En Tinajo había un Belén

Por Agustín Cabrera Perdomo

 

Han pasado un montón de años desde la publicación de este artículo en el desaparecido semanario ANTENA. Obra de la insigne pluma del también desaparecido don Luis Diego Cuscoy. Por motivos sentimentales y porque la época que transcurre es la apropiada, me he permitido la libertad de remitirlo, para su publicación en nuestra Hoja de Tinajo.

En Tinajo había un Belén

Llegué a Tinajo al atardecer, cuando la isla de Lanzarote se quedaba en carne viva, llagada por un sol casi sangrante. Después se hizo todo gris. Del mar venían vahos y nubes, y no sé qué tenía todo aquello, que conmovía.
Tinajo estaba en silencio. Su plaza desierta. Un poco de cansancio en cada esquina, un perro, una fugitiva sombra de mujer, ese cuerpo de hombre que se arrima a las paredes después del trabajo. El ejido, se podría decir que fresco y jugoso. Por allí habían pasado lluvias bienhechoras y la arena había resucitado en hierba y la piedra en matojo. Resucitaba todo, y de la muerte gris que avanzaba huía el grito estridente de las cales, el blancor, dijerase que lunar, de las casas, el cuello engollado y presuntuoso de las chimeneas, que en Tinajo tienen humos, pero de los que da la prosapia.
Para cualquiera, Tinajo no es más que un pueblo de agricultura bien trabajada, con tierras- tierras de Lanzarote, hay que entenderse- que le deben al hombre desde la gracia de la germinación hasta la gloria del fruto. Pero Tinajo es más que eso: es uno de esos hitos humanos, humanizados, vivos, manifiestos y recónditos a un tiempo mismo, donde la ternura se esconde detrás de la aspereza y donde la soledad es sólo apariencia, porque nadie está sólo cuando sabe llenar con la vena del silencio el humilde cuenco de un soliloquio.
Digo que llegué a Tinajo al atardecer, después de las púrpuras y con la presencia de los grises. Yo sabía que alguien había cantado a Tinajo. Tinajo ganó esa categoría literaria que nadie le podrá arrebatar. Pero yo no había llegado hasta Tinajo para decir lo que antes habían dicho. Quise captar allí el secreto de un atardecer entre los cubos blancos de las casas y la pelusa verde de una hierba recién nacida.
Como todo estaba vacío – vacío el cielo de pájaros, vacía la tierra de hombres -, me entré en la iglesia. Un reloj de sol clavado hace mas de un siglo en la fachada, estaba desangrado, exhausto, mal avenido con aquellas manos grises que se le llevaban las horas hacia donde no sabemos.
La iglesia es un profundo pozo de silencio donde palpitaban, en un chapoteo agonizante, los pasos de una mujer que andaba en la penumbra.
Antes que nada me subí a la torre. Desde allí, con una campana rota liberada de repique por la herida, oteé el pueblo. ¡Que paz señor! Solo el blancor del holgado caserío, los charcos grises en las calles, en los campos; las montañas redondas, el cielo bajo, denso.
Descendí y crucé una nave. Al fondo, cubriendo un retablo, estaba todavía el Portal. Era un portal delirante de puro febril. Las figuras del Nacimiento – lo único de bulto que allí había – eran modernas, pero se cobijaban bajo unos maderos viejos, con una ruina casi secular. Lo llamativo era el telón de fondo, el ilusorio telón que trataba de ambientar la escena del Nacimiento.
Era un telón de grandes dimensiones pintado por un vecino del pueblo. Para hacerlo, había afirmado, bien seguros, los pies en su paisaje, y después había echado a volar su imaginación. Hemos hablado de Lanzarote en carne viva, Lanzarote en carne viva estaba en aquella creación, inhábil, pero transida de ternura. Había que imaginar un Belén, pero el Belén no podía evadirse de la isla. En él estaban las mismas montañas redondas, modeladas arrebatadamente por los volcanes, con laderas despellejadas e inverosímiles. Pero el febril artista había blanqueado las cimas, haciendo nevar una nieve soñada sobre aquel fuego dormido.
El paisaje pedía población, caserío, pueblos perdidos en los valles y casitas encaramadas en las laderas; y el creador de Tinajo, se fijó en sus casas, en los cubos blancos, exactos y rotundos, y lo que más se atrevió fue a levantarles un torreoncillo, que acaso es la dignificación o sublimación de la chimenea.
Pero no podían quedar ahí las cosas. Las lejanías tenían que ser verdes en vez de ocres y sienas; las llanadas, dulces en vez de amargas; los horizontes suaves y no ásperos. Y para que la creación llegase a su mayor grado de sueño, por los cauces resecos siempre, discurría un caudal juguetón y bullicioso, y el Lanzarote soñado hinchaba unas venas de agua, y ríos llenos de candidez y ternura cruzaban aquellas tierras sacadas de la sequedad, del polvo, de la arena y del viento.
Han pasado muchos días desde aquella tarde. Pero el Portal que había en la iglesia de Tinajo todavía me emociona, como la campana que no puede ayudar al repique, como aquel reloj de sol, que tantas vidas han seguido, y que en aquel atardecer holgaba, inútil, seco, desangrado en manos de los despiadados grises.

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