Angustio, Dolores y Don Facundo

Por Agustín Cabrera Perdomo

 

Cuando don Tomás el cura derramó sobre sus cabezas el agua bendita y pronunció según la liturgia los nombres elegidos por sus padres, nadie de los presentes se pudo imaginar que aquellas gracias impuestas con la Fe del bautismo, serían en el futuro el estigma que llevarían ambos como una pesada cruz durante toda su existencia.

Angustio y Dolores eran ya viejitos cuando yo, siendo monaguillo veraniego y ocasional; acompañé varias veces al señor cura en las visitas pastorales que realizaba periódicamente a los feligreses de la Parroquia. La miseria que reinaba en la isla en aquellos años era sin duda la causa de la extrema pobreza que soportaba aquel matrimonio ejemplar, que siempre juntos; iban y venían recorriendo los escasos pastizales del municipio guardando a sus famélicas cabras y regresando a su humilde hogar al pardear la tarde, con el hambre y la fatiga grabadas en sus semblantes.
Era tanta la penuria que remolcaba aquella pareja, que en los días de las Fiestas de San Roque, se acercaban por las inmediaciones de la Plaza del Pueblo, sin atreverse a mezclarse con sus paisanos debido a lo inapropiado de sus atuendos y a los pocos o ningún recurso de que disponían
Al abrigo de alguna pared, gozaban de las fiestas de la única manera que podían: viendo de lejos a sus convecinos ataviados con sus mejores galas, pasear y enterregarse los ternos y los zapatos a lo ancho y a lo largo de la polvorienta y antigua plaza del pueblo Algunos, los más generosos; llevaban a Angustio algún vaso de vino y a Dolores alguna golosina que sin duda agradecían en lo más profundo de sus afectos. También se dio muchas veces, el penoso espectáculo de ver que algunos chiquillos en su inconsciente crueldad, les tiraran alguna que otra piedra.
En aquellas visitas pastorales que mencioné al principio, el señor cura hacía las preguntas de rigor sobre si habían cumplido o no con las obligaciones para con la Santa Madre Iglesia. No recuerdo sus respuestas, ni importancia tiene eso ahora, se; que tras aquel interrogatorio amable pero embarazoso, don Facundo pasaba velozmente a temas más triviales y de esa manera se relajaba la tensión creada por aquel inútil cuestionario para efectos estadísticos de la Iglesia.
Angustio era pastor de cabras, como don Facundo el cura, lo era a su vez de almas, -como le explicó éste a Dolores – para terminar de romper la escarcha que la conversación sobre el cumplimiento de los deberes cristianos había caído sobre el ambiente. Después de conversar un rato sobre el tiempo y otras profundas cuestiones, recuerdo que Angustio cuando ya nos despedíamos; súbitamente calificó a don Facundo de jíbaro. Mi capacidad de análisis de entonces no me permitió ahondar en el porqué de aquella expresión, ni don Facundo le pidió explicaciones por las prisas, pero aquello; se quedó grabado en mi mente como uno de esos recuerdos imborrables que sin saber ni cómo ni por qué ha permanecido hasta ahora en mi memoria y así la cuento.
La palabra jíbaro tiene muchos sinónimos, entre otros el de: silvestre, campestre, agreste, rustico o indio. ¿Que vio el viejo Angustio en don Facundo para soltarle aquella palabreja? Con la perspectiva que nos da la edad, el tiempo que ha pasado y lo poco que ha llovido desde entonces y analizando hoy aquella lejana visita a la humilde casa de aquella singular pareja, rememoro el episodio y distingo el imponente atavío talar y la orondez física que ostentaba el señor cura, frente a la extrema e intemporal delgadez de Angustio y de Dolores. ,Ahora, cuando los tres personajes de este humilde relato deben estar hartos de pastorear por las praderas del Cielo, no me caben dudas al pensar: que Angustio, en aquel momento y en un arranque de sana envidia quizás provocada por hambres prehistóricas sufridas por él y su inseparable costilla; le soltó aquello de jíbaro con la esperanza de sembrar en el señor cura una buena razón para la meditación trascendental sobre la desigualdad de los seres humanos y las diferencias que a la hora del pábulo existían en las dietas alimentarias de aquellos dos distintos representantes del pastoreo; profesión a la que uno y otro habían dedicado sus vidas en cuerpo y alma.

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