La increíble transformación de don Beltrancito Figueroa (VIII)

Por Agustín Cabrera Perdomo

Estábamos llegando a los días previos al acontecimiento más popular y multitudinario de la isla. Las familias más afincadas, descolgaban las sillas inglesas y sacaban de los baúles y armarios, viejas colchas de llamativos colores que adornarían los asientos y la cruz de sus camélidas monturas. Muy de mañana, la actividad de aquel señalado día, en la casa de don Beltrán era mucho más viva que la jornada de un día cualquiera. Los animales que iban a servir de transporte de las señoras que acudían a la Romería hasta el santuario cercano de Los Dolores, tres camellos y dos jumentos, esperaban ataviados la llegada de los romeros procedentes de Las Laderas, que debido a la naturaleza del trabajo en el cortijo, solo acudirían: Esperanza la mujer de Eulogio acompañada por su hija Catalina y su hermano menor, un chico que estaba a punto de cumplir los quince años. A don Beltrancito se lo comía su propia ansiedad, las idas y venidas hasta la cuesta de Regla para ser el primero en percatarse de la llegada de los romeros que ya en la lejanía, hacía rato que se habían unido a grupos procedentes de Soo, Muñique y Las Caderetas de Yacen. Hacia un día típico de la época, solo una ligera brisa del Norte, refrescaba la comitiva que dividiéndose en dos tomaron diferentes caminos a su paso por las cercanías de La Vega De Yuco. Beltrán que ya había localizado a su esperada Catalina, corrió hasta la casa a prepararle un desacostumbrado recibimiento que iba a extrañar únicamente a sus progenitores, pues el resto de los habitantes de la casa, quien no lo sabía a ciencia cierta, estaba al corriente de las habladurías de la gente sobre los delirios amorosos del amo por la bella Catalina.
La lectura de su carta, produjo en Beltrán una encendida admiración pareja a la que sentía ya por la belleza y dulzura de aquella mirada su que lo había cautivado de tal manera que la había convertido en uno los anhelos más deseados de su vida, aunque en aquel esperado instante de su llegada, solo aspirara a otro dulce y maravilloso encuentro con su mirada. Supo después de su lectura, de la solidez mental que la joven denotaba con aquella sorprendente e inesperada caligrafía femenina y que escalar aquella montaña de perfecciones que era su adorada Catalina, iba a ser empresa -aunque dulce y gratificante, no tan fácil como él esperaba.
La alegría que embargaba a Beltrán esperando la inminente llegada de su idealizada peregrina, se manifestaba esa radiante mañana con sus nerviosos paseos por las cercanías del portillo de la era. Doña Eduvigis sentada junto a una de las ventanas del recibidor y casi metida en fatigas por el calor, movía su abanico mientras observaba los preparativos de la esperada peregrinación hasta el Santuario. Observó el nerviosismo latente de su hijo con aquellas idas y venidas sin aparentes razones para ello. -saldremos cuando refresque la tarde-comentó con Isabel que por fin aparecía con una taza de pasote que le había pedido para ver si le calmaba aquellos retortijones que no la dejaban vivir. Cualquier cosa no dejaba vivir a la señora; -cuchicheaba el servicio al verla aparecer a rastras con su reflujo gástrico-, pues no era otro su mal, sino el poco cuidado que había dispensado a su aparato digestivo después de su apalabrado matrimonio. Aquellas horas previas a la salida hacia Los Dolores, doña Eduvigis no pensaba sino en el atracón que iba a darse de turrones canarios que por aquellas y otras fiestas de la isla, traían las turroneras de la Isla Redonda. Su hijo sabiendo la debilidad de su madre por aquella también redonda y redulce almendrada golosina, por ver si moderaba su desaforada ingesta, le había dicho que las viejas turroneras, en su artesanal elaboración, pegaban las tapas del envoltorio mojándolas a base de un certero y pegajoso lametón. A doña Eduvigis no pareció importarle demasiado aquella guarrería artesanal, pues en su último atracón – conociendo aquella ancestral técnica del lengüetazo,-había sufrido una subida de azúcar que la dejó diabética para el resto de su vida. Aquel contratiempo en su salud, en vez de dulcificarle el carácter, hizo que se le agriases en demasía, para mayor desgracia de don Beltrán y de las personas de la casa que más trato tenían con ella. Don Frasco López, médico que la atendió, durante y después de aquella repentina elevación de la glucosa, pensó que era dolencia que arrastraba desde hacía años y como enfermedad silenciosa y traicionera que es, había tardado en manifestarle sus graves consecuencias.
Cuando llegaron al zaguán, se encontraron a don Beltrán padre, recién levantado de dormir la Siesta del Cura,- modalidad esta que consistía y consiste en descabezar un sueñito de una hora más o menos antes del almuerzo- don Beltrán estaba de buen humor, saludo a la gente del cortijo y quedose impresionado con la serena belleza de la joven Catalina, sencillamente ataviada para la ocasión con el vistoso traje típico de la isla. El emperifollamiento en el atavío de algunas damas de alto copete siguiendo la dudosa moda local, con verdaderos estandartes como vestidos y multitud de plumas y cintajos que ornaban sombreros y pamelas de colores realmente ofuscadores y que contrastaban con la elegante sencillez de Catalina. Beltrán condujo a los viajeros hasta la cocina a través de la galería interior de la casa, allí; Isabel les sirvió la comida de aquel día, consistente en un potaje de lentejas que solo el aroma les abrió el apetito, al igual que un compuesto de viejas “jareadas” compuestas y unas dulces batatas de jable. Muerto de risa Beltrancito rememoró la escena ocurrida por el asunto de las viejas secas en la pasada festividad de la Virgen de Regla, lo cual aprovechó Esperanza para seguir reprendiendo el deleznable comportamiento de sus hijos en aquella ocasión, hecho que le había supuesto uno de los más grandes disgustos de su vida. Sin embargo Catalina, mirándole a los ojos, esbozó una sonrisa que cortó el aliento al joven, éste le devolvió la mirada y arrobado por aquella ternura que irradiaban sus pupilas se prometió a si mismo que aquella mujer tenía que ser para él y solo para él. Se sentó a la mesa frente a Ella y sin dejar de mirarla espero en silencio, envuelto en una indescriptible sensación de felicidad a que la madre y su hermano Luisito, dieran cuenta de aquellas viandas que la vieja Isabel les había preparado con verdadera devoción.
No se imaginaba el muchacho que aquella hermosa y aun no formalizada relación iba a hacerle pasar por un doloroso calvario lleno de incomprensiones y enfrentamientos debidos a unas normas sociales que en algunos reductos de la población de la isla, eran todavía moneda común y este y otros parecían ser los escollos que tendrían que salvar juntos, tomando decisiones dolorosas para todos.
La salida de la colorida comitiva se inició cuando el Sol todavía descargaba su furia sobre los campos sedientos de la zona y en poco más de media hora, estaban en medio del bullicio de la concentración de peregrinos más variopinta y concurrida de la isla. No voy a describir pormenores de aquella multitudinaria peregrinación Mariana, pues ya lo hizo en su día y de forma magistral nuestro poeta, periodista y escritor don Isaac Viera y Viera en su libro Costumbres Canarias.
Las visitas a La Virgen de peregrinos y devotos, no habían cesado durante toda la mañana; los rezos, la entrega de ofrendas, ex votos, velas y velones eran depositados por los oferentes a los pies de su altar, para pagar a la virgen todo lo bueno que les había podido pasarles a lo largo del año y pedirle de paso que para que a todo lo malo que pudiese pasarles, les ayudase a buscar una solución que casi siempre tenía que ser taumatúrgica.

Ya obscurecido y a la luz de faroles de petróleo, se iniciaba en la pequeña plaza rectangular frente a la ermita, las actuaciones de las diferentes rondallas que habían acudido de todos los rincones de la isla, e interpretaban islas, folias y malagueñas. Más tarde se hacía sitio y empezaba el tradicional Baile del Romero, parejas de una y otra rondalla bailaban al son de timple y guitarra, luego se iban incorporando parejas de novios e incluso matrimonios ya mayores, que rememoraban viejos tiempos achuchándose a los compases de las animadas isas y folias que interpretaban tocadores miembros de diferentes, rondallas.
Catalina y su madre, gozaban del espectáculo de aquel baile en la semioscuridad de la noche, circunstancia aprovechada por algunas parejas para hacer lo que les estaba vetado durante gran parte del año. Beltrancito, que no había perdido la pista de Catalina y su madre ni un solo minuto, se dirigió a ellas con decisión sabiendo del revuelo que se iba a levantar entre los asistentes. Se acercó a Catalina por fuera de la plaza y alongándose sobre el muro hasta alcanzar su oído le susurró una petición de baile. Esperanza volvió la cabeza y vio en los ojos de su hija; la firme decisión de que aceptaba la petición del joven y que no se le ocurriese abrir la boca. La madre cerró los ojos y con una inclinación de cabeza pareció dar su aprobación, mientras se acordaba de la Virgen a quien mentalmente pidió sus favores. Cuando Beltrán supo de la conformidad habida, dio la vuelta al muro y tomando de la mano a la joven, la condujo a la zona de más penumbra, donde apenas llegaba la tenue luz de los faroles y donde se hacía más difícil reconocer a las parejas. En el caso de Beltrán era imposible pasar desapercibido ya que vestía impecable traje de lino blanco y sombrero panameño además de su discutible atractivo físico y su posición social en aquella comunidad isleña llena de tabúes y prohibiciones morales, que ejercían con mano firme por los representantes insulares de La Santa Madre Iglesia. A los primeros compases de aquella inolvidable para siempre isa, a Beltrán le pareció estar viviendo el sueño más añorado de su vida, el poder tener tan cerca de los suyos el embrujo de aquellos azules ojos y la sonrisa de aquella increíble boca que sabia a guayabo de Las Laderas, hicieron que Beltrán no pudiese o no quisiese andarse con preámbulos amorosos y tal como cuando redactó mentalmente aquella carta; con el inmenso amor que se le escapaba por todos los poros de su cuerpo, atrayéndola hacia sí, sin apartar sus ojos de aquella profundidad azul que tenía a su alcance, le susurró al oído con la voz quebrada por la emoción: ¡¡ Catalina te quiero !!. Sintió que el cuerpo de la mujer se diluía en su sangre, fueron segundos de felicidad extrema, que aquellas tres palabras, hicieran que la joven se apretara contra su cuerpo para sentir en vivo las sensaciones que solo había soñado en el silencio y la soledad en su cuarto.

Se volvieron a mirar y estaban tan cerca el uno del otro que irremediablemente sus labios se tocaron levemente, pero como en las películas; aquella irresistible atracción los unió fuertemente dando así lugar a el beso más cálido, húmedo y largo que se hubiesen dado hasta la fecha dos amantes en aquella tosca plaza de la ermita de Dolores, bajo el amplio y negro manto de La Virgen de los Volcanes. Aquel apasionado beso, que les hizo olvidar la noción del tiempo que para ellos se había detenido, no se dieron cuenta que el silencio se había hecho de repente, que la música había cesado y que el bullicio de la gente era ya solo un susurro. Liberados por Afrodita de la sensación de encontrarse solos, ellos dos solos estrechamente unidos en medio de la plaza y con el cálido sonido en sus oídos de aquellas tres mágicas palabras que ellos mismos se susurraron el uno al otro. ¡Te quiero Catalinita! ¡Te quiero Beltrancito!. Cuando bajaron del Olimpo, de los dominios de Eros. No pareció importarles demasiado ser el centro de todas las miradas, solo creían ver gestos y oír murmullos de desaprobación, pero cuando Beltrán tomó por el talle a Catalina dirigiéndose a uno de los portillos que daban acceso o salida de la plaza, fue entonces, cuando toda aquella reprimida gente, asustada durante siglos con amenazas de infiernos y purgatorios con sus fuegos eternos, con lo pecaminoso y malo que era todo lo bueno, ocurrió algo extraordinario: fue como si un rayo de luz atravesase la noche, un rayo que por momentos clarificó muchas de las mentes de aquella multitud. Aquella gente, de toda condición y clase, vivieron y sintieron la belleza y el natural desarrollo de un sublime acto de amor protagonizado por dos seres humanos que solo se habían dejado llevar por los sentimientos acumulados y autorreprimidos durante meses y que se habían manifestado a la vista de todos. La asombrada multitud que había visto con sus propios ojos aquellos mágicos momentos irrumpieron en un inesperado, caluroso e interminable aplauso.
Mientras Esperanza que había ido a postrarse a los pies de La Virgen para pedirle que aquello que había visto de reojo en la plaza hacia unos minutos, no pasara de ser una simple anécdota o locura de juventud. Luisito, el hermano menor de Catalina se sumaba al jolgorio dando saltos de alegría al son de la solitaria campana de la ermita que incomprensiblemente había empezado a tocar a rebato.

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