La Vieja Plaza de San Roque

Por Agustín Cabrera Perdomo

La Plaza del San Roque, era entonces un recinto rectangular, de muros bajos y encalados en cuyos vértices se erigían unos modestos pilaretes que terminaban en pretenciosas puntas de diamante. Se accedía a ella a través de cuatro entradas flanqueadas también por iguales pilares que como inmóviles centinelas, sirvieron en muchas ocasiones como porterías futboleras al familiaje menudo que corría detrás de todo lo redondo que se pareciese a una pelota. Unos toscos bancos de mampostería construidos a ambos lados de su polvoriento paseo interior, constituían el único mobiliario urbano de aquel desangelado recinto.


La recuerdo gris y solitaria, especialmente en los revueltos días de otoño, cuando esporádicas ráfagas de viento levantaban remolinos de polvo que se desvanecían contra las paredes de los edificios cercanos o huían como fantasmas por los callejones.
Junto a los muros del poniente, unas raquíticas y sedientas palmeras intentaban sobrevivir año tras año con solo las escasas lluvias del invierno. Siempre las conocí del mismo porte: enanas y raquíticas. Un dicho conocido del lugar y de aquellos tiempos sentenciaba con lógica sabiduría popular: ” Aquel que plante una palmera en Lanzarote, no necesitará a lo largo de su vida escalera para cortar sus ramas”. Cuánta razón encerraba aquella sentencia, pues contribuir al crecimiento de cualquier planta ornamental regándola; era en aquellos tiempos una especie de sacrilegio, un delito y una provocación. El agua era el tesoro mejor guardado, pues solo con la que caía del cielo se podía contar para sobrevivir en esta tierra de sequías milenarias. Don Gregorio Morales, quien fuera alcalde casi vitalicio del pueblo, compadecido; les echaba casi a escondidas algún que otro furtivo balde de agua. (Aunque un nieto suyo, me desdice de esta afirmación, pues recuerda que su abuela doña Nieves; regaba las plantas del zaguán de su casa, casi a escondidas, cuando su marido se iba a las labores del campo en la Hoya la Perra.)
Aquellos paseos polvorientos que durante las fiestas, animaban con entusiasmo tres o cuatro incansables músicos que encaramados sobre una tarima adornada con hojas de palmera, interpretaban pasodobles y boleros de la época, mientras en unas mesitas y desde el ventorrillo instalado en un extremo se servían los primeros Orange Crush y Cocas Colas en aquellas primeras terrazas de verano que ofrecía La Plaza y a la que daban vida los parroquianos y visitantes de toda la Isla.
Los actos propios de los festejos, se organizaban con la participación de los vecinos, teatrillos de variedades, competiciones de bolas, envites, luchadas y alguna que otra pelotera a la castaña limpia que tenían lugar por cualquier cosa, en los alrededores de La Plaza.
Los bailes, eran otro cantar; considerados por la autoridad eclesiástica de entonces, motivo u ocasión de pecado, aquellos actos sociales, eran incompatibles con las celebraciones religiosas. De modo que: una de dos, o se celebraban los pecaminosos bailes o se ofrecían al Santo Patrón solemnes actos religiosos.
Ante esta disyuntiva, la lucha entre el Sr. Cura, los Directivos de la extinta sociedad Circulo de Amistad Siete de Julio, y las presiones que pudiera ejercer el Sr. Alcalde en el asunto, mantenían al personal en los días previos a las fiestas; en la incertidumbre de si tocaría ese año enterregarse en la polvasera que se levantaba en los paseos con música de la Plaza o bien mover el esqueleto en los bailes que organizaba la mencionada Sociedad, en su sede de entonces.
Si tocaba bailar, quien más sufría las consecuencias era el pobre San Roque, al que privaban de su paseo o procesión alrededor de la plaza, única ocasión que tenía el Santo de Montpelier en esta isla, de darse un baño de multitudes y sacar al perro a dar una vuelta. Todo esto ocurría entre la algarabía de los fieles, el repicar de campanas, y algún que otro estampido de voladores que echaban los monaguillos desde la torre de la Iglesia.
El enfrentamiento fue tan fuerte en una ocasión en que se decidió que habría jolgorio bailarín; que el Sr. Cura, del cabreo que agarró, puso la imagen de San Roque de cara contra la pared de su hornacina en el Altar Mayor, dando la espalda a los incondicionales del santo que en aquellos días, fueron a visitarlo para solicitar su favores.
A nosotros, la chiquillería de entonces; nos daba lo mismo aquella disociación entre los poderes cívicos y religiosos. Para nosotros, la diversión era más o menos la misma si hacían baile o función; lo nuestro, era corretear entre las gentes con nuestros juegos y traquinas.
Entre aquellos entrañables muros de la vieja Plaza, iniciamos nuestros primeros escarceos amorosos, que consistían esencialmente en acercarnos a un grupo de muchachas que paseaban y hacer a su lado un par de largos a la misma, sin atrevernos siquiera a preguntarles cuál era su gracia. Esta osadía bastaba, para que al día siguiente tuvieses asignada novia formal para el resto del verano.
Cuando caían en nuestras manos algunos voladores, siempre había alguno que salía sin rabo, o más bien se nos escapaba, y así se armaba la consabida trifulca, mujeres que gritaban entre tremenda polvasera y cabreo general entre el personal lo cual conllevaba las consiguientes reprimendas derivadas del estropicio. Luego, poníamos cara de no saber de qué iba la cosa.
Recuerdo un atardecer de la víspera, cuando los ventorrilleros empezaban a prender sus lámparas de carburo, de una guagua que acababa de llegar del Puerto y que frente a la cantina de Andrés Quintero se disponía a desembarcar al guapeado personal, desde la explanada de la sacristía salió en vuelo rasante un volador que terminó su trayectoria en los bajos de la mencionada guagua. La explosión del petardo sonó como una bomba, la guagua quedó vacía en cuestión de segundos y los últimos en alcanzar la calle, lo hicieron con la cara más blanca que las paredes de la iglesia. Alguien que no recuerdo quien, ese día cogió prematuramente el camino para su casa con las orejas y el cogote del color de la tierra bermeja.
Como recuerdo pintoresco, y como muestra del ingenio que a veces nos obsequiaba la administración del estado, enviándonos algún secretario de ayuntamiento, simpático y sabelotodo. Uno de ellos, recuerdo que su nombre era Juan, tenía dos perros, uno macho y de gran talla y una perrita sata y menuda. Al primero le llamaba Rumbo, y a la segunda Bamby. Estos perritos del simpático Secretario, estaban siempre sueltos por la Plaza molestando a los vecinos y haciendo sus deposiciones por doquier, como eran del secre, los vecinos no protestaban. Resulta que el Sr. Alcalde promulga un bando, en donde era obligación de todos los vecinos tener sus perros amarrados, pues eran bastante dañinos cuando se juntaban en jaurías y asaltaban algún gallinero o simplemente malograban los canteros de tabaco o cebollinos. Que creen Uds, que hizo el simpático funcionario? Pues simplemente amarro a Rumbo con Bamby, uno al otro y los dos a ningún sitio. Y discutía el caballero que no contravenía la orden pues era así como el bando lo exigía amarren los perros, uno con el otro y seguramente fue él su redactor.
Aquella Plaza; sucumbió ante la piqueta, si mal no recuerdo a finales de la década de los cincuenta, siendo Alcalde Don José Fernández Cabrera, quien sobre sus cimientos, edificó más tarde la nueva plaza, de la que solo recuerdo sus muros perimetrales chapados en piedra negra de volcán.
Años después, cuando Cesar Manrique inició sus primeros trabajos en la isla y nos contagió la fiebre del albeo indiscriminado, se enlucieron entonces los muros de piedra, se hicieron algunos recovecos y se pintaron de blanco, y así, se llegó – más o menos – al estado en que se encuentra hoy.
En aquella época, se invitó a los vecinos a eliminar las franjas grises que orlaban las fachadas de las casas y casonas del pueblo y que lucían desde tiempo inmemorial como signos de distinción y prestancia. Fue tanto el afán blanqueador de entonces, que no se enjalbegaron los castillos y baluartes de la Isla, porque la enfermedad del blanco blanquísimo hizo crisis antes que las incontroladas escobas de albeo alcanzaran a sus centenarios muros.
Frente a la Iglesia, al otro lado de la Plaza, se alzaba un viejo y noble caserón que adquirió en su día el señor cura párroco Don Tomás Rodríguez Romero para la Iglesia, y que fue Casa Parroquial hasta que en fechas de infeliz recuerdo para mí, – pues parte de culpa me atribuyo, – se demolió aquella noble y sobria construcción a la cual no supimos dar en su momento, el valor que encerraba su emblemática arquitectura. Luego, se edificó en su lugar una casita siguiendo las tendencias del folklorismo que imperaba en la época y que nada dice ni tiene que ver con lo que aún hoy afortunadamente se conserva – en lo que a arquitectura se refiere – en los edificios de los alrededores de la Plaza de San Roque.
De aquel atropello solo se salvó el aljibe interior de la casa: una maravilla de la época que aún conserva sus nobles paredes recubiertas con conchas de orejas de mar (Haliotis tuberculata) alineadas perfectamente de menor a mayor y que en aquella aciaga tarde, vislumbré sus reflejos nacarados, cuando me alongué por el brocal y descubrí admirado aquella obra de arte e ingenio.
La Plaza de San Roque hoy luce pletórica de esbeltos laureles de indias, palmeras, dragos, araucarias y una gran variedad de plantas ornamentales que crecen bajo los cuidados de Pepe Rodríguez y el paso de las luminosas horas que, desde su privilegiada atalaya: señala en silencio el reloj de sol más antiguo de Canarias.

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