Arrecife: recuerdos inéditos con fotos y otros asuntos memorables

Por Agustín Cabrera Perdomo, abril de 2017.

Cuando en Arrecife surgió con inusitado e inesperado entusiasmo el afán proteccionista por todo aquello que oliese a viejo, prácticamente quedaban pocas cosas que por su valor histórico, cultural y arquitectónico mereciese la pena librarles de la piqueta o el derribo. En esa época de crecimiento y desenfreno pecuniario ya habían desaparecido las edificaciones más emblemáticas que daban personalidad, carácter y sabor propio a esto tan entrañable que los arrecifeños llamábamos orgullosamente ciudad;

cuando en realidad era un pobre, achatado y modesto villorrio dejado de la mano de Dios, del Estado y por tanto sin muchas posibilidades reales de unirse a un previsible progreso y aunque en contrapartida como cosa buena: disfrutábamos casi todo el año de un buen clima en un emplazamiento geográfico excepcional.
En un indeterminado mes de mil novecientos cincuenta y cuatro se efectuó el segundo derribo de una antigua edificación sita en la calle Real, -inmueble que hacía esquina con la hoy rotulada calle en homenaje a don Nicolás Martín- fueron los escombros de su demolición los primeros que se volcaron en la orilla del mar, concretamente frente al edificio del Casino de Arrecife e iniciándose con ellos el relleno de lo que sería en un futuro a doce o catorce años vista; una singular zona de esparcimiento y ocio para la ciudadanía. Fue la familia Armas Curbelo, quien edificó en el solar resultante de aquella demolición realenga, un moderno edificio de cuatro plantas que resultó ser el primer “rascacielos” de la ciudad. Años antes, ocurrió el primer derribo, fue a finales de la década de los veinte, cuando en su solar se erigió el edificio que sería la ecléctica y hermosa sede del Cabildo Insular de Lanzarote y para ello hubo que arrasar una también singular construcción con cubierta a dos aguas y también impermeabilizada con barro mezclado con gransón y que popularmente fue en su tiempo conocido este edificio como “La Camella Tuchía” Este ocurrente alias es prueba constatada de la afición que tenía este pueblo en poner motes o nombretes a todo lo que se menease o se estuviese quieto como es el caso.
Rebuscando por los obscuros rincones donde se me esconden las viejas neuronas de la memoria, recupero el recuerdo de algunas antiguas edificaciones de estilo genuinamente Lanzaroteño y de las cuales apenas se conserva alguna documentación fotográfica aun habiendo estado situadas como estaban; dentro del exiguo casco urbano de entonces. Intentaré por ello describir las más representativas ya por desgracia desaparecidas incluso de la memoria de mucha gente. Con mi nostálgica inhabilidad habitual, empezaré con una singular vivienda que estaba ubicada en la calle Real esquina a Otilia Díaz, la cual fue conocida; como la casa de Señor Juan Prim, personaje mencionado en otros de mis escritos por ser quien regentaba la cantina en los bajos del también desaparecido Quiosco de la Música. Contaba este inmueble con solo una planta y mostraba en su fachada a la calle Real y a su izquierda; un alto postigo que daba supuestamente a la alcoba principal; a continuación y a buen trecho del dicho hueco, la hermosa y recia puerta principal, de dos hojas, en madera de tea y con decorativos cuarterones encajados en sus marcos, servía de entrada principal aunque situada a una inusual altura desde la rasante hasta el nivel del piso de la vivienda, pues necesitaba el uso de un alto escalón sobre la acera. Una ventana alta junto a la puerta daba luz y ventilación al recibidor y era tanta su altura que llegaba con su dintel casi hasta el estribo o viga perimetral del artesonado mudejar a cuatro aguas que abarcaba todo el cuerpo oriental de la casa. Este techo cubierto y acabado con torta – barro y gransón- tenía la particularidad de carecer de alero o vierte aguas hacia la calle y en su lugar se había coronado la fachada con un pequeño pretil del cual y desde su base asomaban hacia el exterior seis o siete preciosas gárgolas de tea. Por la calle Otilia Díaz, de su fachada norte solo recuerdo una puerta también con escalón en la acera a la que llamaban La Portada.
Otra humilde joya de la arquitectura primigenia del incipiente Arrecife y que fue también víctima inconsciente de la piqueta, estuvo situada en la esquina norte que conforma hoy la calle Coronel Bens y la calle Igualdad, a esta última y orientada al Sur figuraba el cuerpo principal del modesto pero singular edificio. Este ala, aproximadamente medía de largo unos ocho metros por cuatro de ancho, en cuya fachada, lucia centrada en dicho alzado una vistosa y trabajada puerta de dos hojas de preciosos cuarterones y; simétricamente colocadas e igualmente tratadas las dos únicas ventanas de la casa, también de una primorosa factura en madera de tea. Él tejado sin tejas, a dos aguas y acabado con torta que enlazaba a los aleros de piedra en ambas vertientes. Un muro que partía desde la esquina interior del cuerpo principal descrito y mediante un pequeño arco en el mismo, tomaba la dirección Norte donde en su mitad más o menos, se abría bajo un ancho y típico dintel con acabado superior piramidal; el hueco de la puerta de la portada, también en tea pero más sencilla en su acabado que la principal. Confluía en este espacio abierto y con pavimento de tierra arcillosa endurecida, el resto de la vivienda, aunque no recuerdo la disposición de las estancias pero sí que seguían el mismo y sencillo estilo que el resto de la casa. Recuerdo visitarla cuando en régimen de fonda, señor José Torres y su esposa Lolita, acogían en ella como huéspedes a unos cuantos alumnos que venían del interior para asistir a las clases en el cercano Instituto de Enseñanza Media, liceo que dirigía en aquellos años con férrea voluntad el que fuera párroco de San Ginés: don Lorenzo Aguiar Molina.
La tercera casa que recuerdo aunque no la conocí en pié, ocupaba el solar donde más tarde se edificara el llamado Centro de Higiene, edificio este del cual me llamó siempre la atención su ancha y empinada escalera de un solo tramo, que si por mala suerte o trompicón alguien rodaba por ella, podía quedar cogiendo miñocas en la orilla de la marea. Volviendo a esa curiosa edificación colindante a la casa que remodelara y habitara la familia Melero, lució en sus mejores tiempos un pequeño sobrado con techo a cuatro aguas y un balconcito de madera apenas a dos metros de altura de la acera, el resto era un alto muro de piedra que en las pocas fotografías que existen de la misma, aparece muy deteriorado como el resto del edificio del que desconozco la actividad a la que estuvo destinado.
Algunas otras de estas antiguas casas están en mi memoria, pero no me extenderé en su descripción, solo recordaré su ubicación con el fin de refrescar la memoria de mis cohetanos y los amantes del viejo Arrecife. Esta última que les cuento, estaba situada en la calle Quiroga, frente a la casa quemada, también con techo artesonado a dos o cuatro aguas donde tenía el despacho de sus actividades comerciales don Domingo Ortega.
Contaba en párrafos anteriores, que el inicio del relleno de lo que años más tarde sería el Parque Municipal o de Ramírez Cerdá, fue con los escombros de la primera casa que se había derruido en la cercana calle Real, no sé si cundió el ejemplo ya que en pocos años y después que el Ayuntamiento construyera una muralla de cierre desde el Muelle Chico hasta el Parador, se terminó de “entullir” y con ello se habían ganado terrenos al mar o este había perdido unos seis o siete mil metros de su patrimonio costero.
Se tardaron unos buenos años en rellenar aquel marisco donde a su vez se construyeron unos aljibes y que para sorpresa de muchos fueron redescubiertos hace unos años. Con la llegada del agua y del incipiente turismo, un dislocado proceso de modernización se disparó a partir de los años sesenta y como preludio de lo que iba a suceder ya se habían soterraron las escalinatas o embarcaderos del muelle King y la desaparición por su derribo del Kiosco de La Música a los que paulatinamente siguieron cayendo los edificios más emblemáticos de La Marina. Todo aquello: fue entonces más o menos aplaudido pues inequívocamente todos pensábamos que eran necesarios aquellos desmanes destructivos en aras de la modernización del Puerto y se creyó a pie juntitas que eran estos los signos del progreso, de la modernidad y sin que que nadie pusiese algún pero a lo que hoy hubiésemos catalogado como el mayor atentado contra el patrimonio histórico de la ciudad de Arrecife.
Cuando por fin la democracia se instaura y los demócratas toman asiento en las instituciones, se despierta en el ánimo de buena parte de ellos y algún que otro perspicaz aspirante a poltronero que casualmente entre muchos de ellos -es un parecer- tenían pocos o ningunos intereses inmobiliarios en la incipiente y resucitada urbe. Entre otras loables medidas para la protección patrimonial de lo que aún estaba en pié; se confeccionó un catálogo de lo que tenía que protegerse y que solo ha servido para salvaguardar las ruinas que quedaban. Viendo los resultados obtenidos, sin unas normas que eximiesen a los propietarios de los impuestos pertinentes y concediendo subvenciones y medios para su conservación el resultado es palpable; pues al tratarse de inmuebles en deplorable estado de ruina exterior e interior y carecer de estas y otras medidas imprescindibles los propietarios optaron por el abandono.
Los tales ilustres y electos ediles y consejeros que pagamos todos generosamente, no debieron tener muy claro lo que implicaba y significaba protección patrimonial en todo su contexto y por ello los resultados han sido estas vergüenzas que proliferan cada vez más por el Arrecife de siempre. Confundieron el verbo proteger por el de prohibir que era lo más fácil y más barato provocando así la desidia y el abandono que se ha ido apoderando de toda la parte antigua de la ciudad. No tardaremos en ver delante de todos estos “monumentos protegidos” una gran cantidad de decorativas vallas amarillas que ocuparán las aceras para proteger a los peatones que se arriesguen a pasar por delante de ellos. En un paseo nostálgico por la calle Cienfuegos y algunos tramos de Jacinto Borges pude ver sus humildes casas con las puertas y ventanas tapiadas por estar dentro de la zona de influencia del Bien de Interés Cultural del Charco de San Ginés y lo que verdaderamente sentí al recorrerlas, fue una gran desazón al ver que la vida en ellas se había parado; se había detenido porque unos iluminados sin imaginación ni proyecto, habían hurtaron a sus antiguos moradores con alevosía, el amor y la nostalgia por los lugares y sitios donde nacieron, donde jugaron, donde se enamoraron y donde vieron nacer a sus hijos y a sus nietos.
Como colofón a este deslavazado relato, me hago las siguientes preguntas. ¿Por qué tanta protección a las peligrosas ruinas del antiguo edificio que entre otras actividades sirvió de Casa Cuartel de la Guardia Civil? ¿y por qué; muy cerca de allí, en la esquina de las calles Riego y Carnicería se dio permiso para derribar y se derribó sin pegas ni aplazamientos una antigua casa terrera del más puro estilo de la primitiva arquitectura urbana de Arrecife?
También pienso que merecería un estudio aparte; los entresijos de lo ocurrido con la protección y conservación de la también emblemática casa de La Plazuela que fuese domicilio de la familia de don Domingo Lorenzo Viera, de la cual; hoy solo se conserva la piedra basáltica que enmarca la puerta principal. Enigmas estos que fueron de un tiempo revuelto y presumiblemente ya finiquitado.

Notas: en la primera fotografía de la “boca el muelle”, a la derecha y en segundo plano se ve claramente el edificio al que llamaban la “camella tuchida” y enfrente, después de la casa de dos pisos donde estaba TELÉFONOS y que ardió en 1958, las gárgolas y el escalón de la casa de señor Juan Prim.
En la fotografía del Puente de Las Bolas, se observa el deterioro en que se encontraba en 1938 otro de los inmuebles mencionados.
En la tercera instantánea que fue tomada por el llorado amigo Francisco Armas Stinga en 1958, se ve claramente de nuevo la casa de señor Juan Prim con sus célebres gárgolas de tea.
La cuarta foto, por si alguien no la recuerda demuestra cómo era la fachada de la casa de La Plazuela que menciono al final del artículo.
De la vivienda de las calles Coronel Bens e Igualdad, solo tengo un dibujo realizado por el arquitecto Enrique Spínola, el cual de momento tengo extraviado.

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