Un viaje de ida y venida

Por Agustín Cabrera Perdomo

 

Cuando en presencia de Baldomero Romero Spínola, se mencionaba el nombre del insigne descubridor de las Américas, dicen que los pelos se le ponían como escarpias, pues eran grandes los motivos que tuvo para sentir semejante animadversión hacía la figura del glorioso Almirante de la mar océana.

Fue don Baldomero Romero, un insigne bohemio y polifacético artista grancanario de madre lanzaroteña. Virtuoso violinista fue además el eximio autor de una delirante tragedia en verso titulada LA CONVERSION DE GUADAFRA, publicada en 1931 y que narra las vicisitudes de aquel que fuera legendario Rey aborigen de Lanzarote y que empieza de esta guisa:
¿Qué gente es la de Europa…?
Elogian su santidad,
y llegando a nuestras playas
nos privan de libertad…!
Fue prologada dicha obra, con la conceptual prosa de don Francisco González Díaz, quien fuera ilustre director de la revista El Apóstol y que en mi opinión; intentó salir de aquel brete, con un farragoso análisis sobre las innovaciones poéticas que ensayara Baldomero en su obra y que en un pasaje; don Francisco califica de Repique de gloria en las alturas, campaneo que seguramente, solo él fue capaz de escuchar y resistir. Las ocurrencias y anécdotas que nos dejó Baldomero a lo largo de su vida, quedaron impresas en la memoria de sus incondicionales amigos que las recordaron con entusiasmo durante años en las tertulias del Polo y de otros entrañables cafés de Triana y Vegueta.
Buscando hacer algo más rentable sus indiscutibles facultades musicales y literarias y de paso; conocer también las raíces cubanas de su madre doña Rita Spínola Gómez, emprendió viaje hacia La Perla de Las Antillas con intención de comerse el mundo a ritmo de son y de guaracha.
Ya en la bella capital cubana, paseó su bohemia, su violín y su incomprendido arte por donde pudo y aunque su genio artístico se le escapaba por los poros, en la Cuba de aquellos años lo que sobraban eran geniales músicos y poetas, causa por la cual pasó muchos apuros nuestro hombre, más si cabe que los que había pasado en su tierra. Harto de tanta incomprensión a su talento, buscó con ahínco la manera de regresar a la tierra de los Guanartemes, aunque el problema más acuciante para él consistía en conseguir el dinero para el pasaje de regreso.

Supo un buen día nuestro paisano, que las Autoridades Cubanas, cuando algún emigrante se desmadraba en el campo de la política, era detenido con prontitud y después de unas cortas vacaciones en el castillo de El Morro, lo repatriaban a su tierra sin más trámite que el de empapelarlo en el primer barco que zarpara rumbo a España. Baldomero vio en ello la rápida solución a su problema, y ni corto ni perezoso, empuñó su pluma – o a esas alturas la pidió prestada – y en un periódico local publicó un artículo en el cual no dejó entre los miembros del Gobierno de entonces; títere con cabeza.
Efectivamente, su libelo surtió el efecto pretendido y a los dos días de ver la luz, fue detenido y llevado a la dicha fortaleza. Allí esperaba su repatriación junto a una docena de compatriotas, con quienes Baldomero entabló sanas relaciones de camaradería y amistad. Llegó por fin el día esperado para la partida y van llamando uno por uno a los disidentes, pero fue grande su sorpresa al ver que su nombre no era pronunciado por el funcionario de turno en aquella madrugada que olía a libertad.
Allí quedó Baldomero perplejo, dolorido, triste….., y viéndose ya de por vida recluido en aquella húmeda mazmorra. Tras varios días de angustiosa espera, fue puesto por fin en libertad. Escoltado por dos guardias, emprendieron el camino – creía él – hacia el puerto de La Habana. Después de un buen trecho andado, a propuesta de los guardias, hacen un descanso en un descampado poco antes de llegar a su destino y aprovechándose cobardemente de la duermevela de Baldomero, le propinan tremenda somanta de palos dejándole abandonado y a su suerte en una de los márgenes del camino.
Maltrecho y humillado, nuestro hombre consigue llegar a duras penas a La Habana donde es auxiliado por algunos amigos y después de un tiempo de convalecencia, logra que desde Las Palmas, su familia le mande el dinero para el flete de regreso.
Ya en su ciudad natal, Baldomero prosigue su displicente vivir, deambulando por los alrededores del Guiniguada, compartiendo las penurias y alegrías de la vida con su primo Leandro quien fuera su discípulo más aventajado en aquella romántica bohemia de la posguerra.
Es en una de las tertulias del Polo, alguien que no puedo precisar; tuvo la ocurrencia de hacer una jocosa comparación entre las vicisitudes de Baldomero Romero y su accidentado viaje y estancia en la Isla de Cuba, con las de don Cristóbal Colón quien también hizo parecido periplo pero con más de quinientos años de anticipación.
Entre los presentes no hubo nadie capaz de descifrar aquella imprevista y chistosa adivinanza, por lo cual, aquel contertuliano concluyó explicitando que el Insigne Navegante había salido para la causa de las Américas desde el Puerto de Palos de Moguer, y Baldomero Romero, había salido de las Américas a causa de una somanta de palos de moler que le dieron en el puerto.
La presunta ojeriza de nuestro hombre hacía la figura de don Cristóbal Colón fue pasajera, seguro que inexistente o fruto momentáneo de una calentura por la ocurrencia de un amigo, ya que en la concepción filosófica que Baldomero tuvo de la vida no cupieron nunca los rencores.
Para conocer un poco más al personaje del relato UN VIAJE DE IDA Y VENIDA, adjunto las notas que Néstor Álamo escribió en el libro La Perejila. De la poetisa grancanaria Agustina González Romero.
Baldomero Romero Spínola, aparece en los últimos compases de la sinfonía familiar. Músico total, como casi todos sus hermanos, como lo fue su padre, proyectó sus preferencias sobre la viola d´´amore o sobre la viola de gamba. Navegó en la juventud por París, donde a más de darle al arco ocupó puestos de<>nada menos -nos lo dijo- que en la Comedia Francesa, y seguro que en otros escenarios de menor coturno. Figuró en las tragedias de repertorio galo más solemne con actores y actrices de vuelo tan evidente como lo fueron de Max, Sarah Bernhart, la Bartet, Cecile Sorel y otras fulgurancias de aquel tiempo.
El irrepetible Baldomero Romero Spínola, menudo, desaliñado, angelical, como lo viera nuestro estupendo escritor Juan Guillermo, nos recitaba de media noche<<p´´al día>>a voz clamante, desde lo alto de una de las mesas de la galería del viejo<>sobre el Guiniguada, fragmentos de <<L´´Aiglon>> de <>, del <>y de otros títulos monumentales del más monumental repertorio apenas sin rozar la realidad del momento. Las pirujas y sus galanes -placeros casi todos- daban media vuelta, sorprendidos ante lo insólito del espectáculo. Aquel personaje bueno, increíblemente bueno, desconocedor absoluto de la malicia perece haberse ejercitado en la capital de Francia de algo así como secretario para todo de una de las más destacadas de las figuras del trajín teatral. Baldomero era un hombre y ejercía.
De regreso a la isla, agotadas ya las cargas y vibraciones de la juventud decidió largarse como su hermano -don Mariano- a la tierra del tango y la milonga. Llegó allá y en una ocasión que hacia<>por la calle Corrientes advirtió ciertas miradas coñonas de<>, <>y demás, pero siguió tan campante. Aquello a él plim y ¡cataplím.
Así la cosa llega un día a la Reina del Plata carta de Lolita, su hermana diciendo: -<>….
Si, Baldomerito había arrancado con el abrigo de su hermana, sin darse cuenta, y desde que llegó a Buenos Aires -era invierno- no se lo había quitado. Pero a él aquello no le inmutó; lo tuvo como la cosa más normal y digerible.
Ya en regreso -definitivo- a Las Palmas se alistó en la centenaria Filarmónicadonde <<hacía>> que tocaba, pero no tocaba. En 1944 tomó parte en la velada increíble que organizamos en el centenario del nacimiento de Verlaine, de su vida y de su obra en los sótanos –entonces infames- del Café Oriente, en las riberas del Barranco. Tañó su viola y escenificó, antes que Chaplin en sus <> lo del violinista tendido en el suelo, dándole al arco mientras leía los papeles de solfa de uno en uno, esparcidos por el suelo. Cuando vi hacer lo mismo -en la pantalla- al inmensurable cómico se me puso de punta toda la pelambrera. De allí a poco murió, pobre, sin esperanzas, pero asistido de una gracia que le hacía asimilar su desamparo como regalo del Cielo.
Murió don Baldomero Romero y Spínola y con él se aparto de la vida un ser enteramente angelical. Su ingenuidad resultaba increíble y su alma voló siempre infinitamente más arriba de la inmundicia humana. De esto hicimos uso al enhebrar la necrología que dejamos en nuestra prensa: ¡Que Dios le haya dado el mejor de sus lugares!

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