La infructuosa aventura de Don Fructuoso Perdomo. (VIII)

Por Agustín Cabrera Perdomo

Extendida la escala sobre el muelle, comenzó el lento desembarco del pasaje de la sufrida tercera clase, los de primera y segunda lo hacían por otra destinada solo a ellos como un privilegio más que les daba el haber pagado un poco más por los fletes o pasajes. Los dos polizones llevaban un par de horas en cubierta, se habían confundido entre la gente que esperaba ansiosa poder pisar aquella nueva tierra en la que tantas esperanzas habían puesto.

El primero en bajar aquella escala de la libertad, fue Anselmo quien pasó sin problemas por delante de los dos marineros que al pie de la escala indicaban el camino que debían seguir los viajeros hasta las Oficinas de la Emigración. A pocos metros de distancia de su compañero hacia su turno en la cola, Pepe Toribio, quien también pasó desapercibido ante los ojos de todos aquellos que estaban en el portalón y que al pisar tierra Argentina se apresuro en tomar el camino que seguía la larga fila de los recién llegados. Pepe avanzó unos metros para colocarse a la altura de su amigo. La verdad era difícil ser reconocidos como polizones ya que eran muchos los viajeros y solo los dos marineros al pie del portalón podían dar la alarma y entregarlos a las autoridades del puerto.
Una vez en tierra el nuevo problema era pasar por el filtro de la Oficina de la Emigración, debían esconderse en algún lugar hasta que la noche les pudiese dar la oportunidad de saltarse aquel control y poder trepar por la valla que cercaba aquella zona del puerto. En un tinglado cercano que protegía un enorme cargamento de cereales preparado para la exportación, fue el sitio donde pensaron que podían esconderse aprovechando el tráfago que se había organizado con la llegada del Nord América. No era tarea fácil cruzar la explanada que separaba los dos edificios sin llamar la atención.
Mientras esto ocurría, Fructuoso y Rafael con los componentes del trío folclórico que había amenizado las tardes de aquel largo viaje, se despedían de Marco Zanetti, el cual, con la emoción reflejada en su rostro les dio un abrazo a cada uno de ellos deseándoles toda la suerte posible en aquellas tierras del nuevo mundo que estaban ansiosas por recibirlos. Casi era medio día cuando nuestros hombres estaban a punto de entrar en el edificio donde posiblemente serían descubiertos y detenidos por falta de papeles consulares. Afuera, las verjas de la entrada a esa parte del puerto se abrieron con un chirrido alarmante para dar paso una caravana de camiones cargados de cereales que pasaría cercana a la cola formada por los recién llegados, en ella; vieron la oportunidad de que a su paso podrían cruzar amparados por el ruido y el humo mezclado con una ligera neblina que oportunamente subía por el río. Casi al unísono tomaron la decisión, para sorpresa de los demás que formaban la cola al ver como aquellos dos elementos se perdían tras los sacos de trigo apilados en aquel tinglado que les iba a servir de escondrijo hasta que la noche hiciese su aparición. Fructuoso y Rafael pasaron los controles aduaneros y de la emigración sin problemas. Habían acordado previamente al desembarco que pasase lo que pasase, se encontrarían frente a las puertas del Teatro Colón.

Continuará

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