Atravesar la banda

Por Agustín Cabrera Perdomo

Fuente: El Islote nº 4- Octubre, Noviembre, Diciembre 2001
Boletín Informativo Casino Club Náutico de Arrecife

 

En aquellos ya lejanos tiempos de la década de los cincuenta, chiquillos y jóvenes de varias edades elegíamos las escalinatas del muelle chico, como trampolines para los baños de mar. Los saltos de botija cogiendo arrancada desde medio muelle, saltos de cabeza y algún que otro barrigazo, eran, – más o menos- el repertorio lúdico – deportivo que intentábamos lucir ante las chicas y que a prudente distancia, nos miraban en aquellas tardes de los largos veranos Arrecifeños.

Algún que otro tunantito, intentaba alguna “carpa”, o algún “ángel”, aprendidos en Canaria, en el Martín freire, o en algún cursillo acelerado que de cuando en cuando daba La Falange y a los que teníamos acceso los flechas y camaradas más destacados por su fervor Joseantoniano. Otros enclaves utilizados para el baño, además de las mencionadas escalinatas, eran los puentes de la carretera del Muelle Grande y el Puente de las Bolas.
En este sano quehacer, pasábamos inolvidables tardes en remojo. Unas veces fornicando en el fondo de las cercanías de la escalinata del Puente de las Bolas con “La Canela”, otras, esperando desde dichas escalinatas, a que emergiera el novato de turno gritando: ¡UN CURA¡.
Pasaba el verano, y con él, el recuerdo de haber superado la prueba de cruzar La Banda, prueba ésta a la que tarde o temprano debíamos someternos, si no queríamos pasar por gallinas. Esta “arriesgada” travesía, consistía en salir nadando desde las escalinatas del Muelle Chico, llegar a la Playa del Carbón y volver sanos y salvos al punto de partida.
Una tarde, alentado y “azuzado” por los más zangalotes, inicié mi arriesgado periplo sin encomendarme previamente, a uno de los santos familiares de la época. Recuerdo que en casa eran tres, el Hermanito Figueroa Umpiérrez, la Virgen del Perpetuo Socorro y un tal Beato Valentín de Berrio-Ochoa, que no teníamos muy claro de quien se trataba.
Me lancé al agua solo, y puse como marca de referencia, la vieja espadaña del castillo de San Gabriel. A mitad del camino, entre purgante y purgante, me pareció ver, que las negras CACHUCHAS que se desmoronaban de viejas en la otra orilla, en vez de acercarse como tenía previsto, se me antojaban cada vez más lejanas. Ya me veía en el traspatio de los pulpos, cuando invité al Hermanito Figueroa, a bajar de su celestial retiro para que se diese un chapuzón conmigo. Y, hasta allá arriba, debió llegar el sonido de nuestro desesperado “chapoloteo”, que al poco tiempo de mi devota invocación, empecé a notar bajo mis pies, las “rebalisas” y salvadoras piedras de la Playa del Carbón. Arribé exánime, pero vivo, eso sí; con medio litro de agua en la barriga, con un calambre en una de las piernas, y convencido, que el porvenir, no me tenía predestinado ni para colaborar como ayudante de voluntario en el futuro Ironman de Lanzarote. A salvo ya, solo quedaba volver, y por supuesto, la nueva ruta pensada para el regreso, sería caminando y por tierrita.
Repuesto del susto y del calambre, contento por seguir entre los vivos, emprendí el regreso por el adoquinado camino del muelle iniciando una carrerilla y exagerando una pequeña cojera. Al llegar donde algunos, todavía hoy llamamos la “bocalmuelle”, me esperaba impaciente Sr. Basilio el Celador. Al verme aparecer tiritando, me da el alto: (el quieto parao, cheli de hoy)
– Mi niño: ¿túi no sabes que no se puede circular por la avenida en calzoncillos de baño.?-
Recuerdo que estas fueron sus cariñosas palabras de bienvenida.
El Sr. Basilio, como representante de la Autoridad, cumplía con su deber a rajatabla. Me dictó sentencia sobre la marcha y ésta fue inapelable: ¡al agua¡. Yo, intenté un tímido alegato sobre el mal que aquejaba a uno de mis miembros, pero al Sr. Basilio, aquello, no le conmovió lo más mínimo, es más, creo que le sonó como la pita de un fotingo que pedía paso p’al Muelle Grande. Con una mirada y un ademán de quedarse con una de mis orejas en la mano, espetó: – ¡andando¡-, y me señaló el camino que me llevaba de nuevo y sin remedio a las procelosas aguas de la bahía. Amarga ruta que emprendí, sin intentar nuevas alegaciones sobre mi maltrecho estado físico. Me lancé de nuevo al agua por los puentes, y me dejé las uñas de los dedos de las manos, entre las juntas de las piedras de la muralla. ¡Cuán larga fue aquella humillante travesía, ¡ pero al fin logré llegar arrastrando mi inútil pierna, hasta la escalinata del Muelle Chico, única superviviente de las otras tres, que como accesos al mar, existían a lo largo del otrora muelle de las Cebollas.
Como el verano está ya cantando, – en osado intento -, me atrevo con esta estival anécdota, a propósito de una conversación que mantuve con un Agente Municipal de Arrecife, hace ya un par de años, y que en potente moto, hacía la ronda por esta ciudad soñolienta, en uno de esos tediosos mediodías, de un verano cualquiera. Le comuniqué al guardia,- lo mejor que supe y poniendo la expresión que exigían las circunstancias,- que un montón de chiquillos que practicaban el baño en el Puente de la Bolas, se encaramaban una y otra vez, en lo más alto de las torretas del Puente, y que pasaban de una a la otra a través del cabrestante, como consumados funambulitas circenses. Creía prioritaria su intervención, e insistí haciéndole ver el peligro que podía suponer la caída de un muchacho, desde aquellas alturas. Las puntas de lanza que apuntan al cielo y que coronan el portón de hierro que cierra el acceso al antiguo cagadero….. . esperaban, para ensartar al primero que tuviera la mala suerte de caerse.
El solo hecho de pensarlo, me erizaba los pelos, dejando en segundo término,- dadas las circunstancias,- el posible deterioro que pudieran estar ocasionando en las centenarias y nobles piedras de la obra de Torriani.
Recuerdo haber insistido con él para, para que pusiera remedio a aquella peligrosa situación.
-¿Y qué quiere que haga?-
Me contestó él, y continuó diciendo:
– Yo trasponiendo por la primera esquina, y ellos volviendo otra vez al mismo “negocio”.-
Perplejo me quedé, viendo aquella pedazo “amoto”, la cuasi corpulencia de un Shwazeneger, y el poderío que emanaba aquel representante de la Autoridad Municipal, al que sin embargo, una pandilla de “familiaje menuo” lo tomaban por el pito de alguno de sus colegas nocturnos.
Sin poder evitarlo, me vinieron a la memoria, recuerdos de aquellos entrañables Celadores de nuestra infancia, que tan solo por el hecho de presentir que alguno andaba por las cercanías, corríamos a recoger las perras gordas y los boliches del redondillo, esconder el talego con las bonituras y disimular que jugábamos al inocente “Chichirivoy de pies a cabeza me voy.” ¡inchóne¡

Categorías: Leyendas | Deja un comentario

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