Don Juan Pérez y López de Tenésar. El Burlador de La Florida (IV)

Por Agustín Cabrera Perdomo

Los amaneceres de aquellos años de fuego magma y cenizas, se caracterizaron también por las grandes columnas de vapor que emergían a borbotones cuando el incandescente río de lava tenía su violento encuentro con el océano al que acompañaban sibilantes resoplidos y los ruidos ensordecedores del océano enfurecido sin duda por aquella fulgurante invasión de sus seculares dominios. Mientras; en tierra firme, la reyerta por los amores de Ginesa entre aquellas dos almas en pena que deambulando por los bajíos de la marea, manoteaban el uno contra el otro pero afortunadamente sin llegar a darse de ostias.

Ginesa desde lo alto del acantilado y segura en su fortaleza, temía que aquello pudiese terminar en tragedia, pues eran varias las horas pasadas en aquella diatriba donde mutuamente se exigían cada uno su derecho a defender sus pasionales puntos de vista. Celestino se bebía los vientos por Ginesa después de constatar su aparente indefensión y descubrir su encantadora belleza en aquella infausta tarde que actuó como mensajero de quién él consideró después que era el mismísimo demonio. La discusión, los manoteos y amagos de ambos fue disminuyendo en intensidad a medida que se percataron que con aquel diálogo de besugos no iban a lograr nada en claro pues eran sus personales posicionamientos firmes e inamovibles.
Calmados los ánimos; Juanelo terminó confesándole a su oponente que él, desde el primer día que la vio y tuvo entre sus brazos la frágil figura de Ginesa, todos sus recuerdos y vivencias de amoríos pasados, se habían esfumado de su mente, se había enamorado perdidamente de la dulzura y belleza se aquella inocente joven. — ¡¡Que si Celestino coño!!– Reconozco que mis primeras intenciones fueron llevármela al huerto y que fuese una víctima más de mi reprobable e indecente conducta, pero hoy; estoy dispuesto a pagar con creces los daños ocasionados por esta salidera irreprimible que me arrastró por los peligrosos senderos de la placentera lujuria en que he vivido. No se atisbaba acuerdo alguno entre los litigantes, se habían pasado horas en aquella diatriba sin ni siquiera poner en antecedentes a la disputada joven, la cual cansada de verse tratada como si no existiera, como si nada fuese con ella, decidió olvidarse de ellos y ponerse a explorar la cueva a conciencia mientras los dos litigantes habían llegado al acuerdo de buscar la manera de alcanzar la entrada a la cueva que con un sencillo ardid y rapidez de reflejos la había conquistado para ella sola. Aquella candorosa maga que parecía una mosca muerta, dejó con el culo al aire al conquistador y al enchochado italiano con un ataque de celos y metido en una angustia vital preocupante. El llegar a ella, fue intento inútil, los temporales del norte durante centenares de años habían horadado lo que fue el ascenso natural hasta la entrada y actualmente el único acceso se hacía a través de aquella escala que ella se había encargado de recoger para escapar de momento de las aviesas inclinaciones de don Juanelo y de la dialéctica cantarina de Celestino.
Dispuesta a iniciar la exploración de aquel singular refugio, Ginesa encendió un hachón y lo aproximó hasta las paredes más altas de la cueva donde la noche anterior, había visto como la llama de la lamparilla de aceite oscilaba debido a una casi imperceptibles corriente de aire. En aquella mañana, la brisa del NE, soplaba con fuerza y el flameo de la llama del hachón seguía persistente en ir hasta lo más profundo de la cueva. La dirección de la crepitante llama, como si de una brújula se tratara, la llevó hasta donde la caverna se estrechaba hasta tener que agacharse para poder atravesar lo que parecía un cuello de botella, pero que a los tres metros de andar casi en cuclillas ser volvía a ensanchar el recinto. Esta pieza estaba vacía, algunos escombros caídos de la bóveda y ella enhiesta en el centro de la estancia, observó que la llama del hachón se había estabilizado debido al mayor volumen del recinto, pero la auto espeleóloga la acercó a las paredes la cual volvió a crepitar por el mayor aporte de oxígeno a la corriente de aire. — ¡Aquí está! –dijo en voz alta –aquí está la salida–. Ginesa pasó su mano por las obscuras piedras notando que algunas de ellas se movían solo con un pequeño esfuerzo. Con suma cautela fue retirándolas hasta que el hueco fue suficiente para que su estilizado cuerpo pudiese pasar al otro lado sin dificultad. Tuvo que volver andar a gatas, recorrió otra distancia que a ella le pareció está vez interminable hasta que llegó a un lugar donde de nuevo la caverna volvía a ensancharse. En una primera inspección se dió cuenta que aquella había sido habitada en tiempos pasados, jirones de zaleas y pieles de cabra bien conservadas, sin duda la sequedad del ambiente y la uniforme temperatura las había conservado como si estuvieran recién puestas sobre una plataforma obrada con piedra de la que llaman hornera por su liviandad y facilidad de manejar. Varias piezas de cerámica en perfecto estado; se alineaban desordenadas, señal inequívoca de que aquel recinto había sido abandonado con cierta prisa y que no volvió a ser visitado hasta esta nueva irrupción de Ginesa en el lugar. La llama del mechón había decrecido en luminosidad y tamaño, pero fue suficiente para descubrir el lugar por donde escapaba el aire.
Con la luz del mechón dando sus últimos destellos, y con una excitación nunca experimentada y casi en la obscuridad inició el regreso. Cuando por fin llegó a la estancia principal la obscuridad se había hecho dueña de la noche. Miró hacia el Oeste donde el rojo amarillento de los magmas en su avance hacia la costa, las emisiones del destellante lapilli y las bombas volcánicas que iluminaban el cielo en desigual competencia con las estrellas y nebulosas de la impertérrita Vía Láctea. Nuestra heroína había llegado exhausta después de su descubrimiento, se tendió sobre el jergón y se quedó profundamente dormida. En el exterior el silencio sólo era roto por los impactos de las olas contra el acantilado y los ecos y los rugidos de las erupciones de Chimanfaya. A través de la tronera, buscó indicios y ubicación de sus dos preocupados y enamorados galanes. Las ascuas de un reciente fuego hecho al soco de las grandes piedras de viejos desprendimientos y en aparente animada charla, se preguntaban el uno al otro el cómo afrontarían mañana el asalto al baluarte donde yacía placentera con sus sueños de espeleóloga la bella y sorprendente Ginesa Chocho.
A la mañana siguiente, la euforia de su descubrimiento hizo que las ganas de comer, la hicieran devorar casi medio queso de cabra duro y picante, con una buena pella de gofio amasado y unos tragos de agua para evitar el “añurgamiento”, se vio la joven con sus fuerzas repuestas para emprender de nuevo la exploración de aquel último reducto. Desde su privilegiada atalaya, echó un último vistazo al exterior para ver que no habían novedades, los localizó haciendo labores de marisqueo pues el jilorio que aparentaban, se “golía” desde lo alto de la cueva. Medio balde de lapas y un cestón de erizos fue suficiente pa desbravar sus hambrientos “estógamos” y corazones “paitios”
Con el “mechón” prendido volvió Ginesa a adentrarse por el estrecho pasadizo volcánico hasta encontrarse de nuevo en la amplia caverna en la cual parecía que se había parado el tiempo. En uno de los recovecos que había pasado inadvertido en su primera incursión, halló un nuevo muro de piedra semiderruido o inacabado y en fallida pretensión de cubrir con la misma piedra hornera por precipitación u otra infeliz circunstancia se habían dejado inacabado un hueco del cual Ginesa retiró alguna de aquellas livianas piedras, dejando al descubierto una superficie plana y polvorienta. Retiró alguna piedra más y la forma de una típica caja de madera de cedro, fue totalmente visible cuando la luz del mechón iluminó aquella oscura oquedad. A Ginesa el corazón pareció que le dejaba de latir, ‘pero no; se le puso al ralentí y se sentó donde pudo para estudiar la situación. La emoción la embargaba y con cierto esfuerzo terminó de apartar las últimas piedras que semicubrían el pequeño arcón y con indisimulada emoción, le acercó la vacilante llama del mechón descorrió el cerrojo y levantó la tapa. Con las manos temblorosas, retiró un tapete blanco de rosetas de hilo que cubría el contenido y vio perfectamente alineados en la parte superior, siete volúmenes forrados en piel de cabra con sus títulos claramente legibles sobre las lustrosas y artesanales cubiertas. Decepcionada y furiosa por no poder leer aquellas inscripciones, maldijo su falta de instrucción, cosa en aquellos tiempos impensable para los de su clase, aquello de leer y escribir era privilegio de curas y escribientes profesionales.
Olvidó de momento su curiosidad por la literatura y retiró con delicadeza los libros, su rostro se iluminó a pesar de la falta de luz, sus ojos reflejaron el brillo de varios objetos, unos dorados como el sol de poniente y otros con los reflejos de la Luna cuando salía espléndida en los límpidos atardeceres del mes de octubre. A pesar de no ser muy voluminosos, aquellos recipientes pesaban más de lo normal y la razón era porque estaban hasta los bordes repletos de monedas de plata y oro. No acabaron ahí las sorpresas, en el fondo del cofre y nunca mejor dicho, descansaba una pequeña caja de madera con incrustaciones de nácar y marfil y que en un primer intento, no logró abrir, pues necesitaba una llave para poder acceder a su misterioso contenido, porque visto lo visto; hasta ahora, no podía ser otra cosa que joyas valiosas y extraordinarias.
El mechón se extinguía, pero esta vez como mujer calculadora y previsora había llevado un trozo de tea, que le serviría para dejar todo como lo había encontrado. En poco tiempo todo estaba en orden y mientras su mente pensaba en cómo sacar aquel tesoro que la providencia y las erupciones que provocaron el rescate de su humilde persona por parte de su adorado y hasta ahora disoluto Juanelo la habían llevado hasta aquella maravilla. El objetivo de aquella su intrusión en las entrañas de la tierra, era para intentar descubrir una probable salida al exterior, pues la corriente de aire en aquella estancia seguía inclinando la llama del mechón y de la resinosa tea en dirección al SO. Como una experta, la joven acercó la llama a las paredes de la cueva y de nuevo se repitió el fenómeno, la llama crepitó al avivarse el fuego con el aire que circulaba hacia una posible y secreta entrada. Una fina pared disimulada y construida con mucho esmero era el único obstáculo que de momento se interponía entre la angostura de la cueva y su libertad. Saldría rica y poderosa. Se imaginó residiendo en los fértiles Valles del Norte de la isla viviendo en la abundancia que aquel cuerno de leyenda le había generosamente proporcionado.
No tenía noción del tiempo que había transcurrido, tenía que desandar el camino y ver la altura que había tomado el Sol para volver a la realidad, regresar de aquello que parecía un sueño pero que era tan real como la presencia de sus dos enamorados que esperaban en la playa, sin poder encontrar la forma de llegarse hasta ella. Desde la tronera, hizo su aparición una radiante Ginesa, asomó su linda cabeza y llamó por su nombre anteponiendo el de su Juanelo al del señor Celestino, de quien ella solo tenía el recuerdo de su formalidad e histrionismo con que le había comunicado las intenciones de su enamorado y rico galán.

Continuará…

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