Don Tomás, Don Gabriel y Gabrielito

Por Agustín Cabrera Perdomo

Fuente: La Hoja de Tinajo- Nº 48- Del 3 al 10 de Junio 2000

Transcurrían los difíciles años treinta: Por la desangelada Plaza de San Roque merodean tres chinijos, que buscan en que entretenerse aquella desapacible tarde de julio. Después de andar un rato sin encontrar una víctima propiciatoria para sus propósitos, deciden hacerle una visita a los callaos, que formando figuras geométricas, constituían el pavimento de la acera que bordea la Iglesia del pueblo por su fachada lateral.

Con infantil entusiasmo se dedicaron a arrancar de su sitio aquellas redondeadas piedras, que ordenada y pacientemente, había colocado allí vaya usted a saber quien. En aquella entretenida y destructiva labor se afanaba aquel familiaje, cuando de pronto; dos de ellos ven moverse por la esquina de la Iglesia, la imponente y obscura figura de don Tomás Rodríguez Romero, el Cura del pueblo, el cual; en una corta y veloz carrera logra alcanzar a uno de ellos, mientras los otros dos desaparecían como por ensalmo tras el muro contrafuerte que flanqueaba la Sacristía. Corrieron como celajes cementerio abajo, parecía que el mismísimo diablo persiguiese a los escapados. Don Tomás agarró al que no se percató de su repentina llegada, y lo zarandeó un poco recriminándole su mala acción.
La cosa no pasó de ahí, solo la palidez del muchacho evidenciaba el miedo que estaba pasando en aquel momento. El chico en cuestión era Gabrielito, hijo del también llamado Don Gabriel, maestro del pueblo y que por razones ideológicas estaba seriamente enfrentado al señor Cura.
Era de esperar que los ecos de aquel incidente no tardarían en llegar a oídos del padre de la criatura, aunque un tanto corregidos y aumentados.
Herido en su amor de padre, don Gabriel, con cierta precipitación planeó su venganza para la mañana siguiente. Los hechos según me cuenta uno de los protagonistas haciendo alarde de una memoria privilegiada, se desarrollaron como siguen.
Don Gabriel, acechaba desde el umbral de la puerta de la escuela, armado con el palo de riga que servía de tranca para asegurar el cierre de la misma. Esperaba nervioso a que don Tomás saliera de la Iglesia, cosa que solía hacer por la puerta de la Sacristía. Tras una corta pero tensa espera, don Tomás sale e intenta recorrer el camino que le llevaría hasta su casa, por la acera que el día anterior los chicos habían desprovisto de parte de aquel laborioso empedrado. Se encamina, sin imaginarse el peligro que le acecha a pocos metros de allí. No más había dado unos pasos, cuando ve la renqueante figura de don Gabriel que palo en ristre se dirige hacia él. Intuyendo don Tomás las aviesas intenciones del cabreado docente, el Ministro de la Iglesia opta por volver prudentemente sobre sus pasos y se introduce de nuevo en la Sacristía, con la esperanza que al furibundo maestro, el Señor le ilumine, le haga recapacitar y cambie por tanto su agresiva actitud. Don Gabriel vuelve a su reducto y espera a que el autor de aquel agravio a su hijo, salga de nuevo.
La divina recapacitación que don Tomás -en aquellos minutos de forzoso retiro,- ruega a san Roque para que haga recapacitar a don Gabriel, no aparece por ninguna parte y éste, sigue erre que erre en su injustificado proceder. La escena se repite por segunda vez exactamente como la primera; don Tomás y don Gabriel vuelven a salir a escena y vuelven de nuevo a sus cuarteles de invierno. En el ambiente, la tensión se masca, parece tocarse con las manos y algunas cabezas de curiosos asoman por las esquinas de los edificios cercanos. Por tercera y última vez, sale don Tomás de su sagrado reducto. Esta vez lo hace con paso firme por la maltrecha acera causa que era de aquella comprometida situación. Don Gabriel, al verlo venir, va a su encuentro y llegándose hasta el corpulento clérigo, intenta descargar sobre el cuerpo del pobre don Tomás, aquel recio madero. Pero sin duda, ese día don Tomás estaba bajo la santa protección del Sr. San Roque.
Con una finta magistral, el Señor Cura consigue esquivar el tremendo golpe haciendo que el palo se estrelle contra la pared de la iglesia. Don Tomás, hombre corpulento, en una acción rápida consigue inmovilizar al agresivo maestro entre el revuelo de la sotana, las astillas del palo y las nubes de polvo que levantan los garrapateos de ambos en aquel terregal frente a la Iglesia. Transcurren unos interminables minutos, y la contienda se va poniendo verdaderamente difícil para la Escuela Pública, que nota, como el aire empieza a faltarle en sus eruditos pulmones; ello debido sin duda, a la fuerte presión que en su garganta, ejercía la Santa Iglesia por medio de las poderosas manos de su representante en Tinajo.
Don Agustín Aldana, quien fuera ilustre secretario del no menos ilustre Ayuntamiento de Tinajo, consigue llegarse hasta los contendientes y, a través de aquella “polvasera” llena de jadeantes resoplidos, logra separar a los litigantes, logrando a la vez, poner calma y establecer -al menos de momento- una tregua en aquel desigual combate.
Dicha tregua, se sabe que fue definitiva, y que algunos años más tarde, después de la Guerra Civil, época en la que don Gabriel fue expedientado por “rojo”, la famosa magnanimidad con los vencidos, la puso en práctica don Tomás intercediendo por él ante la Autoridad Civil de los nuevos gobernantes. Porque interceder ante las Autoridades Celestiales, damos por descontado que lo hizo. Al menos, eso es lo que se cuenta.

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