Don Juan Cabrera Tejera (I)

Por Agustín Cabrera Perdomo.

Don Juan Cabrera Tejera nació en Tinajo un siete de noviembre del año 1864; fue el segundo de siete hermanos e hijo del matrimonio canónigo celebrado en 1860 entre don José M. Cabrera Vega y doña Felicia Tejera Sanabria, ambos nacidos en Tinajo en la década de los treinta del siglo XIX. Fueron sus bisabuelos paternos, el teguiseño don Agustín Cabrera Bethencourt y doña Bárbara Parrilla Pérez casados en la Iglesia de San Roque en 1796, año en que fue creada esta como parroquia.


En los primeros años del siglo diecinueve, don Juan Cabrera estando acuciada la isla por las continuas sequías y las pocas perspectivas de un futuro digno, decidió emprender la aventura americana al igual que lo hizo buena parte de la juventud del pueblo. Señor Juan debió regresar a la isla a finales del XVIII, una vez acabada la Guerra de la independencia de Cuba y que desde la llegada a su isla, a su querido pueblo, fue cariñosamente apodado por sus amigos y vecinos como señor Juan “El Indiano”. En el día en que se celebraba el aniversario del Descubrimiento de 1908, toma por esposa a doña Francisca Tejera Figueroa, una santa criatura con la cual convivió felizmente hasta su muerte ocurrida el trece de abril de 1950. Haré un recordatorio escrito de suS últimos años en esta, pues de sus aventuras en la isla caribeña quedaron pocas referencias debido al carácter reservado de nuestro protagonista y menos para hablar de sus asuntos cuestiones y cosas. Pudiera parecer por la coincidencia de nombres y apellidos, que tuviese con él ancestros comunes, quizás, pero documentalmente no lo he podido constatar.
En uno de esos días, grises y ventosos, los caminos que transitaba la gente de Tinajo y sus pagos eran barridos por ese viento con nombre sutil pero con fuerte carácter que empujaba hacia ninguna parte las resecas matas de “ajulagas” y a su séquito de polvorientos remolinos. Algunas de aquellas espinosas matas quedaban atascadas en los recovecos del camino, en caños de maretas, alcogidas y coladeras de los aljibes próximos. Mientras el vendaval también dejaba sentir sus efectos descubriendo calveros de piedras calizas y de barriletes fósiles que subyacían bajo los tegues y que hacía difícil el avance de aquel sufrido rucio que lo intentaba con dificultad debido a sus recrecidas pezuñas, ya que su dueño, se había negado en vida a recortárselas y mucho menos a herrar al pobre animal, pues razonaba el hombre; que ese era el calzado natural del asno y que no tenía necesidad de esos afeites y majaderías. El ejemplar lo había adquirido en la Maxorata a su regreso de la isla de Cuba desde donde había vuelto una vez cumplida su misión en la Guerra de la Independencia de la entonces llamada Perla del Caribe.
Encorvado para avanzar y contrarrestar la fuerza del viento, este hombre recio, delgado, de semblante duro pero de mirada transparente como el agua de la fuente de Crisanto, se tocaba sus canas con sombrero de paja y de ala ancha, tremendo chafarote a la cintura y siempre medio embozado en un desteñido capote que usaba tanto en verano como en invierno. Esta vestimenta y estrafalarios complementos, le daban un aspecto hosco y recalcitrante que no hacía justicia alguna a su generosa y contrastada humanidad. Al peso del mediodía señor Juan liberó al pobre jumento de la raspilla y dispuso el regreso a su humilde casa de Tajaste. Las largas pezuñas del pobre solípedo le daban a su figura una triste comicidad y daba verdadera lastima verlo andar chapoteando en aquellos terregalales dejando a su paso enormes y profundas huellas. De esa guisa, emprendieron el camino hacia Tajaste salvando el último repecho del empinado camino en cuesta que circundaba los terrenos del llamado cortijo de “La Cerca,” topónimo que a él le indicaba cercanía, -la que está cerca”- decía- y era aquella; su más fértil aunque pedregosa propiedad con una cabida de tres fanegadas de numerosas gavias que ocupaba parte de las laderas orientadas al Norte de la llamada Montaña de Tinajo.
Aquel obstinado tinajero curtido en los campos cubanos de caña de azúcar y del tabaco en la Vuelta Abajo, fue hombre de una perseverancia también digna de reseñar: año tras año, con la ilusión y esperanza de la llegada de un buen invierno, sembraba en tiempo y forma aquellos terrenos con semillas autóctonas de cebada o centeno. Mucha agua temprana y postrera tenía que caer del cielo para que a principios de agosto se pudiesen ver las espigas de aquellos cereales ondularse por la acción del viento sobre aquellos predios aparentemente imposibles de que pudiesen dar alguna ubérrima cosecha.
continuará….

Categorías: Crónicas | Deja un comentario

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