Memorias del viejo Arrecife -VII: la Calle José Betancort (II)

Agustín Cabrera Perdomo

A continuación del ya suficientemente descrito mini-club de alterne de doña Mary “La Rubia”, había un taller de auto moción ubicado en la cochera o garaje de la antigua Casa de Pósitos de Pescadores. Ejercía allí su manual y mecánica actividad quien fuera conocido como Marcial “El Mecánico”. Lo recuerdo embutido en su mono azul y con medio cuerpo bajo el capó de un enorme Magiruz Deuzt propiedad de Pepín Bethencourt, gran persona esta; con quien tuve la confianza suficiente para tutearlo de chinijo por su tolerante condescendencia, por su amistad con la familia y cordialísima vecindad.

Aquel su camión, -al igual que otros muchos-, mientras Marcial apretaba y desapretaba tornillos y tuercas, cambiaba filtros, aceites etc. permanecían aparcados junto a la acera ya que debido a su altura; no podían entrarlos al taller por la angostura de la puerta del mismo. No recuerdo ahora cuando me contó Marcial su inicios en aquella su relativamente nueva profesión, aunque a mí , me pareció verle allí desde siempre. Fue Marcial hombre campechano que además de buen mecánico, estaba provisto de un gran sentido del humor aunque a veces lo aderezaba con unas pizcas de mojo picón. A pesar de la diferencia de edad, siempre mantuve con él una buena relación, más que como cliente -que lo fui después,- como un amigo e incluso cuando trasladó el taller a la calle El Daute, seguí visitándole de vez en cuando para echarnos unas risas mientras le hacía las revisiones a mi viejo “escarabajo,” vehículos en los cuales Marcial era un experto conocedor. De su óbito ocurrido no hace muchos años; me enteré meses después que desgraciadamente ocurriese y sentí con tristeza su marcha y el no haber podido saludar a su mujer ni acompañar al viejo amigo en su último trayecto.
No ha muchos años, cuando ocurría un fallecimiento, a las pocas horas estaban las esquelas mortuorias en todos los escaparates de los comercios de Arrecife, dando a conocer algún fatal desenlace. La triste noticia corría como la pólvora, yo diría que más que hoy con tanto Whats y tecnología digital. También éramos muchos menos los habitantes de aquel Arrecife y pueblos del interior desde donde llegaban en viejas guaguas, enlutados señores de todo lugar condición a dar pésames y acompañamientos a los dolidos.
De la vieja pescadería arrecifeña con sus cachuchas o viveros fondeados en la bahía, solo conservo el vago recuerdo de su estructura de madera, posterior derribo y el inicio en su solar de la construcción del nuevo edificio de la Delegación del Gobierno. Como he contado en alguna otra ocasión, las negras “cachuchas” que surtían con pescado a los puestos, las remolcaron con su intenso olor a brea, para terminar sus días varadas en la Playa del Carbón junto a la fachada Norte de la también hoy desaparecida Fábrica del Hielo.
– [ ] DON JOSÉ MANUEL.
– [ ] El primer tiburón o marrajo que vi bien de cerca, ya estaba muerto y varado en la orilla de la marea, justamente donde se encuentran hoy las instalaciones deportivas del Club Náutico de Arrecife. (con lo de Real, no me amaño) Lo había cazado de un certero arponazo en su cabezota don José Manuel de León Perdomo, quien fuera campeón de España de submarinismo en 1951 y a quien le oí contar personalmente cómo habían ocurrido los hechos. El enorme escualo nadaba en círculos, seguramente atraído por las vibraciones o la sangre de las piezas capturadas y ensartadas en el porta- peces que sujeto a su cintura remolcaba don José en su periplo deportivo de aquella mañana. En una pasada del tiburón unos metros por debajo de su cuerpo, se le puso a tiro y de arriba abajo le disparó el afilado arpón de su fusil de gomas atravesándole la cabeza. No se cuanto mediría de largo aquel trofeo de caza mayor, pero a mí, con nueve o diez años me pareció descomunal. Don José Manuel de León al igual que su familia fueron apreciados vecinos de la calle José Betancort, donde tenían su residencia en una de las pocas casas de esta calle que aún hoy no ha asufrido los efectos demoledores de la piqueta, estaba y está situada frente a Él Portón y lindando por el Sur con el ya mencionado edificio de la Delegación del Gobierno. La prematura muerte de don José Manuel, que por su profesión de Practicante Sanitario y lo excelente de su persona, supuso un doloroso y traumático acontecimiento para su familia y para toda la ciudad donde eran sobradamente conocidos y apreciados. De sus cuatro hijos; Pepe, Mariano, Pedro y Juan; el que heredó la afición y pasión por la actividad submarina fue mi amigo Pepe, a quien por su nobleza y fortaleza física le llamamos cariñosamente Pepe “El Guanche.”
– [ ] Seguimos….
Frente a la casa de la familia de León, estaba lo que en aquella época llamaban El Portón, una especie de ciudadela, más bien un callejón sin salida a el cual accedían las viviendas que daban a él con sus traseras o portadas, como era la de don Ginés Fuentes y doña Paca Feo padres de una larga y conocida familia del barrio. De uno de sus hijos, de Gaspar, fui amigo y compañero de la infancia, de aquella infancia donde se jugaba en la calle a los divertidos juegos de entonces como eran el boliche, con sus variantes, al guá, al peo o al redondillo. – guá coto palmo coto o desacoto; – eran algunas de las palabras del argot junto a otras muchas como “inchone”, en breve, pasote, raya atrás y un largo etcétera. Los juegos se ponían de moda de forma expontánea y surgía en un indeterminado momento de un día del año. La “moda” del trompo con sus normas y con su imprescindible “escusa” o trompo de repuesto, que tenias que poner en el circulo interior si no lograbas que el tuyo, al tirarlo se saliese del círculo exterior marcado en el suelo. La idea de poner una mosca al colocarle la púa o una tacha gorda y afilada entre esta y la madera del trompo, se le debió ocurrir a alguien muy ingenioso pero de discutible efectividad para lograr que el trompo cumpliese el objetivo del juego, que entre otros era el intentar partir el tuyo en dos, cosa por otra parte difícil de lograr y que siguiese girando con su peculiar zumbido. Sería extenderme en demasía seguir enumerando más de estas actividades lúdicas de la infancia, todas ellas , como he dicho- practicadas en plena calle, después de la salida de la escuela y por las tardes hasta que se encendieran las luces del mortecino alumbrado público de Arrecife. Este hecho nos avisaba que debíamos regresar a casa. Años más tarde Gaspar y yo, ya casados ambos y con hijos, -ellos con dos preciosas jóvenes, Crisanta y Lucía y nosotros con cuatro varones, todos ellos afortunadamente, superaron aquella peligrosa y difícil época para la juventud, donde los parques cercanos, eran hervideros de las llamadas drogas blandas pero que suponían la antesala a los estupefacientes más duros que terminaron arruinando la vida de tantos jóvenes de la isla;- volvimos a ser vecinos; ellos de la calle Usaje y nosotros a tres pasos, en la calle Aniagua donde con frecuencia nos saludábamos recordando los viejos tiempos vividos en el barrio de la pescadería.

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