La leyenda de la desaparición y retorno del guirre conejero, los cigarrones y de aquel que quiso con ellos hacer gofio

Por Agustín Cabrera Perdomo

 

Cuando se produjo la gran plaga de cigarrones en el año 1954, se utilizaron toneladas de DDT para acabar con ellos. Dicen que también fue este producto la causa de la desaparición de nuestros guirres y cuervos envenenados entonces por el criminal pesticida. Entre aquel maremágnum de cigarrones surgió no se sabe de dónde ni cuándo la figura de un “espabilao” al que tuvieron las autoridades que pararle las patas con buen criterio ya que el listo molinero pretendía elaborar gofio con cigarrones secos pues decía que los moros se lo comían mezclándolo con leche de camella.

Aquella acertada orden de prohibir el secadero de langostas y su posterior molturación; resultó providencial pues entonces no se conocían los efectos mortales del DDT.
Pero el “temoso” y visionario molinero, insistía con argumentos nutricionales dignos del mejor dietista de la comarca, pues defendía su proyecto diciendo que el gofio de millo o de trigo aportarían los hidratos de carbono necesarios y que revuelto con el suyo, -rico en proteínas-, beneficiaría el desarrollo normal de la entonces mal nutrida juventud isleña.
La langosta africana se desplaza en nubes de millones de individuos o en grandes bolas que empujadas por el viento se desplazan sobre el mar hasta la costa. Al poco tiempo los voraces insectos se habían comido todo lo verde que encontraron a su paso aunque esto ocurría en octubre del 54 y las lluvias no habían hecho todavía su aparición el verdor no era mucho. Al no encontrar este ansiado verde vegetal, se posaban en las verdes puertas y ventanas de las casas y aunque les resultaban algo duronas no dejaron por eso de intentar darle algún bocado.
Mientras las langostas o cigarrones se comían las tabaibas del Volcán de La Corona; en la Capital de La Provincia un domingo de aquel octubre de aciago año se estaba celebrando el partido de fútbol entre nuestra U. D. Las Palmas y el Atlético de Bilbao, una espesa nube de langosta se abatió sobre el Estadio Insular cuando el partido estaba en sus minutos finales. El día se obscureció y Marcial defensa marciano de la U.D. en vez de despejar el balón para alejar el peligro de su portería, en medio de aquella confusión artrópoda, le dio una patada a una bola de langostas mientras que Arteche se la propinó al balón verdadero marcando el definitivo gol del empate a tres y según dicen para más INRI, los cigarrones se merendaron en un rato todo el césped del campo de juego.
Todo este preámbulo viene a cuento por mi desacuerdo con la teoría sobre la presunta desaparición de nuestros guirres o alimoches, que dicen se debió al denostado DDT. Los Guirres se alimentaban de las carroñas que encontraban en los barrancos de nuestra geografía y que solo dejaban los huesos limpios para que el Sol y el tiempo terminaran su labor ecológica, se acabaron las carroñas y los Guirres se marcharon pues al no tener alimento, se buscaron otros lugares más propicios que garantizasen la continuidad de la especie. Solo un par de parejas persistieron en quedarse e intentar vivir y morir en la tierra que les vio nacer. Han pasado unos buenos años cuando pude ver uno sobrevolando majestuoso sobre las llanuras de jable.
En estas fechas de éxodos ciudadanos que quieren escapar de la monserga de los políticos en campaña electoral, sobre todo de aquellos que llevan años contándonos la misma película con sus reiteradas escenas de promesas incumplidas, yo; pidiendo perdón por la manera de señalar, -pues todos no son lo mismo-, puedo sin temor a equivocarme afirmar que sin mucho esfuerzo se pueden ver a muchos Guirres de chaqueta y corbata, retratados en grandes cartelones. A otros “aposados” en las farolas de las carreteras y otros más, buscando echaderos en las rotondas que ellos mismos recientemente han inaugurado. En un alarde de originalidad, los de la Herencia Recibida han sacado a la calle un sofá de REMAR, (los pobres) y se han puesto a incubar ideas sin recato ni vergüenza. Como dijo uno de los suyos: ¡joder que tropa!
Así que; por consiguiente la desaparición del Guirre conejero, es una leyenda urbano-rural, pues se ha detectado una gran colonia de estos ejemplares, eso si, han retornado con el plumaje cambiado, más vistoso, aunque no el lenguaje y sus planteamientos los cuales siempre o casi siempre están dirigidos a los que ellos consideran como los tontos de capirote o de remate.

 

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