El kiosko (I)

Por Agustín Cabrera Perdomo
Fuente: Lancelot nº 1.051- 12-09-2003

Muchos años después que señor Juan Prim le echara el cierre definitivo, el viejo Quiosco de la Música con¬servó hasta su anunciada y súbita muerte aquel olor inconfundible, aquel tufo a vino rancio, a humedad, a sudor viejo, a tabaco Virginio y manises tostados.

A pesar del lento paso de los años, aquel tufillo añejo siguió adherido a las tablas y ranuras de aquel islote de madera y zinc que hoy pasaría del centenar de años. En la época que les cuento, el Quiosco de la Música permanecía siempre cerrado, -como guardando un secreto-sólo esporádicamente alguien abría una de sus puertas sin aparente motivo y con la misma, al día siguiente mostraba de nuevo su permanente clausura. Así continuó después de la etapa en que el mencionado señor Juan Prim regentaba en sus bajos aquel lúgubre y cochambroso estableci¬miento despachando vino, ron, manises tostados y alguna que otra golosina para el familiaje que por aquellos alrededores merodeábamos enfrascados en nuestros juegos y traquinas. En ocasiones ampliába¬mos el campo de acción de nuestras hazañas por los alrededores que se domi¬naban desde su elevado estrado. Allí, en lo alto, quien fuera años más tarde mi estimado suegro, instaló un buen día una gigantesca botella de Mistol que estuvo soltando espuma y burbujas durante me¬ses como reclamo publicitario de los nue¬vos detergentes que traía el progreso y que poco a poco fueron sustituyendo aquellas blanquiazules barras de jabón con el que nos hacían fregotear los sábados por la noche.
En el cercano paseo, detrás de los bancos de hierro con asientos de listones de madera, estaban las canchas del juego del boliche, en la modalidad del redondillo, donde, en cuclillas – rezongándonos y desacotando lo permitido-intentábamos partir en dos la bonitura o fortunita del contrincante; aunque siempre atentos ante la posible y repentina aparición de alguno de los celadores, que con sus inapelables decisiones mantenían la disciplina por los contornos. Aquellos entrañables guar¬dianes del orden, debían tener visión de linces, pues eran capaces de ver desde la esquina del callejón del Casino, el pálido relumbrar de las perras chicas alineadas en el ojival redondillo marcado en la endurecida tierra. Otras veces, era la vieja tablazón quiosquera, la que servía de respaldo al que le tocaba hacer de almohada en el Chichirivoy y fue siempre complaciente testigo de los baños veraniegos en las escalinatas del viejo Muelle de las Cebollas, del cruce de la banda, o de los saltos y botijas desde los cercanos puentes. Los atardeceres, terminaban con aquella larga letanía del juego de la piola… A la una la mula, a las dos el reloj etc. etc. Que se dejaba oír impertinente por aquel entrañable lugar del Arrecife de nuestra infancia.
La parte alta del quiosco, el estrado destinado a los músicos nos sirvió en ocasiones de mirador: encaramados en los atriles y barandillas observábamos desde aquella privilegiada atalaya, los adelantos en la construcción de un sor¬prendente submarino, que en la azotea de la casa de Don Esteban Díaz y doña Margarita Lorenzo; construían Quique Levy, Aquiles Lasso, Tito Villalba y un rezagado socio que entraría a formar parte de aquella insólita empresa de investigación submarina, aportando a la sociedad una dinamo que había tomado prestada de un fotingo de bigotes que se oxidaba olvidada en un garaje de la calle Riego. Creo recordar, que el sistema proyectado para las futuras e impredecibles inmersiones, lo constituía un elemen¬tal sistema de llenado y vaciado de latas de petróleo, (como las empleadas enton¬ces en el reparto domiciliario de agua) alineadas en su interior, y que por medio de una bomba manual se intentaría el lastre y deslastre del artilugio.
La imposibilidad de bajarlo de aquella elevada grada del no menos singular astillero; fue sin duda la causa providencial para que no se llevara a cabo la botadura de aquel Ictíneo de andar por casa. La gloria de las futuras hazañas submarinas, así como la prueba de valor por la que iban a pasar sus intrépidos pilotos, se vieron felizmente truncadas por el paso del tiempo, la escasez de medios técnicos y por las penurias económicas de los promotores y asociados.

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