Pregón de San Roque (Tinajo) 2004

POR  LUIS PERDOMO RODRÍGUEZ

luis

Constituye para mi una gran satisfacción el haber sido designado pregonero de las Fiestas Patronales de mi pueblo. Pueblo que me vio nacer y que espero me acoja en su seno el día en que Dios lo tenga a bien. Doy las gracias a la Corporación Municipal por concederme esta gran deferencia que recordaré para siempre con inmenso cariño.

Repetir lo que mil veces se ha dicho en incontables pregones que a lo largo del tiempo han sido, sería insistir en lo mismo una vez más. Sería volver a resaltar las probadas virtudes de nuestras gentes y lo pintoresco de nuestros paisajes. Sería insistir en recordar el tremendo trabajo de nuestros antepasados que transformaron los eriales que fueron estas tierras, en fecundos y productivos campos, a cubrirlos con las negras arenas del Rodeo. Sería en fin: evocar una vez más a la semejanza que en otros tiempos dicen tenía nuestro Tinajo con la lejana Bizancio, por aquello de sus chimeneas en forma de bulbo de cebolla y la bóveda arabesca que lucía el mirador de la casa de Don Vicente.

Intentar rebuscar en nuestro pasado, recorriendo a una nebulosa relación de datos y fechas que terminaron el mismo a lo largo de la historia y no siendo además conocedor de ella, en la profundidad que ustedes me demandarían y porque siendo ya, otros ilustres pregoneros que me precedieron quienes lo hicieron con probado rigor, es por lo que creo, que intentarlo yo sería cuando menos un atrevimiento.

Considerando estas razones suficientes, para apartarme de la tradicional y acostumbrada forma de anunciar a convecinos, amigos y visitantes, del inicio de nuestras Fiestas Patronales, sin embargo quisiera hacer una salvedad y recordar a nuestro patrón San Roque, aunque de pasada como supongo que a el le hubiese gustado y reseñar que por alguna razón será, que su santo patronazgo es posiblemente el más numeroso que se celebra en toda la cristiandad y en España en particular. Demasiado largo sería enumerar todas las ciudades, pueblos, aldeas y barrios que están bajo la advocación de este singular Santo del perro, del pan, de la calabaza y de su insistente llamada de atención a la llaga que luce en su rodilla derecha.

Con el paso de los años, la nostalgia y los recuerdos de otros tiempos acuden con frecuencia a nuestra mente para volver la vista atrás y evocar vivencias y personajes de la historia sencilla de nuestro pueblo y es por lo que quiero dedicar estas líneas a refrescar la memoria de los mayores y para que la juventud se haga una pequeña idea de la vida en aquellos no tan lejanos tiempos.

Vienen por tanto a mi memoria, las figuras de muchos personajes de nuestro pueblo y que por una u otra razón sus recuerdos se mantienen aún vivos en nuestras memorias y es el caso por ejemplo, de seño Angustio Duque, personaje alto flaco y provisto de aquella limpia de maldad y que siempre, en compañía de su inseparable Dolores, recorría las resacas costas del municipio, pastoreando sus cabras y regresando al atardecer con el hambre y la fatiga reflejadas en sus rostros. Recuerdo, que por enfermedad, tuvo seño Angustio que viajar a Gran Canaria, una vez allí y llegar de noche, se dio cuenta de que el techo de la habitación donde iba a dormir no tenía vigas y se puso remiso a entrar en dicha habitación, pues no se fiaba de que aquel techo raso no se le viniese encima al acostarse. El apagar la luz eléctrica, también fue un problema para Angustio, pues dijo al día siguiente que no encontraba el “gurejo” pa soplar y apagar lo que él creía una llamita.

En otra ocasión, un vecino iba camino hacia unos cachos que tenía en El Tablero a lomos de su burro cuando a lo lejos, vislumbra que en sentido contrario al suyo se le acerca la imponente figura de Don Tomás el cura montado en su yegua y que venía de dar una vuelta por sus tierras. Al cruzarse con el y después de los saludos acostumbrados, el señor cura recrimina al vecino el no haber cumplido con sus deberes para con el Cumplimiento Pascual de ese año, con toda la franqueza del mundo le contesta el vecino: de esa cuestión del Cumplimiento Pascual la había dejado fabricada pa`l año siguiente. Don Tomás le llamó masón y hereje y en la homilía del domingo siguiente fundamentó la misma en el asunto. Insistió en los dichos deberes no cumplidos para con la Iglesia por parte de muchos feligreses haciendo mención especial aquellos que dejaban el alma fabricada para el año siguiente como si de un triste almud de tierra se tratara.

La vida social del pueblo giraba en torno a su cuadrada Plaza, donde estaba el centro de la vida social, religiosa y política y donde en sus cercanías, se congregaban como hoy lo hacen los coches; los medios de transportes de entonces, o sea, burros, camellos, mulos y alguna que otra yegua propiedad de algún señorito. Estas congregaciones de animales eran especialmente numerosas en época del censo de los mismos. En aquellos tiempos se censaba todo, gallinas, conejos y toda clase de bichos de corral. Hubo un secretario municipal, aunque de otro municipio, que sólo ponía gallos en el casillero donde debía consignar a las gallinas, pues decía que sí apuntaba a las gallinas, al año siguiente pedirían también los huevos que hubiesen puesto.

Donde se congregaban camellos y burros siempre se armaba alguna trifulca, pues algún bromista que sabía de un burro medio peleón, le dejaba las riendas flojas para que se soltara y armase la “fiesta” con el consiguiente regocijo de la gente.

En aquella época de que les hablo, las Fiestas de San Roque eran nombradas en toda la Isla y gentes de todos los pueblos se congregaban en torno a la plaza y en el paseo en que se convertía la carretera hasta La Sociedad. Los típicos ventorrillos se montaban a lo largo del recorrido y las parrandas sonaban en ellos hasta el amanecer o mientras durara el vino y la carne en adobo. Los bailes sociales eran la ocasión para emparejar los jóvenes, y cuando invitabas a las muchachas casadas, había que contar con el visto bueno y el asentimiento que disimuladamente daban las madres, según fuera el mozo de su agrado o no. Al terminar el baile le preguntaba su madre como tenía las manos, si suaves o ásperas, las últimas eran de trabajador y las primeras había que investigar.

Otro acontecimiento singular, era la llegada al pueblo de los moros, Haffa y su asistente y lo era por lo raro que nos resultaban aquellos personajes con sus chilabas, sus varios rezos al día y el trueque o negocios que efectuaban con las gentes del pueblo. Traían camellos jóvenes y se llevaban los viejos y era en el Corral del Pueblo donde sentaban su campamento hasta que, de la misma forma que llegaban, desaparecían una buena mañana.

Hubo una época, en que aparecieron por las orillas de la mar unos Jallos, consistente en unas bombonas metálicas, que pronto la gente las catalogó como bombas de humo al menos eso era lo que parecían. Dos atrevidos jóvenes, vararon uno de aquellos artefacto, lo escondieron y una tarde le engancharon un aparejo de pesca a una argolla que sobresalía de su carcasa y protegidos tras una peña, jalaron con fuerza por ella. Fue tanta la jumasera y tan fuerte el estampío, que uno de ellos corría como un galgo por aquellos llanos dando gritos diciendo. ¡corre Martín que esta es la última de las nuestras!.

Era mucha entonces la escasez de todo y había que suplirla con ingenio e imaginación. Por ejemplo, en lo referente a medicinas, los muchachos que se recorrían esas costas guardando cabras o simplemente haciendo travesuras, tenían soluciones un poco duras para remediar las dolencias y accidentes leves. Si una jeta se le abría a alguno en la cabeza, se paraba la hemorragia restañando la herida con telas de arañas. Si de diviesos, cortes o verrugas arrancadas se trataba, el recubrir la herida con tierra finita apartada de las veredas por donde pasaban las cabras, era mano de santo. ¡Y no criaba ningún cristiano!

Se haría interminable este relato contándoles anécdotas las apariciones de las famosa Burra Blanca, aquel misterioso animal que en súbitas apariciones nocturnas por los caminos del pueblo, metió el miedo en el cuerpo a más de uno, aunque casi todos presumían de haberla visto y más si antes se habían echado unos tragos de aquella turbia aguapata de nuestras penas. En fin, cuentos de muchos personajes que como he dicho al principio vivirán para siempre en el recuerdo todos los que como yo vamos para esa vaina o sea para viejos.

Así, han transcurrido muchos años, y estos hechos que les he contado que serían impensables hoy, eran entonces lo cotidiano de aquella apacible época y que desde aquí les invito a recordar con nostalgia y cariño, aunque sin olvidar también que fueron muchos los trabajos y penas que pasaron nuestros padres para sacar a sus familias adelante. Y sin psicólogos.

Deseando sinceramente que las Fiestas de San Roque de éste 2004, las pasemos lo mejor posible, es decir: como siempre, en paz, en amor y buena vecindad.

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