Don Juan Pérez y López de Tenésar. El Burlador de La Florida (II)

Por Agustín Cabrera Perdomo

Don Juanele había desaparecido como si lo hubiese tragado la tierra, cosa que no habría extrañado a nadie al ver la profunda grieta que se abrió casi repentinamente por las polvorientas llanuras de Chimanfaya y a poco tiempo de haber pasado por allí aquel inquietante personaje, aquel don Juan de andar por casa montando una vieja yegua a la cual fustigaba con saña para intentar ponerse a salvo de los furiosos familiares que habían jurado matarlo como se les pusiese a tiro, así como de los peligrosos temblores y fumarolas que iban surgiendo como si la isla se fuera hundir.

El rumor de su desaparición recorrió la isla de poniente a naciente, casi en la misma dirección en la que al parecer se iban abriendo los primeros cráteres y de lo que parecía iba a ser un cataclismo de dimensiones nunca recordadas en la historia eruptiva del archipiélago. Con aquella desesperada huida, pretendía nuestro “héroe” llegar hasta la aldea de Tíngafa, con la intención de salvar a su última conquista, la cual se había negado a abandonar la aldea, esperando el advenimiento de su amado Juanelo, al que solo conocía de una noche de bailes de candil que había celebrado una semana antes doña Aurora Guillén en la sala y el patio de su casa.
Había sido tal el deslumbre y enamoramiento de la moza por aquel trueno isleño, que decidió quedarse a la espera de su amado príncipe de las tinieblas, pues fue de esa guisa como apareció el tal Juanelo en aquel anochecer donde la tierra temblaba por lo que quedaba del caserío
Don Juanelo era en ese momento el hombre
más buscado de toda la isla.
A lo largo de lo que había sido su aún corta pero licenciosa vida de conquistador y por sus muchas reprobables hazañas y era totalmente consciente del peligro que corría y que ahora intentaba escapar de sus consecuencias poniendo tierra de por medio hasta que las revueltas aguas volvieran a su cauce.
En una fortificada cueva de un olvidado paraje de la costa occidental de nuestra geografía, un refugio natural que alguien había fortificado en tiempos pasados y que hacia allí, había puesto rumbo don Juanelo, no solo con la mencionada intención de capear el temporal que sus veleidades amorosas había desatado, sino por lo cercano que le quedaba la aldea de Tingafa en donde seguramente lo esperaba ansiosa y enamorada la bella Ginesa.
Sin pasarle por la cabeza que bajo sus pies, en las entrañas de laTierra, se gestaba aquel maremagnun, aquella presión ascendente que de momento solo se manifestaba con temblores y emanaciones sulfurosas pero que cada vez eran más frecuentes e intensas. Don Juanelo, aparentemente tranquilo e intentando apaciguar a su inquieta montura al bajar por los empinados senderos que conducían al mencionado refugio costero.
Cuando don Celestino Lepporelo, abandonó Tingafa después de cumplir con su compromiso de mensajero amoroso, la belleza y aparente indefensión mostrada por Ginesa, había despertado en el corazón de aquel napolitano aventurero una irrefrenable atracción hacia la frágil e inocente hermosura de la bella tingafeña. A poco de haber cumplido recado y de regreso hasta los Llanos de Cantarilla, sintióse cual miserable personaje de opereta: ridículo y mezquino a la vez, así se maldijo a su misma estampa por haber aceptado formar parte de aquella cruel burla maquinada por un donjuanesco y local aprendiz del personajes de Tirso De Molina. Celestino desde el momento que dejó a Ginesa envuelta en su desesperada espera, sintió hacia ella una insondable ternura al tiempo que nacía en sus entrañas una feroz rabia incontenible, un desprecio visceral hacia Juanelo a quien hasta ayer había puesto a su servicio sus dotes profesionales. Haciendo un alto y volviendo la vista atrás, se prometió impedir por todos los medios a su alcance que aquel desalmado personaje, llevase a cabo su deleznable propósito. Las fumarolas y estruendos que procedían de los alrededores de Yaiza y Tinajo; eran fenómenos muy familiares para don Celestino al que hicieron recordar con nostalgia al Nápoles de su infancia y parte de su juventud cuando el Vesubio ponía los pelos de punta a sus confiados moradores. Todo y nada bueno se podía esperar de una erupción volcánica, el empuje del magma prisionero en las profundidades podía encontrar un resquicio en la agrietada corteza terrestre y surgir en cualquier momento y lugar.
Ya instalado en su escondido refugio bajo el acantilado, planeó fríamente el rescate de su amada Ginesa, estudiando mentalmente los senderos y vericuetos que pudiesen llevarle a Tingafa con garantías de no ser descubierto. Decidido a cumplir su objetivo, y cuando “pardiaba” ya aquel convulso día; la marcha en pos de su renqueante caballería, que era buena conocedora de aquellos parajes, por la frecuencia con que durante largas jornadas cinegéticas; cabalgaba hacia las avutardas que desprevenidas caían tras los mosquetazoz de Juanelo y su panda. Tras dos horas de camino, divisó desde una pelada loma las blancas casuchas de Tingafa desvaídas ante un telón de fumarolas que con los últimos rayos de un sol en declive, daban al paisaje un trágico y fantasmal ambiente donde se auguraba una inminente tragedia. Grupos de campesinos con sus animales cargando sus pobres enseres, emprenden su éxodo hacia lugares alejados de aquel cataclismo, más al norte, hacia los valles situados tras el macizo de Famara.
Juanelo esperó que aquel reducido éxodo de grupos de obligados peregrinos se alejaran lo suficiente para poder llegar sin contratiempo hasta las afueras del pueblo. El humilde caserío ya estaba desierto, solo algunos guirres y cuervos lo sobrevolaban “endiquelando” los primeros y graznando los segundos, pero ambas especies se afanaban en la búsqueda de algo que echarse al pico.

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