La increíble transformación de don Beltrancito Figueroa (IV)

Por Agustín Cabrera Perdomo

La vida social en La Villa de Teguise transcurría como en una larga siesta. Los actos sociales se limitaban a las celebraciones religiosas de Patronazgos y los oficios diarios. Algunas funciones teatrales y el amor y tradición al teatro de muchas familias teguiseñas, mantenían viva las actividades escénicas. La última función se había estrenado en el teatrillo sito en la calle hoy Marqués Herrera durante la festividad del Carmen, La Escala de la Vida fue la obra representada con un elenco artístico de doce personajes entre actrices y actores. Las Carnestolendas, -si mal no recuerdo-, era la única fiesta no religiosa donde además de la esperada irrupción de los diabletes para disfrute de grandes y terror de los más chicos, que corrían por los calles y callejones intentando escapar de los zurronazos que daban si lograban alcanzarlos. Los dos jueves previos al Martes de Carnaval, se celebraban Compadres, los hoy olvidados Jueves de Compadres. Estos eran una especie de juego para afirmar relaciones de amistades, para ayudar el darse a conocerse más de cerca y en un simulado enfrentamiento verbal entre los compadrazgos. De Teguise a finales del XIX, Tengo constancia escrita de la celebración de este juego social que consistía en reunirse en alguna casa, jóvenes solteros disfrazados y de ambos de sexos, donde se intercambiaban poemas o ripios que se distribuían en unos sobres que se repartían al inicio y al azar entre los participantes. El objetivo de este juego era fomentar y dar posibilidades a futuras relaciones de parejas, que se enfrentaban leyéndose los poemas y que unos salían contentos con el resultado y aunque la risa también era objetivo de los presentes, algunos que se habían hecho ilusiones salían con el rabo entre las patas. Esta es una estrofa de uno de aquellos versos de un Jueves de Compadres de finales del XIX:

El jueves seis de febrero
tuvimos compadres,
de lo cual no estuvo,
muy desagradable.

Teguise se parecía a uno de esos pueblos fantasmas donde parece que el hálito humano ha desaparecido de sus calles y sus plazas. En aquellos años, La Villa no mostraba en su conjunto urbano la impoluta blancura que luce hoy la antigua capital. El perenne alisio hacia que la tierra bermeja de los testes de La Mareta, volara en remolinos sobre el casco urbano, contribuyendo a dar ese color medio ocre o blanco desvaído que mostraban las fachadas de sus caserones, ese polvo; que se colaba por todas las rendijas de puertas y ventanas, hacia que estuviesen las hoy llamadas eufemísticamente empleadas de hogar en las casas de postín, con el plumero del polvo en continua actividad. Las calles empedradas, con adoquines apenas sin labrar y colocadas con cierto desorden, definían un pavimentado tosco e irregular. En la calle Alfonso Spínola, en un cuartucho de apenas doce metros cuadrados ensayaba sus números musicales una incipiente orquestina de cuatro componentes, Gumersindo Arrocha, Pedro Rojas, Rosendo Verde y un tal Andrés Requena a quien llamaban “el rubio” por el indefinido color de su pelo. Andrés era un medio pelirrojo de ojos amarillentos que había llegado a la isla con un destacamento militar donde tocaba el cornetín de órdenes y algún que otro instrumento de viento como eran el saxo y el clarinete. Era natural de una pérdida aldea extremeña que ni el mismo sabía buscarla en los mapas de España, que colgaban en la Escuela de Niños. Se había establecido en Teguise al enterarse de la gran afición a las corcheas que tradicionalmente había en el pueblo y con el proyecto de formar un grupo musical, se había quedado por la capital de la isla. Andrés rondaba la treintena de años y fue quien en algunos bailes en los que actuaba con su incipiente orquesta, desde la tarima; en alguna ocasión le había echado inocentes requiebros a la donosura de Catalina y a su belleza juvenil. En los descansos de la orquesta, se acercaba para obsequiar a ella con alguna golosina y a su madre y fiel guardiana; con una copita de mistela. Con la mirada su madre le había dado la venia para que aceptara, lo cual quería decir que por lo menos a la madre le gustaba el mozo. Esa había sido toda la relación entre el músico y la bella pastora de las laderas del Risco de Famara, pero solo por esos inocentes devaneos, la gente ya había compuesto el noviazgo y casi había decidido fecha para las amonestaciones y esponsales.
A todo esto, Catalina ajena a todas aquellas habladurías de la gente, se había encerrado en su cuarto con aquel envoltorio en papel brillante con franjas rojas y aquel sobre con la carta de Beltrán. – Toma Catalina: esto me dio el amo Beltrancíto pa ti -, le había dicho Medardo al entregárselo, y allí estaba, sentada a los pies de la cama, temblando como las hojas de los rosales de la galería y contemplando incrédula aquel misterioso envoltorio, aquel sobre con su nombre escrito con la primorosa letra de un enamorado maestro de escuela, a la vez que hijo único del casi dueño de la vida y hacienda de todos los que vivían y trabajaban en aquellas solitarias laderas y llanuras del Norte isleño. Por fin; Catalina se decide y toma entre sus manos el abultado sobre y con una traba que desprende de su pelo, lo rasga delicadamente y extrae las blancas hojas de papel desplegándolas ante sí al tiempo que se le humedecían los ojos ante el temor a lo desconocido, a lo prohibido y pecaminoso que era casi todo en aquellos tiempos. Al iniciar y concluir la lectura del primer párrafo a Catalina se le cortó el aliento, los pliegos se le fueron de las manos y con un incontenible llanto se dejó caer sobre la cama en un doloroso y al mismo tiempo dulce abandono. Aquel torrente de lágrimas, se fue transformando en entrecortados sollozos y luego en contenidos gimoteos, para quedar inmersa en un repentino y gozoso sosiego. Recogió una a una las doce planillas de que se componía la carta que gracias a la previsión de Beltrán que las había numerado todas y cada una de ellas facilitó así, el poder ordenar de nuevo aquel torrente pasional de promesas y reflexiones que la desbocada e irreprimible imaginación del muchacho, había soñado bajo las estrellas de las blanquecinas llanuras del desierto de Soo.

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