Pequeña historia del Morro del Viento. (final)

Por Agustín Cabrera Perdomo

Aquella tarde, el rezo del Santo Rosario lo desgranaba con voz monótona el nuevo párroco llegado de Canaria, don Juan Rodríguez Alvarado, quien había sustituido a don Tomás Rodríguez Romero, que durante más de cincuenta años llevó las riendas de la parroquia de Tinajo y a quien don Agustín Espinosa en su Lancelot 28 perpetuó por escrito y para siempre a don Tomás Romero, haciéndolo protagonista de la historia grande de Tinajo.


Los Misterios Gloriosos que tocaba rezar aquella tarde, iban cayendo como se nos caían los párpados a muchos de los que allí estábamos haciendo méritos para ganarnos el Cielo prometido. La escasa afluencia de fieles en aquello rezos vespertinos, no era lo que deseaba don Juan en lo que a hombres se refería, pues los pocos que asistimos esa tarde, apenas ocupamos los dos últimos bancos de la nave principal del templo. Los gemelos Antonio y Gonzalo, yo; alguien más que no recuerdo sus nombres y Pancho el de don Vicente que permanecía de pié junto al cancel de la entrada sin percatarse que tenía su linterna encendida dentro del bolsillo de la americana. Arrobado por un fervor hasta ese momento desconocido delante de nosotros y en permanente genuflexión; se hallaba nuestro amigo Paco Pérez, un apuesto joven del pueblo que pretendía a una bella moza de nombre Rosita, hermana que era del antedicho don Juan y del cual sospechamos que con ánimo de ir ganando méritos espirituales ante su tonsurado y futuro cuñado, permaneció durante todo el rezo en aquella incómoda postura genuflexa. Estando nuestro hombre en aquel piadoso y aparente éxtasis, navegaba en la duda y la penumbra de aquella nave de silencio que solo rompía la voz monótona del cura trenzando Avemarías y Padrenuestros. Yo; quizás cansado de tanto rezo, ya que era este el segundo Rosario del día; observo que junto a la pared que queda entre la puerta lateral y el retablo del terrorífico cuadro de las Ánimas del Purgatorio, se desplazaba con su torpe andar, sin prisas y hacia ningún sitio en concreto; un hermoso y negro escarabajo, de aquellos que la leyenda rural decía que si intentabas escacharlo, te podía mear en los ojos y dejarte ciego para siempre. En malvada ocurrencia, en un impulso irrefrenable, me acerqué hasta la pared y sigilosamente recogí al negro y lustroso coleóptero y se lo coloqué suavemente en la espalda al enamorado y devoto feligrés don Paco Pérez. Aquel pequeño escarabajo supongo que superado el susto por su inesperado traslado a un nuevo y desconocido territorio, inició su trabajoso ascenso a través de la chaqueta de dril del mencionado y confiado amigo. Aquella ascensión extra que impuse al pobre bicho se la tomó con calma y resignación pues tardó en su recorrido casi todo el rezo de las letanías a las que por fin y a Dios gracias, estábamos a unos minutos de llegar al último ora pro nobis de aquella noche. Mientras tanto, seguimos atentos la trayectoria del invertebrado el cual avanzaba si alguien no lo impedía hacia el cogote de nuestro amigo. Se mascaba la tragedia, pues el bichejo, estaba llegando a lo que seguramente sería el final de su viaje y era imprevisible el desenlace de aquel desigual encuentro. solo faltaba al obligado escalador, remontar el último obstáculo que suponía el dobladillo de la tela que se alargaba por el pecho y formaba las solapas para saltar al cuello de la camisa. El suspense era total, los asistentes ya no prestaban atención debida a los últimos rezos del señor cura que ajeno a lo que se cocía en las últimas filas recitaba ya las últimas preces en el hoy anacrónico idioma del Imperio Romano.
Cuando las frías patas del insecto se pusieron en contacto con la piel del cuello de Paco, su cuerpo sufrió una convulsión que se transformó en un enorme salto hacia lo alto, acompañado de un manotazo contra su propia nuca lo que provocó el consiguiente e inmediato deceso del pobre escarabajo. Entre los que expectantes; habíamos aguardado aquel desenlace temimos en ese instante por la integridad de la visión de Paco o de su vecino, pero solo un irresistible ataque de risa que pudimos contener momentáneamente, y que en tropel tuvimos que escabullirnos a la calle para soltar la carcajada y que no se notara el numerito que había montado mi inconsciencia juvenil. Don Juan se percató del incidente por el pequeño bullicio que allí se armó durante la escapada hacia la calle y que yo sepa no hizo posteriores averiguaciones o más bien se hizo el longui, porque; si se enteró de algo, no creo que aquel pequeño incidente, fuere a influir en el concepto que él ya se había formado de su futuro cuñado. Como decía, el pequeño revuelo del que parecía ser su protagonista el reconvertido pretendiente y futuro esposo de Rosita no influyó en la determinación que había tomado el señor cura para concederle la mano de su hermana pequeña. Nuestro amigo y querido Paco, a poco tiempo se casó felizmente con Rosita trasladándose a vivir en Arrecife, ciudad donde Paco trabajó el resto de su vida, en Puerto de Naos como probo dependiente de la ferretería de don Hermenegildo Duarte. También supe más tarde que nos había dejado hace años víctima de una grave enfermedad. A Rosita su desconsolada viuda hace muchos que no he tenido el gusto de saludarla pero el recuerdo entrañable que conservo de ella, es de los más felices y evocadores de mi lejana pubertad pues para mí; Rosita; fue en aquellos años lo que para Dante Alighieri fue su honesta y casta Beatriz. Es esta una confesión tardía pero sincera y verdadera.

Tan honesta parece y tan hermosa
mi casta Beatriz cuando saluda,
que la lengua temblando queda muda
y la vista mirarla apenas osa.
Ella se va benigna y humillosa
y oyéndose loar, rostro no muda
y quien la mira enajenado duda
si es visión o mujer maravillosa.
Muéstrase tan amable a quien la mira
que al alma infunde una dulzura nueva
que solo aquél que la sintió la sabe.

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