El perro cojo

Por Agustín Cabrera Perdomo
Fuente: Lancelot Nº 1130- 18-03-2005

Era tan viejo aquel pobre perro, que apenas le quedaban fuerzas para ladrar con fundamento. Tendido a la sombra que proyectaba la casa de su amo sobre la era, echaba días pa tras sabiendo que la pérdida manifiesta de sus facultades ponía en peligro su ya incierta y avanzada vejez. Últimamente, -supongo que para hacer méritos;- cuando alguien o algo se movía por el camino que linda con la casa, alzaba indolente su ya decrépita cabezota y emitía un apagado gruñido, un remedo de ladrido que pretendía ser de intimidación para intentar con ello disuadir a quien  tuviese la sola intención de acercarse a las posesiones de su amo y que él a su vez consideraba sus dominios y su casa.

Cuando algún que otro congénere – fuera mastín, caniche o sato -, osaba invadir lo que él consideraba su territorio; realizaba un sobre canino esfuerzo para en corta y patética carrera llegarse hasta el intruso e intentar ponerlo en fuga, cosa que últimamente apenas conseguía a pesar de poner en ello toda la ferocidad que era capaz de mostrar. Lleno de peladuras por mil batallas libradas en los polvorientos caminos y casi paralizado en sus cuartos traseros por una dolorosa y perruna artrosis, aquel can sin nombre, sin pedigrí y sin familia conocida; dejaba pasar los días esperando el advenimiento del redentor de los perros.
Hace unos días, en mis paseos matutinos hasta la Plaza, empecé a notar su ausencia por los alrededores de aquella casa y pensé que al pobre animal le había llegado su hora fatídica. Pregunté a un vecino y las noticias que me dio del perro cojo, fueron desalentadoras. – Se lo han llevado a la perrera – me dijo lacónico sin darme más referencias.
Cavilé entonces en la perra vida de aquel pobre perro. Toda su extravagante existencia defendiendo los ideales que por instinto hacía con un celo digno de elogio, para acabar entre rejas, y seguro que por su deterioro manifiesto; pronto alguien acabaría dándole el finiquito por decreto y sin reconocerle los méritos acumulados a lo largo de su vida.
Tiempo después me enteré que aquel pobre animal no tenía dueño legal; se había acogido de motu propio en aquella casa donde el amigo Luis y su mujer le habían dado cobijo y comida, y el modo que tuvo aquel noble perro de agradecerlo, fue intentando salvaguardarles su patrimonio de la única forma que sabía: con aquellas repentinas y casi de risa feroces apariciones tras los corrales.
Amigo y desnivelado perro, si a estas alturas ya te han aplicado la cancelación indolora y civilizada de tu existencia; recuerdo y extraño tu desconchabado andar por los caminos donde mantuviste a raya a quienes intentaron sobrepasar tus áreas de vigilancia y dominio. Extraño tu ausencia porque fuiste ejemplo de lealtad y sacrificio, y solo pediste a cambio el saberte dueño de alguien y poder conservar al mismo tiempo tu alma  bohemia y tu displicente libertad.

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