Ana Viciosa

Fuente: Agustín de La Hoz –Lanzarote

(…) La Cueva de Ana Viciosa, cuyo nombre lo toma aquella gran señora que fue doña Ana Viciosa, esposa del viudo gobernador de Lanzarote, don Juan de León Moxica (1), hijo de don Luis de León que se murió en Agüimes (Gran Canaria) el año de 1572. Doña Ana Viciosa era de aupa, con vigor de hombre, y de belleza singular, no en balde era nieta de mora cautiva. El galante marqués de Lanzarote, don Agustín de Herrera, le regala la isla de Montaña Clara (2).

Mucho más inteligente y sagaz que su marido, del que enviudó rápidamente, doña Ana Viciosa se las arregló de tal manera que llegó a ser absoluta señora de Tinajo y de la inmensa zona de los volcanes, donde creó pequeñas aldeas abastecidas por moriscos adquiridos a los señores de la Casa Herrera. Esta Ana Viciosa, como mujer de rumbo que era, daba a sus amistades comidas pantagruélicas, cosa que no resultaba «buena» para los reverendos de la Real Villa de Teguise, que se cuidaron de alejarla lo más posible de la capital insular, o Corte de los santos señores Herrera-Peraza.
Doña Ana Viciosa tuvo varios hijos, y en honor del más querido, Juan Perdomo, puso ese nombre a un pueblecito que luego sepultó el volcán por las inmediaciones del Golfo. Por estas fechas, 1610-1625, solían atacar las costas de barlovento algunos moros resabiados por las anteriores cabalgadas que hiciera don Agustín de Herrera en Berbería de poniente. Es cuando Ana Viciosa decide, por su cuenta y riesgo, colocar centinelas en las escarpaduras y atalayas, prefiriendo para ello a la montaña Teneza, con el fin de estar prevista y tener suficiente tiempo de preparar a sus gentes, ya que los soldados prometidos por la capital siempre llegaban tarde. Había descubierto Ana Viciosa una cueva a mitad del acantilado de Los Cuchillos, cuya boca se abría a unos doce metros desde el mar y a nueve desde su techo hasta la cima. La bien bragada señora hizo de tal cueva una verdadera fortaleza, un refugio magníficamente concebido, con sus troneras cara al Atlántico, su cuerpo de guardia, y sus habitaciones interiores, donde dicen las viejas crónicas que compartió horas de angustia con bellos «capitanes». Cuando los moros invasores osaban sitiar la cueva de Ana Viciosa salían siempre mal parados, porque la defensa que la célebre dama hacía era digna de un gran general.
Hoy el mar ha destruido el complicado camino que Ana Viciosa trazara, colgándolo por los cantiles, por lo que resulta difícil el acceso al histórico lugar (3). La Cueva se ha convertido, con el tiempo, en inmenso palomar y las cacerías se prodigan a mansalva. También despierta el humano egoísmo las grandes masas de estiércol de palomas acumuladas con los años, y sin ir más lejos hará ahora medio siglo, un grupo de campesinos ignorantes lograron escalar la Cueva, para levantar las lastras de estiércol y a la vez descubrir objetos de gran valor, pero que sin piedad hicieron desaparecer por obra y gracia de la incultura (4)
Desde las troneras de la Cueva de Ana Viciosa se ve el paisaje del cielo y el del mar, resultando ambos maravillosos y de unas coloraciones bellísimas, que cambian según el sol vaya marcando sus tintas y matices. Esta Cueva, a primera vista, parece una cripta con bóveda de más de tres metros, y alrededor varios huecos, siendo uno de ellos bastante amplio y bien dispuesto, acaso el dormitorio de doña Ana Viciosa cuando hacía noche allí, para guardar personalmente sus joyas de más valor.
Dentro de la Cueva retumba el bramar del océano con tal fuerza que parece más quejido de entrañas volcánicas que la voz de Dios. (…)

NOTAS

1.- Moxica, o Monguía.
2.- Anteriormente, el 17 de noviembre de 1502, Sancho de Herrera hace merced al padre de Ana Viciosa, don Juan de Saavedra, de unas suertes en Montaña Roja.
3.- El Dr. Rene Verneau, que visitó la Cueva en 1885, dice que creyendo que fuera una antigua habitación mahorera pretendió reconocerla, pero que hubo de utilizar varias escalas empalmadas, por ser inaccesible de otro modo. La Cueva de Ana Viciosa estuvo habitada en días recientes, dice Verneau, cuando era fácil su acceso y el mar no le había hecho su obra de erosión.
4.- Cucharillas de plata y oro, con escudos grabados, varios recipientes, y otros objetos de interés.

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