Un recuerdo para Popo

Por Agustín Cabrera.

“Popo” fue o al menos tenía; toda la pinta de ser un caniche gigante, uno de esos perros lanudos, inquietos, de mirada limpia, de gesto rápido, y listo como una centella. Enamoradizo como el que más; fue en ese campo de los sentimientos hacia las hembras de su especie, donde muy pocas órdenes humanoides fue capaz de acatar para no entrar en conflicto con su apasionada y perruna naturaleza. -Si tenía que ausentarse por alguna urgencia fisiológica; cogía el camino que su olfato le indicaba, haciendo caso omiso a ruegos y órdenes y como si odiseos cantos de perrunas sirenas lo estuviesen convocando para una orgía canina, no volvía ni la cabeza por si acaso.

Durante trece años Popo gozó de libertad absoluta, fue conocido popular y querido por todos los habitantes de la comarca hasta en las colonias de pulgas y garrapatas; con las que había llegado a una entente cordial. -Ustedes piquen con moderación que yo les suministro el transporte gratis por toda la jurisdicción -. Como perro de aguas que era, le encantaban los charcos que formaba la lluvia, en el mar; en la playa era experto en “margullir” en busca de los objetos que le lanzaban al agua chicos y grandes.
En pocas horas aprendió a mantener el equilibrio en las tablas de windsurf y aunque también es verdad que no se atrevió nunca a surfear la derechita sabia de La Santa o El Quemao, desconsolado las observaba desde la orilla.
Debido al recrudecimiento de las ordenanzas caninas municipales, hubo que poner coto a sus correrías amorosas. Abría cancelas, empujaba puertas ajenas y todo por llevar a rajatabla el famoso dicho que tal vez había vez oído a algún bípedo emplumado o quizás empaquetado caballero, aquello de que “la jodienda no tenía enmienda” . Hubo al fin que confinarlo a los predios de Tilama, donde perdió para siempre la libertad de vagar libre y a su antojo. Pasaron algunos años que fueron poco a poco minando su ya resentida salud.
El pasado sabado 14 de enero con diecisiete años sobre su ensortijado pelambre, sordo como una caja y con la mirada nublada por las cataratas; el irrepetible Popo amaneció en su caseta de madera pintada de verde, profundamente dormido y silenciosamente velado por su compañerito Tao. Se fue sin aparentes signos de haber sufrido durante aquel tranquilo y ya irremediable trance de nuestro querido Popo: hacia los imaginarios y perdidos paraísos perrunos.

 

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