La fecha de la boda y aconteceres anteriores y posteriores entre Leonardo Retuerta y Socorrito Sagrario.

Por Agustín Cabrera Perdomo.

 

El doloroso despertar de Leonardo en el corral de pajeros de la desconocida vivienda a la que llegó perdido, sin rumbo y en la absoluta oscuridad de aquella agitada noche del Baile de Candil celebrado en donde dicen Palacio, lugar que lleva ese pretencioso nombre porque dicen que allí en la casa del padre de Agapito Méndez, organizador del Sarao que nos ocupa; durmió una noche un Príncipe de la Iglesia, un obispo de la Diócesis Rubicense y Canariense estando de visita pastoral por la isla conejera.


Con el Sol a punto de reavivar el incipiente verde de las laderas del naciente de los viejos volcanes extintos, Salustiano Deganso cruzaba el patio grande de la casa en cuyo centro estaba el aljibe del agua limpia, la que solo se acogía de las blanqueadas azoteas de las habitaciones de la casa. Iba diestro Salustiano con el trabajaste, la jofaina y los otros recipientes necesarios, para principiar el ordeño de las catorce cabras de la casa y llegarse luego a los pajeros para llevarle unos puños de paja de cebada con algunas pencas de tuneras picadas a la camella y al majalulo, estas últimas les aliviaría la sed de meses, pues a las alturas del mes de noviembre en que estaban, no había caído sobre la isla una sola gota de lluvia, pero sí; alguna que otra con fertilizante arena del Sahara . La causa era un “leste” pertinaz y tan majadero como las reiteradas sequías del Caudillo.
Los animales, a pesar de la gazuza que arrastraban, miraron y vieron pasar a Salustiano ante la puerta de la gañanía con la indiferencia en que lo hacen estos nobles y adaptados animales a las gentes y lugares de Lanzarote.

Los quejidos del bravo brigada enamorado, eran ya; apenas un susurro por la rasquiña y el cansancio que le produjo el sufrimiento de la urticaria salvaje que le había provocado la “pajasebaa” y la hinchazón de todo su cuerpo. Salustiano de la impresión reculó pa tras y enarboló la “jorqueta” para ensartar aquel revoltijo de carnes enrojecidas pero al adivinarlo vestido de gente, se detuvo a tiempo y pensó en los lejanos lamentos que había escuchado en aquella sorprendente madrugada.
Salustiano intentó reconocer al sujeto que se revolcaba en la tierra pretendiendo aliviarse de aquella picazón sobrevenida sin duda por la tremenda alergia que le producía la paja de cebada. Salustiano corrió y trajo del alpende una botella de vinagre macho y unos trapos que remojó hasta que quedaron chorrearon aquel supuesto bálsamo, que aplicó al “ex militar” como emplastos refrescantes. Los gritos, saltos, alaridos y carreras que dio el pobre Leonardo, terminaron por poner en planta a los dueños de la casa y a toda su servidumbre. Atrapado en su desenfrenado ir y venir doloroso, lo llevaron dentro y lo subieron al sobrado y al carecer de Urbasón porque aún no se había inventado, lo embadurnan con grasa de Cabra mocha dejando solo al descubierto sus ojos pardos. Así estuvo una semana, semi inconsciente y delirando en sueños eróticos que en su disparate onírico de pecador entre las dunas del Sahara, creía que se acercaba cada vez más veloz hasta las Puertas del Averno. En otros sueños menos placenteros o de menor cuantía, donde el ya casi “don” Lionardo Retuerta creía ver el rostro de Socorrito Sagrario que se le aparecía en forma de ángel, no de los bellos rubios y albinos como los que figuraban en las estampitas que repartían las monjas en la Escuela de Las Hermanas, eran los de una angelota robusta como Dios Manda y que yo creo existen y no las tienen discriminadas en los galácticos Reinos Celestiales por sobrepeso.
¡Qué suerte la del brigada! —comentaba medio pueblo— pues conocido su obscuro deambular nocturno después de la reprimenda manual que le propinó señor Rudesindo a mitad del baile, fue gran casualidad que fuese atendido y dado cobijo, en la casa de la familia de Vetancor y Cruz.
Allí se había recuperado, había cogido carnes, pues la maldita picazón e inapetencia, lo había dejado flaco como un cangallo al que Socorrito con mucha delicadeza cuidaba y atendía. Sin el menor esfuerzo lo llevaba en brazos del sobrado al patio, del patio al corredor y de este al comedor y por la noche lo subía a pelo de nuevo al sobrado, lo acostaba y arropaba tras hacerle beber la curativa agüita de las hojas del Pasote. Con los cariñosos cuidados personales de Socorrito, la mejoría fue casi milagrosa, se fue entonando el hombre con la sana comida que se le servía incluyendo a media mañana una generosa rala de vino con gofio y huevos de gallina de cogote Pelado. Aquella supuesta y afrodisiaca pócima local, le ponía al brigada la sangre sublevada, pero los dolores y el control de su pasión por parte de ella, dejaban a ambos enamorados rojonegros como los teniques de la cocina.
Lo cierto fue que “pa” Las Pascuas de la Natividad del Señor, Don Lionardo Retuerta ya estaba en predisposición y riesgo de pedir la mano de Socorro del Sagrario Vetancor y Cruz a su padre don Veremundo de Vetancor y López—Ayala.
Acordándose la fecha para el día primero del mes de enero del año que nacía con el hecho.

 

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