La infructuosa aventura de Don Fructuoso Perdomo. (IX)

Por Agustín Cabrera Perdomo

Al día siguiente de la venturosa arribada al puerto de la capital Argentina Fructuoso y Rafael abandonaron la fonda en la cual se habían alojado, allá por los arrabales de Buenos Aires, en Pompeya o Boedo Antiguo, – no supieron explicarme bien-. Ni ellos mismos supieron exactamente cómo se las habían arreglado para llegarse hasta el punto de encuentro que habían acordado a bordo del Nord América, horas antes del desembarco.

Llevaban dos ante la fachada del Teatro Colón en la Plaza de Mayo sin que Anselmo y Pepe Toribio diesen señales de haber tenido éxito en su intento de saltar la valla, cosa que dijeron intentarían, cuando hubiese caído la noche y se relajasen las medidas de vigilancia en el puerto que por otra parte tampoco eran excesivas. Decidieron esperar un poco más aunque -a medida que pasaba el tiempo-, iban perdiendo las esperanzas de volver a verlos de momento, pues se trataba de buscarlos en una gran ciudad donde sin conocer a nadie y sin ver posibilidades de obtener información, decidieron regresar para intentar contactar con los contratantes de mano de obra especialmente de trabajadores para el campo en los corrillos que se formaban en los suburbios donde se concentraba la mayor parte de la emigración. Habían caminado tanto trecho desde el centro hasta las afueras después de quince días de inanición, que llegaron a la fonda agotados; cenaron ligeramente y directamente se fueron a dormir pensando en estar de madrugada en alguno de aquellos corros donde se contrataba personal para los diferentes oficios especialmente agricultores para los grandes latifundistas del país.
Los contratos eran leoninos, ofrecían una blanda esclavitud si es que se podía llamar así a aquella manera de explotar a la gente aprovechándose que la necesidad los obligaba a aceptar aquellas ofertas de empleo que los condenaba durante años a trabajar para el mismo patrón y que con sus jornales les obligaban a pagarse la manutención de él y de la familia. Fructuoso, que siempre había trabajado para su propia casa y con los ahorros que le quedaban decidió cruzar El Plata y mandarse a mudar a la República Oriental del Uruguay acompañado por Rafael el cual tuvo sus dudas en aventurarse con otro viaje en este caso hacia los desconocidos territorios uruguayos. Fructuoso sabía que un hermanastro de su padre y del cual no habían tenido noticias desde el día en que decidió emigrar con toda su familia y que por noticias de paisanos que habían regresado al pueblo, sabía de su establecimiento en Los Cerrillos en el Departamento de Canelones. Al día siguiente partieron hasta Paysandú donde alquilaron un par de jamelgos a un tal Raimundo a quien llamaban El Turco. Con ellos cruzaron la frontera y según las indicaciones del otomano, pusieron rumbo a Cerrillos. No habían trotado más de quinientos metros cuando las monturas al unísono se encabritaron dando con sus bisoños jinetes en tierra con sus equipajes incluidos y libres de carga, emprendiendo el camino de regreso a todo galope y por donde habían venido. Los dos descabalgados jinetes vieron desde una loma a un individuo que con un penetrante silbido obligaba a los caballos a regresar al establo del que habían salido. Con el consabido cabreo Fructuoso propuso seguir el camino a pie hasta llegar a algún ranchito o pulperia donde les permitiesen pasar la noche que ya caía inexorable sobre aquellas inmensas llanuras. Pero Rafael no estuvo muy conforme con aquella decisión y contra la voluntad de su amigo siguió el rastro de los caballos. Era noche cerrado cuando llego a las cuadras de aquel huevón que se las había jugado, y el cual se encontraba ya en la cabaña cercana que le servía de vivienda. Por una rendija de la puerta observó como aquel personaje sibilante daba cuenta de lo que tenía en una escudilla y que devoraba con apetito canino. Rafael busco un cordel en el cuarto donde guardaba las sillas de montar y parte de la alfalfa con que alimentaba a sus obedientes equinos y con dicho cordel se acercó de nuevo a la puerta. Con cuidado lo paso por entre las argollas que enlazaban el candado que permanecía cerrado y con el que supuestamente El Turco pasaba cuando por alguna razón se ausentaba de su rentable pero fraudulento negocio y que unos buenos nudos marineros mantendrían lo mantendrían durante un buen rato encerrado en su propio chamizo. Con cautela nuestro hombre se dirigió al establo y ensilló a los dos mismos caballos que hacía un rato habían dado con ellos contra el ansiado pero duro suelo del Nuevo Mundo, liberó al resto de los caballos y en silencio emprendió la marcha en la obscuridad de la noche. No le hizo falta orientarse porque los caballos se sabían el camino de memoria y al poco rato llegaron hasta donde Fructuoso le esperaba impaciente y preocupado. Partieron al paso confiando en el instinto de los aquellos -en este caso innobles brutos- que sin dudas seguían a ciegas por el sendero que les había indicado el ahora mismo mismamente prisionero de sí mismo. Al resto de los caballos los fueron soltando a medida que avanzaban, pues así pensaban que su dueño tardaría más tiempo en dar con ellos, aunque con la técnica del silbido no creo fuese a costarle demasiado trabajo reunirlos de nuevo.

Continuará…. (lo más seguro)

Categorías: Fructuoso, Leyendas | Deja un comentario

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