parto. Elías, que al parecer debía tener un corazón de no caberle en el pecho, le regaló una de las baifas al buen hombre. Al llegar a su casa, su padre le preguntó por la baifa que faltaba, y al decirle este, que la cabra no había parido sino una el viejo le contestó: “¡joo joo! – o la diste o te la quitaron – y no dijo nada mas.
Pasó un año y tropezó señor Julián con el vecino al que su hijo le había regalado la baifa, el cual al mismo tiempo que recogía algo de hierba, guardaba un pequeño rebaño. Señor Julián fijándose en una cabra que le pareció familiar, preguntó al pastor por ella, y este sin pestañear contestó diciendo: Esa rucia, es hija de una cabra que se me murió de parto el año pasado -.
Señor Julián, mirándole fijamente a los ojos y señalando a dos de sus propias cabras, le dijo:
-¡Joo joo!. No; esa cabra es hija de esta y hermana de aquella. – y siguió su camino.
Señor Julián Guillén y señor Miguel Duarte, eran gente cumplidora con la Iglesia. Todos los domingos recorrían a pié los tres kilómetros que separaban el caserío de Las Calderetas, de Tinajo, para poder oír la misa que Don Tomás oficiaba puntualmente. A la salida, los hombres se sentaban en los bancos adosados a la Sacristía y durante un rato cambiaban impresiones sobre las novedades de la semana que acababa.
Señor Miguel Duarte se había quedado frente a la Iglesia, despidiéndose de sus hijos, los cuales ya casados vivían en Tinajo. Mientras tanto, en la tertulia; don Agustín Aldana Spínola, suegro que fuera de don José Molina el médico y Secretario entonces del Ayuntamiento, bromeaba con señor Julián diciéndole:
– Usted y señor Miguel deberían comprarse un coche, para no tener que venir caminando desde Las Calderetas. –
A lo que contestó señor Julián:
– ¡joo joo!. A mí si me haría falta un coche, a Miguel no, pues tiene la muerte retratada detrás de la cabeza y a mediados de la semana que viene se muere. – Exactamente el miércoles de la semana anunciada, el pobre señor Miguel Duarte dejó este mundo para siempre.
Un aciago día, de no recuerdo que año, señor Julián preguntó a su mujer por su hijo mayor. – Arando está en la Melianas, – contestó su mujer- ¿y Elías? – Con las cabras en las laderas del Cuchillo.- ¿Y Alfonso? – Aquí en la casa está, Julián. – Pues llámalos a los tres, que vamos a rezar el Rosario, porque me voy a morir.
No sé si terminaron de rezar aquel Rosario, lo cierto fue que Señor Julián, se marchó al otro mundo pronosticando su propia muerte con un par de horas de antelación.

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