El coleccionista de gatos

Por Agustín Cabrera Perdomo

 

Aquella calurosa tarde de finales de septiembre, don Edelmiro Quiñones trasteaba en aquel amplio cobertizo que le servía de garaje y donde ya prácticamente no quedaba libre sino el justo espacio que ocupaba su viejo Mercedes 300 del 72. El resto permanecía ocupado por grandes cajas de cartón perfectamente apiladas y que llegaban casi hasta el techo conteniendo decenas de figuras de inertes gatos de bronce, latón y de escayola, cuidadosamente envueltos en plásticos con bolitas llenas de aire.

Réplicas de gatos en todas las poses que imaginarse puedan; congelados en el tiempo por dudosos y anónimos artistas, permanecieron impasibles e inexpresivos antes de su apilamiento en las cajas del garaje, que habían ocupado todos los pedestales, repisas e incluso las mesas de noche de la casa de la familia Quiñones.
Todo el contenido de aquel ordenado embalaje, era producto de su obstinación por coleccionar todo lo que representara a estos domésticos felinos y que fue adquiriendo a lo largo de una vida de viajes y visitas a rastros, bazares y anticuarios de toda España.
Cualquier figura que a su colección la solía adquirir después de un regateo mercantil persistente que casi desesperaba a los vendedores y traficantes de aquellos “pongos” y que a lo largo de su existencia había ido llenando la casa creando en la familia problemas de ansiedad crónica, asfixias por alergia a los inexistentes pelos de gato, más agobios por la falta de espacio y el acoso de las miradas muertas de tanto gato encaramado en pedestales, mesas y alacenas.
Paradójicamente, no había en toda la casa un gato de verdadero, de carne y hueso., aunque hace años, recogieron a uno que encontraron abandonado en el jardín y que el pobre animal, a la semana de deambular aterrado por la casa, se agarró tremenda depresión al ver tanto congénere estático e impasible que; primero dejo de maullar, luego de comer y a mediados de febrero amaneció muerto en el suelo junto a los trozos de yeso de una gata amarilla por la cual se sentía especialmente atraído.
Después del suicidio de Ratón, -que así se llamaba el gato de verdad- el sistema nervioso de doña Rita Gómez, señora esposa que era del señor Quiñones, echaba chispas como un arco voltaico por la zona de sus hemisferios encefálicos, debido a lo cual; sufrió una severa disfunción orgánica cuando se percató que un nuevo ejemplar “pongo” gatuno apareció en el sitio que había dejado libre la infortunada figura de aquella gata amarilla insensible a los deseos sexuales del salido gato de nombre Ratón.

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