Pequeña historia del Morro del Viento. II

Por Agustín Cabrera Perdomo

El lugar preferido para nuestras correrías y juegos estaba en la parte trasera de los terrenos donde se ubicaban las casas, donde el Morro era geográficamente una pequeña elevación. Allí se encontraban las pedreras, excavaciones en el terreno de donde en el pasado se fueron extrayendo las piedras necesarias para la construcción de la casas que se fueron ampliando a medida que las necesidades y los posibles lo permitían.

Un pequeño reducto junto a las pedreras se utilizaban como basurero el cual se autoreciclaba de un año para otro, pues las basuras que allí llegaban durante todo el verano, no suponían a las que hoy genera una familia en un par de días, algunas latas de sardinas, ramas de las plantas, carosos, cáscaras de higos picones, de sandias y melones, que de un año para otro, esos detritus -como dije- se degradaban y desaparecían contribuyendo sin duda a enriquecer el terreno. Las sobras de comidas o desperdicios eran una parte para los perros; otra se mezclaba con afrechos y se les daba a la media docena de gallinas de cogote pelado que nos surtían de huevos y cuando dejaban de poner, para el caldero, pues decíase aquello de “gallina vieja hace buen caldo”. Hoy no se como le dan muerte a las gallinas que van para el dicho caldero, en aquellos años señor Pedro las agarraba por las patas y el cogote y con un “geitóso” tirón, la gallina quedaba unos segundos antes de morir garrapateando en el suelo. Hoy puede que si te trincan en semejante “ritual” te pueden condenar por maltrato animal a seis años y un día de cárcel. En una de aquellas pedreras, había un corral de cabras, tenía una cueva y otra parte cerrada por un muro de piedras que al mismo tiempo dividía las dos propiedades en que estaba repartido el morro. El Morro estaba surcado de veredas, por las cuales transitábamos con unos camiones de madera con un mando a distancia que consistía en un palo para empujar y una traviesa en el extremo superior, por medio de unas cuerdas trasmitía movimiento al eje delantero que nosotros mismos fabricábamos con retazos de madera y contando con la supervisión de un artista en este menester, era el amigo Sito Pérez, un hijo de don Beltrán Pérez, que era muy mañoso en esta actividad y en cualquiera a la cual se le ocurriese meterle mano. Con un cacho de verga y unos alicates lo mismo reparaba el motor de un coche que arreglaba el proyector de las películas que nos proyectaba el cine del cura, en el almacén de don Eligió Cabrera en Tajaste. En muchas ocasiones aquellos lugares de menos vigilancia paternal, fue nuestro escenario de salvajes guerrillas entre los diferentes bandos previamente constituidos. Protegidos parcialmente con unos escudos de madera que fabricábamos con unas tablas que se habían traído de la granja avícola que tuvo mi padre en Arrecife, donde hoy está ubicada la Harinera Lanzaroteña y que permanecían amontonadas en lo que llamábamos la despensa, pero que en realidad era el trastero de la casa A estos “escudos” les añadíamos unas asas por un lado y con ellos nos protegíamos de la avalancha de piedras que nos tirábamos sin piedad unos a otros. En una de esas batallas, a mi se me olvidó protegerme la cabeza con el escudo y en el momento de agacharme para recoger “munición”, en ese fatal descuido, Juan Antonio,- un primo de Teresita que además de tirar piedras tocaba el piano los domingos después de misa en la antigua Sociedad amenizando un pequeño guateques-,aprovechó para lanzarme un proyectil con forma de piedra que me estampó en pleno tronco del oído. Fue aquella la primera vez que vi las estrellas en pleno día y quedé tendido en el campo de batalla con la oreja creciendo hasta parecerse a un lebrillo del Mojón.
El corral de las cabras y teniendo a estas como indiferentes espectadoras, nos servía como Ring de boxeo. Mi primo Eulogio que siempre traía de Las Palmas alguna innovación, algún nuevo juego, un balón de fútbol, o un aro de baloncesto y que aquel año fueron unos guantes de boxeo, solo un par, que le calzábamos al contrincante mientras al otro contrincante se le envolvían las manos con pequeñas toallas. No se que les pasaba a los que se ponían los guantes que les entraba un ataque de risa que se partían, circunstancia que aprovechaba el de las toallas para darle leña hasta por gusto. El amigo Kid Nicolás Martín Perez, se llevó una vez una tuesta que no le quedaron más ganas de volver a enfundarse los guantes de la risa.
Pero no todo era siempre diversión; después de comer y en el saloncito de la casa de tía Carmen, en lo que anteriormente había sido el salón de la escuela donde mi abuela desempeñó su cargo como Maestra de Instrucción Pública de las niñas de Tinajo y que más tarde seria transformada en parte de su vivienda dividiéndose la estancia en dos. En la parte que hacia de recibidor o saloncito, -después de comer-, y con carácter obligatorio y el consabido recogimiento, un día si y otro también; se rezaba El Santo Rosario incluyendo sus letanías. Se prolongaba un poco más con oraciones y jaculatorias adicionales por los familiares difuntos y por varios proyectos de Santos en curso entre los que se encontraba la causa de un lejano pariente, el Hermanito Figueroa, un jesuita que había dejado sus huesos en Argentina en olor de santidad y que la tradición de recordarlo a pervivido hasta hoy en forma de caminata y consiguiente plegaria ante los pies de su busto en El Calvario,-frente a la casa donde nació- y siempre pidiendo su milagrosa intercesión por la salud de algún allegado o amigo. Aquellos rezos se nos hacían eternos, con el calor que solía hacer a esa hora de la tarde y el monótono guineo de las interminables letanías, hacía que nos invadiera un tremenda somnolencia que se traducía en tremendos cabezazos, pero estaba prohibido dormirse y haciendo esfuerzos sobrehumanos resistíamos hasta que oíamos el añorado final de aquellas estivales y cotidianas plegarias, que supongo habrán servido de algo.

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