El quiosco de la música

Por Agustín Cabrera Perdomo

quiosco

Muchos años después que señor Juan Prim le echara el cierre definitivo, nuestro viejo Quiosco de la Música conservó hasta su anunciada y súbita muerte aquel olor inconfundible, aquel tufo a vino rancio, a humedad salitrosa, a sudor viejo, a humo de tabaco virginio y a manises tostados.
A pesar del lento paso de los años, aquel tufillo añejo siguió adherido en las tablas y ranuras de aquel islote de madera y zinc que hoy pasaría del centenar de años. En la época que les cuento, ya el Quiosco de la Música permanecía siempre cerrado, -como guardando un secreto- solo esporádicamente alguien abría una de sus puertas sin aparente motivo y con la misma, al día siguiente mostraba de nuevo su permanente clausura.
Así continuó después de la etapa en que el mencionado señor Juan Prim regentaba en sus bajos aquel lúgubre y cochambroso establecimiento despachando vino, ron, manises tostados y alguna que otra golosina para el familiaje que por aquellos alrededores merodeábamos enfrascados en nuestros juegos y traquinas. En ocasiones ampliábamos el campo de acción de nuestras hazañas por los alrededores que se dominaban desde su elevado estrado. Allí, en lo todo alto, quien fuera años más tarde mi estimado suegro, instaló un buen día una gigantesca botella de Mistol que estuvo soltando espuma y burbujas durante meses como reclamo publicitario de los nuevos detergentes que traía el progreso y que poco a poco fueron sustituyendo aquellas blanquiazules barras de jabón con el que hacían que nos fregotearamos los sábados por la noche y alguna víspera de fiesta.
En el cercano paseo, detrás de los bancos de hierro con asientos de listones de madera, estaban las canchas del juego del boliche, en la modalidad del redondillo, donde, en cuclillas – rezongándonos y desacotando lo permitido- intentábamos partir en dos la bonitura o fortunita del contrincante; aunque siempre atentos ante la posible y repentina aparición de alguno de los celadores, que con sus inapelables decisiones mantenían la disciplina por los contornos. Aquellos entrañables guardianes del orden, debían tener visión de linces, pues eran capaces de ver desde la esquina del callejón del Casino, el pálido relumbrar de las perras gordas y perras chicas alineadas en el ojival redondillo marcado en la endurecida tierra. Otras veces, era la vieja tablazón quiosquera, la que servía de respaldo al que le tocaba hacer de almohada en el Chichirivoy y fue siempre complaciente testigo de los baños veraniegos en las escalinatas del viejo Muelle de las Cebollas, del cruce de la banda, o de los saltos y botijas desde los cercanos puentes. Los atardeceres, terminaban con aquella larga letanía del juego de la piola …A la una la mula, a las dos el reloj etc, etc. que se dejaba oír impertinente por aquel entrañable lugar del Arrecife de nuestra infancia.
La parte alta del quiosco, el estrado destinado a los músicos nos sirvió en ocasiones de mirador; encaramados en los atriles y barandillas observábamos desde aquella privilegiada atalaya, los adelantos en la construcción de un sorprendente submarino, que en la azotea de la casa de Don Esteban Díaz y doña Margarita Reyes; construían Quique Levy, Aquiles Lasso, Tito Villalba más un rezagado socio que entraría a formar parte de aquella insólita empresa de investigación submarina, aportando a la sociedad una dinamo que había tomado prestada de un fotingo de bigotes que se oxidaba olvidado en un garaje de la calle Riego. Creo recordar, que el sistema proyectado para las futuras e impredecibles inmersiones, lo constituía un elemental sistema de llenado y vaciado de latas de petróleo, (como las empleadas entonces en el reparto domiciliario de agua) alineadas en su interior, y que por medio de una bomba manual se intentaría el lastre y deslastre del artilugio.
La imposibilidad de bajarlo de aquella elevada grada del no menos singular astillero; fue sin duda la causa providencial para que no se llevara a cabo la botadura de aquel Ictíneo de andar por casa. La gloria de las futuras hazañas submarinas, así como la prueba de valor por la que iban a pasar sus intrépidos pilotos, se vieron felizmente truncadas por el paso del tiempo, la escasez de medios técnicos y por las penurias económicas de los promotores y asociados.
Los éxitos pugilísticos de Kid Levy y el mundo de los negocios en los que Aquiles y Tito se iniciaron en la vida laboral, terminaron de dar la puntilla a aquel febril proyecto de locura subacuática, sin duda para bien de la integridad física de aquellos incondicionales del capitán Nemo.
La vida de aquel Templete de la Música, fue relativamente breve. Construido en los últimos años del siglo XIX, fue víctima de la fiebre iconoclasta iniciada en la década de los cincuenta del pasado siglo. Se derribó el quiosco por decreto y se sepultaron de paso y en nombre de la modernidad, las piedras del Muelle Chico y su farola del mar sin canción, pero con una hermosa base de mármol blanco, y sus escalinatas, donde en la más ancha; antaño atracara para limpiar fondos la Cañonera Eulalia, de la Real Armada, y por donde desembarcaron – entre otros-, la señora Olivia Stone, Jules Lecrecq, mesieu Vernau, Alfonso XIII y el General Franco, al que ocultaron con banderas el letrero del bar “En la Esquina te espero”, para que no se tomara en serio su inevitable lectura, pues iba a ser lo primero que viere desde el puente del barco de cartón piedra, que a modo de tribuna, le construyeron a su medida junto al Quiosco.
Hoy, en desagravio quizás por aquella antigua fiebre demoledora, nuestros ilustres munícipes han mandado construir una nueva escalinata, un ridículo remedo; una mala imitación de la original, la cual, con doscientos años de historia, soporta junto a su compañera de la farola y en pétreo silencio, la ignominia a la que las condenaron sepultándolas vivas. Lo curioso, fue; que en aquella época tal desmadre nos debió parecer bien a todo el mundo, pues no recuerdo que se levantara entonces ninguna airada voz en defensa de aquellos por otra parte, olorosos embarcaderos. El ecologismo de salón, dormía entonces como lo hacen hoy las garzas en los sufridos árboles del parque.
Cuando arrasaron el Quiosco, los huesos de don Ildefonso Lasso, su constructor, y de señor Juan Prim,*debieron removerse en sus tumbas al sentir el estruendo ocasionado por el crujir de sus nobles maderas desplomándose. Sus últimos despojos, recuerdo haberlos visto más tarde, sirviendo como caseta de obras del Ayuntamiento en el relleno de la Avenida Coll.
Me cuentan que en una noche de indómita parranda quiosquera, cuando el fiero y sulfuroso vino conejero desprendía en la mayoría de los asistentes intensos vapores que se condensaban en los vidrios de sus ovalados postigos, don Moisés Ayala, abrazado a una vieja guitarra, iniciaba los acordes de una canción cubana creada pos su tocayo Moisés Simons en 1928 y que con el título de “El Manisero,” seguía haciendo furor en aquellos años.
Impostando aquella inimitable, profunda y entrecortada voz, – quizás por los incontables latines cantados desde el coro de la iglesia – don Moisés se arrancó en el canto de aquel son que principiaba así… – Maní si te quieres con el pico divertir cómprate un cucuruchito de maní…….chan-chan-chan cachan cha-chan, etc, etc.- Al oír las primeras notas, señor Rafael El Cojo, Santiago Semana Santa, Marcial La Tuerta, y otros noctámbulos calaveras, hicieron corro en torno al que fuera irrepetible director de canto de los Oficios de la Parroquia, y extasiados: oyeron como don Moisés relataba con su canto las andanzas del célebre manisero antillano. Consumadas con dudoso ritmo caribeño y tonalidades gregorianas las últimas notas de aquella pegadiza cantinela, los presentes estallaron en aplausos y después que unas tímidas lagrimas asomaran a los ojos de unos pocos, casi al unísono y seguramente contagiados con los primeros; la llantina fue general. Lloró Santiago Semana Santa, lloró señor Juan Prim, lloró señor Rafael El Cojo y hasta Marcial La Tuerta lloró, aunque éste: – como no podía ser de otra manera -, lloró por un ojo solo.
Un nuevo Quiosco de la Música, se erige hoy en el lugar que ocupara el antiguo paseo del viejo Arrecife. Sus nobles maderas y el primoroso acabado de su anacrónica arquitectura, le dan un empaque intemporal que el antiguo y malogrado no pudo ni siquiera soñar.
Quizás sea todavía posible, que el alma musical y bohemia del viejo Quiosco, -que errante vaga en el recuerdo y revolotea inquieta por el lugar junto a las confianzudas garcetas y tórtolas- se refunda pronto con estas nuevas formas decimonónicas y restañen con el paso del tiempo, las heridas que la desaparición de su humilde antecesor dejó en el sentir de quienes lo conocimos y que aún hoy; recordamos con inútil nostalgia su pasado de glorias y miserias.

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