La burra blanca

Por Agustín Cabreras Perdomo

Allá por los años cincuenta del pasado siglo fue La Burra Blanca el único y el más original fantasma de estos olvidados lugares por donde allá cuando, ejerciera su matriarcado inapelable doña Ana Viciosa y demás personajes de su tiempo y que aún hoy, perduran en la memoria de las gentes de por aquí.


Día y noche se hablaba de aquel misterioso jumento, de sus esporádicas apariciones que consistían en terroríficas y polvorientas carreras que ejercitaba con vaporoso trote atravesando cual relámpago en la noche, los pelados caminos del pueblo. Aquel extraño y albino solípedo fue durante algún tiempo, el tema de conversación de los hombres en las cantinas y de las mujeres en las casas. No había nadie que no afirmase haber oído alguna vez su blando trote y aún eran más, los que presumían y afirmaban haberla tenido muy a la vista, clarita y nítida, aunque eso sí: siempre de lejos, siempre a prudencial distancia y, añado yo, que algo confusamente, entre espesas neblinas y resabios de turbia aguapata. Esta circunstancia aleatoria propia del aguapié, – como decían los más finos -, ponía en entredicho la veracidad de aquellas pavorosas apariciones.
La notoriedad del cuadrúpedo fantasma de Tinajo, trascendió y corrió como la pólvora por toda la isla y por ello, en cualquier lugar eran frecuentes los interrogatorios irónicos surgidos sobre todo de la socarronería de los golfines del Puerto. Cuando algún encachorrado tinajero se aventuraba por los mentideros y cabildos de la capital, inevitablemente surgía el chascarrillo, la guasa mil veces repetida sobre la dichosa Burra Blanca y la madre que la parió. Aquel retintín en el tono de las preguntas, fue muchas veces motivo de tremendas calenturas y algún que otro desafío al soco de alguna pared de piedra. Pero la sangre nunca llegó al barranco y los tinajeros aprendieron a vivir con su entrañable Burra Blanca, como los majoreros lo habían hecho antes con su luz de Mafasca.
El paso irrefrenable del tiempo hizo su trabajo y aquel misterio de la Burra Blanca, no pudo ser ocultado por más tiempo y el hechizo se desvaneció como se deshacen a media mañana las brumas del otoño. La Burra Blanca pasó a ser una quimera sin secretos que se durmió en el tiempo y en la memoria de las gentes.
Las leyendas de fantasmas, tienen que basarse en algo etéreo, en algo intangible, pues no es lo mismo elaborar y mantener una fábula a partir de una luz parpadeante, persecutoria y peregrina a la cual se le puede camuflar y hacer desaparecer con cierta facilidad e ingenio, pero; hacer lo propio con el volumen corpóreo de una burra alimentada a base de fresco palote de millo y encima ensabanada con albos harapos, es harto más complicado. A esta empresa de nuestro fantasma local creo que le falto entonces, sin duda; un asesor de esos que pululan hoy por Cabildos y Ayuntamientos y posiblemente hoy aun continuaríamos con el misterio, en fin; que hubiésemos tenido Burra Blanca para rato.
Por este y otros motivos no expuestos, la magia se fue una mañana de brisa parda hace de esto muchos años, y sé que aún el recuerdo de aquellos alegres trotes sigue cabalgando con nostalgia en la memoria de nuestra gente, pues todavía por Tinajo; se asusta a los niños malos con él: ¡ Duérmete jodío chico que viene la Burra Blanca!.

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