Pregón de Mancha Blanca 1996

POR  JUAN CARLOS BECERRA ROBAYNA

Becerra-

 Señor Alcalde de Tinajo,
Excelentísimas y dignísimas autoridades, Señoras y señores:
Hace más de un mes que el Ayuntamiento de Tinajo tuvo la gentileza de honrarme solicitándome la confección y lectura del Pregón de las Fiestas en Honor de Nuestra Señora de los Dolores.


Muchas gracias por ello, aunque quienes hayan pasado por ésta o parecida responsabilidad, saben que es muy fácil perder el sueño dándole vueltas a las ideas, tratando de encontrar el camino adecuado a través del cual expresar vivencias que, si bien siempre han estado presentes y forma parte espiritual de nuestro ser, quizá nunca hemos ordenado, y mucho menos con el propósito de hacerlas públicas.
Intimida, entonces, tener constancia de que anteriormente otros pregoneros han abordado magistralmente variados aspectos relacionados con la Historia general de la Isla, el volcanismo, la espiritualidad que envuelve el Santuario de Mancha Blanca, la devoción que rodea a la Virgen de los Dolores o las celebraciones festivas de los conejeros.
Otros, anteriormente, lo han escrito y lo han dicho prácticamente todo.
Por lo expuesto, comprenderán que, aunque honrado por la invitación, me haya encontrado y me encuentre muy responsabilizado, sobre todo porque nosotros, los de ciencias, siempre flaqueamos un poquito ante las letras.
En años anteriores ha habido ocasión para escuchar pregones muy bien documentados y elaborados, rayando la erudicción, provenientes incluso de catedráticos universitarios.
Entonces, ¿qué decir?
Hablar de los inicios de Tinajo, de este pueblo que nació a la sombra del pastoreo, pleno de una vida marcada por las carencias y que a mediados del Seiscientos vivían, sus apenas cien habitantes, bajo el dominio de Ana Viciosa; que a aquella primera ermita, elevada bajo la advocación de San Roque, le fue concedido el rango de parroquia por el obispo Antonio Tavira; volver a relatar las erupciones que tuvieron lugar entre 1730y 1736 y las causas catastróficas, no sólo para el municipio de Tinajo, sino para toda la isla.
Y que allá, a principios de abril de 1736 tuvo lugar la erupción en los cráteres de Las Quemadas corriendo el magma candente sobre el caserío de Tajaste, y que frente
a esta manifestación de las fuerzas del fuego, como si se hubieran abierto las mismas puertas del infierno, el Padre Guardián del convento franciscano de Teguise, tomó un cuadro de la Virgen que … se veneraba en la iglesia de San Roque y reuniendo en torno a él al mayor número de vecinos, se encaminan hasta la montaña de Güiguan. Allí prometió, en viva voz, que si la erupción remitía se levantaría en el lugar un santuario bajo la advocación de la Virgen que portaba. Uno de los presentes clavó la cruz que aún hoy podemos contemplar y la lava se detuvo a su pie; imaginamos de nuevo a la pequeña Juana Rafaela, marca¬da por la huella divina, mirando con sus ojos engrandecidos, las distintas imágenes que les mostraban en el templo parroquial de la Villa, hasta reconocer al fin que aquella dama enlutada que se le aparecía era Nuestra Señora de los Dolores; retomar los avatares de la construcción del Santuario; hablar minuciosamente de todos los acontecimientos …
Todo ello ha sido dicho, como ya he mencionado, y forma parte, afortunadamente, de nuestros conocimientos y del acervo cultural de la isla.
Mi formación, mi estilo, mi carácter y mi condición de conejero, me invitan a acercarme a mis vivencias para tratar de manifestarles qué siento y cómo vivo la celebración alrededor de la Virgen de los Dolores.
Desde niño me emocionó siempre la soledad y la quietud de la ermita de Mancha Blanca, un sentimiento quizá mediatizado entonces por el vago conocimiento que tenía del relato popular que hablaba del devastador avance de las lavas fruto de las erupciones volcánicas, hasta que se detuvieron ante la imagen de la Virgen de los Dolores, sacada en rogativa por los feligreses.
Ese sentimiento me ha acompañado siempre, como a tantos hijos e hijas de esta tierra, en mi opinión, porque nos acerca a lo más verdadero y lo más íntimo de esta tierra y de nuestras creencias.
En el enclave de Mancha Blanca me ha parecido captar siempre una atmósfera de recogida solemnidad; parecería que estuviera presente el pensamiento y el sentimiento de tantísimos hijas e hijos de esta tierra que tienen, en Nuestra Señora de los Dolores, el consuelo y la respuesta a sus plegarias.
La propia ermita respira paz y quietud. Sencilla y bella, su arquitectura acoge el más fervoroso santuario isleño.
Al menos a mí, el simple hecho de sentir próxima la ermita me invita al recogimiento y, sin saber muy bien cómo, me pongo inmediatamente en contacto con valores como la gratitud por el bienestar que disfrutan los míos, o la solidaridad con quienes sufren En cualquier rincón del mundo, o con el deseo sincero de comunicarme desde lo más hondo que hay en mí.
Y cuando me alejo, me marcho con la sensación de que algo se ha renovado en mi interior. Y gozo recordando la lectura de nuestro escritor, don Isaac Viera, cuando menciona que: “… Ios romeros en sus cabalgaduras se desparraman por los distintos caminos, de regreso a sus casas, quedando la ermita solitaria, como en el resto del año, en medio de aquel océano de lava, simulando en la lejanía blanca paloma posada en la llanura negra, en la que no queda ni un eco, ni un vago rumor de aquella inmensa oleada humana, que, momentos antes, llenaba de vida el ambiente, animando con sus tumultos el tétrico paisaje.
En el rostro doliente de la Virgen de los Volcanes se han mirado todas las generaciones de lanzaroteños y de lanzaroteñas cuyas vidas estuvieron marcadas por el sufrimiento, como también se ha mirado la tierra misma buscando redimir su piel marcada a fuego mediante el ofrecimiento de sus generosos frutos.
Con gozo, todos hemos asistido en los últimos años al relanzamiento de las celebraciones en honor de la Patrona de Lanzarote, tanto por el hondo significado que tiene el auge actual de la religiosidad, como por lo que supone el hecho de que la población se encuentre, se reconozca y se identifique en torno a unas señas de identidad comunes.
El auge de las Fiestas de los Dolores a Finales de la década pasada, coincidió en el tiempo en el que anduvimos desnortados y a la deriva, rozando la zozobra colectiva, alcanzado el cual observamos cómo corrían riesgo de quedar relegados los valores que nos identifican como canarios de Lanzarote.
El desmedido e incontrolado crecimiento vivido en la década pasada arrinconó aspectos esenciales de nuestra convivencia, sin los cuales pronto se adueñó de todos el sentimiento de pérdida de un patrimonio común.
Lejos de mantenernos indiferentes, tratamos de aplacarlo mediante el renacimiento de celebraciones que tenían lugar en fechas señaladas de nuestro calendario festivo. Especialmente por la calidad de comunicación que éstas tienen, pues en un lugar común y hondamente arraigado en la memoria se da cita el pueblo, un pueblo con rostro que busca ratificar su identidad y que se crece en cada encuentro y en cada saludo.
Así se explica, tal y como yo lo veo, el rotundo éxito de participación que se registra alrededor de la Romería de Mancha Blanca, en la que tantos hijos e hijas de esta tierra intentamos revivir las raíces que se hunden en un pasado inmediato vivido en torno al modo de vida campesino y pescador, los cuales sustentan, además, gran parte de nuestras manifestaciones culturales tradicionales y fueron soporte que evitaron hambres y emigraciones.
Pero, el encuentro que tiene lugar cada año, a mediados de septiembre, nos refuerzo para que no nos dejemos arrastrar por la añoranza y podamos encarar, con renovadas esperanzas, los retos de un futuro que se encuentra en permanente construcción. Hoy, portar como estandarte nuestra identidad y apostar por un auténtico equilibrio y por la conciliación con el territorio, detendrá, como hizo la imagen de nuestra Patrona si me permiten el símil, las fuerzas destructoras de la inconciencia, salvando para las futuras generaciones las huellas del pasado y de lo que hoy somos, además de la isla en su integridad.
Reitero mi deseo de que la Fiesta se viva desde la sinceridad y la sana alegría, y que contribuya a estrechar los lazos que unen a la comunidad lanzaroteña y a ésta con el mundo.
Muchas gracias.

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