La increíble transformación de don Beltrancito Figueroa (Anexo Capítulo II)

Por Agustín Cabrera Perdomo

Se habló y mucho durante meses del incidente de las viejas secas que se le habían atragantado a don Bartolito Bethencourt por el gusto y los aromas amoniacales que por alguna inexplicable razón había adquirido aquel exquisito salazón isleño durante el viaje de vuelta de la última expedición pesquera que había hecho don Beltrancito a la isla de Alegranza con Medardo y Anselmo Deganso, hijos del medianero del cortijo de Las Laderas que le habían acompañado en aquella ocasión y que a pesar de lo ocurrido, esperaban que a mediados de octubre volviesen con él a repetir el viaje.
El cortijo de Las Laderas, tenía una superficie de unas trescientas fanegas y albergaba otras tantas cabras de la mejor cabaña autóctona; a fanegada por cabra,13.692,00m2 por cabeza de ganado. Llevaba la medianería del dicho enclave agrícola ganadero, Eulogio Deganso Cabrera; persona que con su dedicación y esfuerzo durante media vida, había convertido una parte de aquellos eriales en la única finca de regadío de la isla de Lanzarote. Tenía un pequeño acuífero casi en el seno de uno de los barrancos que bajaba del risco y surcaba la finca por el extremo noroccidental, cerca de una pequeña alberca con capacidad para unas quinientas pipas de agua con la cual se regaban árboles frutales especialmente guayaberos, higueras, una especie de manzano a cuyo fruto llamaban camuesas, durazneros y algún que otro nispirero.
Eulogio Deganso Cabrera, era hombre adusto, de aspecto tosco pero de mirada franca y de una educación innata, exquisita que por otra parte y haciendo un inciso en esta descripción de la persona citada, era bastante frecuente en personas mayores de ciertos pueblos de la isla. Conocí a un noble de ascendencia rusa, uno de los primeros promotores turísticos llegados a Lanzarote y muy conocido por su extrema educación y su intachable honorabilidad en las actividades mayormente inmobiliarias que realizó; el cual; -según me decía-, que se había encontrado en varias ocasiones con este tipo de personas a las que hago referencia por estas virtudes heredadas de una tradición de nuestros antepasados y desgraciadamente casi olvidada. Me contaba este amigo, que incluso llegó a oír en el trato oral el “su merced” medieval en alguno de sus interlocutores. Concretamente en un conocido corredor de fincas natural de La Vegueta. Hecha esta apreciación u observación mía, sigo con la presentación de uno de los protagonistas de este relato que sinceramente se como ha empezado, pero que no se cual será el final. Diría también de Eulogio Deganso que aquel que lo conociese por primera vez sentía que toda su presencia irradiaba una humanidad que sin preámbulos te envolvía de un modo que sentías la sinceridad y bonhomía de aquel hombre que se le escapaba de forma casi palpable por los poros.
Al conocer la “azaña” protagonizada por sus hijos Anselmo y Medardo en Alegranza, – Fue el propio don Beltrancito quien se la contó una tarde- La incredulidad de Eulogio se reflejó en su rostro al mismo tiempo que sin palabras, solo con la mirada pedía disculpas al muchacho, pero que al no poder contener la risa imaginando la escena final, cuando a doña Eduvigis le da el telele con el consiguientemente desmayo y el estropicio en el dominguero menaje familiar. Eulogio; al no poder contener la risa hizo todos los posibles esfuerzos por dominarla y esos intentos provocaron en su interlocutor una tremenda carcajada que al final y ante el asombro de toda la familia, al oír aquella algarabía, se había acercado a curiosear para terminar también contagiados con aquellas inusuales manifestaciones de alegría. Todos terminaron inmersos en aquella risa irrefrenable y con el familiaje revolcándose en el palote del millo recién descamisado y aunque muchos de ellos, sin saber exactamente el porqué de aquella diversión.
Catalina, era una hermosa muchacha con diecinueve primaveras en sus mejillas. Era la única hembra de la numerosa familia de Eulogio. Apagada y escondida su belleza tras los burdos ropajes que se usaban para el trabajo, camisola hasta la muñeca y falda hasta media pierna, la típica sombrero de soltera, guantes y pañuelo al cuello, era esta la calurosa manera de protegerse del Sol. La blancura de la piel era premisa indispensable si se quería llegar al altar en edad de merecer. La muchacha consciente de las frecuentes visitas del hijo del dueño y la forma en que este buscaba sus ojos la azoraban viéndose vestida de aquella guisa. Aquella calurosa noche de septiembre estaba previsto dedicar la tarde y buena parte de la noche en el mecido de la leche para obtener mantequilla que por expreso encargo de don Beltrán, se realizaba dos o tres veces al año. En los preparativos para iniciar las labores del mecido de la leche, Catalina apareció despojada de aquella burda vestimenta de trabajo y esa tarde pudo admirar Beltrancito la escultural figura de la joven y de la belleza incomparable de su rostro. Aquella sorprendente y angelical visión, produjo en el joven un instantáneo enamoramiento, que le supuso un violento e irrefrenable deseo de llorar que le cercenó de golpe su apego a todo lo físico que le rodeaba, se vio envuelto en un halo de felicidad que no pudo disimular y fueron tan intensas las recíprocas sensaciones que Catalina se estremeció en el instante en que sus miradas se encontraron, provocando así la pérdida de compás en el mecido de la leche que realizaba en ese momento con su hermano Medardo. Este; en esa misma fracción de aquel hipotético segundo fue testigo de lo que había pasado en solo unas décimas de aquel instante imposible de medir.
El mecido de la leche era una dura aunque habitual tarea entre las efectuadas en el cortijo y en la cual participaban todos los miembros de la familia en edad de trabajar. Normalmente se hacía por la noche y consistía en mecer la leche en un cuero de cabra durante horas hasta conseguir separar la grasa de la leche con el objetivo era sacar lo que se llamaba manteca de ganado la cual se usaba para remedios caseros y en la cocina. Los propietarios de los cortijos y ganados mandaban a los medianeros a mecer la leche para obtener así una mantequilla artesanal. Llevaba un poco más de trabajo en su proceso de elaboración como era terminar de desecharla y lavarla hasta que se conseguía la textura final, luego se añadía un poco de sal e imaginen ustedes hoy como seria de exquisita al ser obtenida de leche de cabras pastando en el campo y con su ración de millo al atardecer a su vuelta a los corrales.
Como decía; después de aquel inolvidable acontecimiento, don Beltrancito cada vez hacía más frecuentes sus visitas a Las Laderas con el peregrino pretexto de estar comisionado por su padre para echar un vistazo y para que fuese recibiendo consejos y enseñanzas de la mano de Eulogio, el cual sentía una debilidad enfermiza por el muchacho. Pero; (como es obvio) la verdadera razón de las visitas del hijo del dueño a Las Laderas, era el de buscar la oportunidad de volver a sentir aquel inmenso gozo y a recrearse en la pálida belleza de su hija Catalina. Aquel largo desplazamiento a lomos de camello, desde La Vegueta hasta aquel apartado enclave, había merecido la pena si aquel grato encuentro visual pudiera volver a producirse aunque solo fuese como aquella memorable tarde de septiembre. En fin que don Beltrancito estaba enamorado hasta las trancas de la bella Catalina Deganso y en sus desvelos románticos se había jurado ganarse el cariño de aquella joven beldad de la cual su sonrisa casi infantil no lo dejaba conciliar el sueño, lo hacía soñar despierto. El día del regreso, ya escarranchado en la cruz de la silla inglesa del camello, otea con ansiedad los alrededores esperando un adiós silencioso o la última sonrisa de su delirio para emprender así de reconfortado, el regreso a casa, de cualquier manera, partía con el corazón saliéndosele del miocardio. Atravesando arenales y salvando algún que otro médano gigantesco que por el fuerte viento del verano, había invadido el angosto camino de regreso a La Vegueta, nuestro enamorado bromista seguía pensando en Catalina y en él como se las arreglaría para derribar aquella muralla social, que aunque en su caso aún no se había levantado, sabía que surgiría no más llegase a el conocimiento de sus padres. Pero su decisión dando por hecho la reciprocidad de Catalina en aquel desmesurado sentimiento, seria la lucha por el amor de aquella joven.
Lo primero, será una carta que le haré llegar por mano de Medardo, – pensó – y quedo inmediatamente sumido en un éxtasis amoroso sobre la joroba del camello, el cual, ajeno a aquel enamoramiento repentino del muchacho ayudó con su remansado paso a que fuera memorizando los términos y las frases que quería hacer llegar a su idolatrada y bucólica pastora a tiempo parcial. Esto último no es muy romántico pero como hoy se oye tan a menudo así quedará.
Carísima Catalina: con el mayor placer y sentimiento a la vez, tomo la pluma para escribirte estas mal trazadas líneas, pues si bien me sirven de muchísima alegría el escribirte, también me produce desconsuelo cuando medito que más que por nuestros mudos diálogos con nuestras arrobadas miradas, podríamos estar conversando cara a cara y unidos para siempre por medio de los fuertes lazos que mañana; si Dios me lo permite, han de formar nuestra futura vida que me ilusiona y alienta llenándome de nobles preocupaciones. (Iba al grano el caballero)
Pero amadísima mía: (aquí don Beltrancito se dispara en el tratamiento). mientras esto no suceda y como hemos de vivir un tiempo separados y unidos por decirlo así, queriéndonos tanto y siendo tan bueno y leal nuestro cariño, Dios solamente sabe esto y puede ver nuestros corazones. (Aquí nuestro hombre no sabe que Catalina tiene un pretendiente, un apuesto trompetero y músico por más señas) El, que ha querido que nosotros nos vayamos a profesar tanto amor, mitigará la pena que este amor produce con desesperación, mientras se llega el día feliz y cuando seamos el uno para otro, y Dios mío: has que pase veloz el tiempo y que llegue pronto esa felicísima hora.
Dice un adagio, que el que ama mucho, ama también la soledad. Cuando el alma enamorada quiere demostrar su amor; desea la soledad, quiere estar solo con el objeto de su amor, contarle las penas y sufrimientos, en una palabra; ¡darle su amor y su vida! Pero… ¡hay de nosotros ¡ yo Catalina, deseando que tu sientas los mismos impulsos que yo; más de una vez he pensado que sufres mucho, que cuando nuestras miradas no se encuentran, sientes en tu corazón una congoja. Y no será esto por tu alma nacida para amar, que parece estar ligada al objeto de tu cariño. Indudablemente que es así, porque yo; que participo de esos mismos afectos, también tengo mi corazón enfermo de amor. También cuando me separo de tu lado, mi alma llora y quisiera mil veces quedarme contigo y viendo que fuese posible entregarme entre tus amantes brazos, besarte tu purísima frente, y tu acariciándome cual a un niño, me hicieras la cama en tu regazo.
Por eso he hablado de la soledad, porque en ella, es cuando verdaderamente se entrega uno con más satisfacción a estas dulces alegrías y es cuando el alma se ensancha y deleita en la contemplación del bien adorado. Pero ya que esto, por desgracia no es real ni hacedero, demos rienda al pensamiento viviendo como vivimos el uno para el otro, sin que nadie, ni siquiera el tiempo empañe nuestra felicidad. Tus ojos me dijeron ayer, que tu cariño hacia mí es más grande que el que aparentemente uno desea saber. He aquí como probarte el aserto de mi alegato. Y es Catalina del alma, que para uno, que conociendo lo que verdaderamente ama; es necesario un rato de soledad: entiéndase, cuando se dice con libertad, cuando se desea decir para así aliviar un tanto las penas que el amor produce. Yo se que tú me querrás con delirio, pues tu corazón desea latir junto con el mío, y yo; ¿qué podría decirte sobre este punto?: para decirte todo de una vez y te digo que deseo y quiero que llegue pronto el momento de dar a conocer al mundo, nuestro cariño irrenunciable; porque el hombre ha nacido únicamente para amar, cuando este amor se desarrolla con la fuerza que en mí se ha desarrollado, no pienso otra cosa que en el bien amado, quiere poseerlo, quiere entregarse a él y por último estrecharlo contra su enamorado corazón. La otra noche cuando me separé de tu lado y al paso del molesto vaivén del camello durante mi viaje solitario, en la oscuridad; sentía un no sé qué de melancolía, que me abría el pecho y me daban ganas de llorar. ¡Cuánto hubiese querido que en aquellos momentos, mi ángel amado me hubiera acompañado¡ Esta idea grande que me perseguía y persigue, la encuentro halagadora cuando pienso que algún día me has de acompañar; siempre serás para mí la alegría de mi vida y el encanto de mi existencia, como igualmente he de serlo para ti, cuando Dios quiera que esto sea realizable. Te escribo esto, y muchísimo más quisiera escribirte si de esta manera pudiera demostrarte el poderosísimo amor que te profeso tan solo con aspirar tu esencia en las distancias cortas. Procura no olvidarme jamás: conserva siempre para mí el fuerte querer que como yo te dedico desde ya y piensa también que en el cielo hay levantado un altar. (Tanta misa y tanto garbanzo en el Colegio habían servido para que se le ocurriese espontáneamente alguno de estos resabios de sermón de La Misa de doce.
Termino sin querer porque ahora que nadie me escucha te digo con toda libertad, cuanto siento y cuanto te amo, porque estando tan cerca y tan lejos de ti, la misma dicha de estarlo parece que me priva de poderte hablar sin las barreras que tendremos que salvar juntos. Tu hermano Medardo será nuestro cómplice y tus sensaciones, -si decides dármelas a conocer- espero que también sean las mías, ¿verdad Catalina?
Cuando pasadas las doce de la noche nuestro enamorado llegó a La Vegueta, se dejó caer en un catre de viento que había en el cuarto del grano y en un sueño profundo siguió viéndose reflejado en aquellos ojos verdes que le habían subyugado y de los que no se cansaba de adorar para terminar cayendo en un impetuoso torrente de lágrimas de felicidad. El molimiento del viaje lo tuvo durmiendo hasta que el Sol despuntaba por la ladera Norte de la montaña de Tamia.
Isabel, la vieja cocinera que de madrugada ya trasteaba por la cocina y aledaños, se extrañó de ver al camello tuchido y rumiando junto a la gañanía, ensillado y con esa mirada de indiferencia con que suelen mirar los miembros de esta paciente y noble bestia. Sabiendo del duro viaje de regreso de don Beltrancito lo dejó dormir hasta que el Sol estuvo alto y fue entonces cuando le alcanzó un café y una torta de millo de las que acababa de sacar del horno.

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