La infructuosa aventura de Don Fructuoso Perdomo (V)

Por Agustín Cabrera Perdomo

Después de recoger carga y pasaje en Santa Cruz, a eso de la media noche zarpó el navío con un mar en calma y una esplendorosa Luna que rielaba con trémula luz sobre la plateada superficie del Atlántico. La grandiosa presencia del Teide más allá de las nubes, despedía con tristeza y rabia la partida de casi un millar de canarios de todas las islas, que hacinados en las bajo cubiertas del buque partían en busca de una vida más satisfactoria que la que hasta ahora habían sufrido.

Fructuoso no se había movido de la toldilla de proa desde donde había contemplado la maniobra de la salida del puerto. La noche empezaba a refrescar, la cubierta se había quedado desierta y solo el graznido de las gaviotas se hacían oír junto al ronroneo de las máquinas del buque. Fructuoso pasó esa noche de engrosar la cola del comedor y bajo por la escala del entrepuente superior de proa allí donde le habían asignado su litera. La ya viciada atmósfera del recinto le golpeo la cara produciéndole una agridulce sensación de hastío, de cansancio y pensó en sus viejos, en Anselmo y Toribio, pensó si se habían embarcarse, ¿donde se habían ocultado ?. Durmió esa noche a intervalos, el lento balanceo del barco le mantuvo en una entrevela hasta la madrugada, momento en que subió a cubierta donde el aire fresco le inundó los pulmones casi con violencia. Esto pareció abrirle el apetito, se dirigió al comedor y se puso al final de la larga cola que ya se había formado para recibir el desayuno. Prácticamente no conoció a nadie, la fila avanzaba deprisa y al cruzar la escotilla que daba acceso al recinto donde un fornido marinero, ataviado con una ropa que en su día había sido blanca y que de un enorme caldero repartía un líquido parecido al chocolate. Fructuoso recibió su ración y tomando una rebanada de un chusco de pan más moreno y duro que un mauritano expuesto al Sol, se fue en busca de un sitio en una de las mesas, que dada la frugalidad del d Saturno, se desocupaban con rapidez y esta por lo visto esta iba a ser la tónica en cuanto al conduto matinal se refería. El chocolate estaba tan claro que casi se veía el fondo de la taza, mojó el pan y prácticamente se quedó sin chocolate o lo que quiera que fuese aquel descolorido mejunje. Subió a cubierta con la mente puesta en sus dos paisanos, que en algún lugar del buque se hallaban ocultos y que esperaban la oportunidad de salir del escondrijo y confundirse con el abigarrado pasaje de tercera clase. Decidió esperar que el tiempo y las ganas de comer les hiciera salir de su voluntario escondite. Y así ocurrió; al cuarto día de navegación durante la medianoche sigilosamente dos figuras que parecían sacadas de un cuadro de El Greco, se acercaron a la litera de Fructuoso alumbrándose con un tronco de vela que acentuaba aún más las angulosas facciones de aquellos dos furtivos viajeros. El respingo que dio Fructuoso ante aquella fantasmagórica aparición hizo que su cabeza fuese a dar con los muelles de la litera superior, con el consiguiente rezongo de su ocupante, un canario del risco de San Nicolás, que había hecho buenas migas con Fructuoso por razones de vecindad obligada. Rafael, – que así se llamaba el hombre-se hizo cargo y cómplice de la situación cuando lo pusieron al corriente del asunto. También viajaba solo, su familia había quedado en San Nicolás con la promesa de su pronta reclamación. Aquella situación creaba un problema que por lo previsto y sabido, iba a causar situaciones comprometidas a los que intentaran seguir ocultando su presencia a bordo.
Anselmo y Pepe Quintero se habían colado a bordo haciéndose pasar por maleteros uniformados y que al llegar al buque se camuflaron con el pasaje cambiándose de indumentaria. La tripulación, antes de zarpar inspeccionó todos los rincones del buque y cuando hubo terminado el dicho registro, en uno de los botes salvavidas, se colaron dentro después de aflojar los cabos que sujetaban las lonas que los cubrían. Allí habían permanecido cuatro días, solo durante la noche, saltaban a cubierta durante unas horas a respirar aire puro y desentumecer los huesos.
Llevaban diez días de travesía y la situación para los ocupantes del bote salvavidas se hacía insostenible, Rafael y Fructuoso, habían casi agotado sus reservas de gofio e higos pasados en mantenerlos nutridos pero la delgadez de Toribio era preocupante y todavía quedaban de viaje otros diez días que serían de ayuno obligado, si alguien no lo remediaba, así es; que decidieron entregarse al capitán del buque, un siciliano de Catania de poblada barba que cubría una cara de pocos amigos que asustaba. Antes de dar el paso, Fructuoso les propuso informarse de alguna manera de las consecuencias que tendría aquella decisión tomada por común acuerdo entre ambos y pensar en la búsqueda de una alternativa.

Continuará

Categorías: Fructuoso, Leyendas | Deja un comentario

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