El santo cura don Tomás Rodríguez y Romero

Fuente: Agustín de La Hoz –Lanzarote

(…) Fue el santo cura don Tomás Rodríguez y Romero quien llegó a Tinajo dis¬puesto a desmenuzar, con arrojo y valentía, el problema agrícola de su nueva Parroquia, estudiando almas, cuerpos, animales y terrenos. Nadie podrá arrebatar a don Tomás la gloria de haber sido quien realizara, en sus propias fincas, las primeras experiencias de enarenados.

Demostró don Tomás a sus feligreses, adustos e indiferentes, que las tierras enarenadas valían un potosí, y de estas luchas y enconos ha salido esa entidad agrícola que es la zona tabaquera más importante de Lanzarote. Sí, don Tomás —sobran los apellidos— fue, sin duda, el gran redentor de Tinajo, el titán que con mano de hierro supo inculcar a sus vecinos el afán de la renovación.

Ya Agustín Espinosa se ocupó de don Tomás, haciendo su justa semblanza, pero don Tomás Rodríguez fue más, mucho más interesante, hasta el punto de que sus anécdotas y buen humor podrían llenar todo un volumen. Porque don Tomás, si de verdad fue cura, también fue un economista estupendo, a la vez que improvisado galeno. Era muy vivo y vivaz, trapeando la sotana canosa, por birrete, sombrero flexible; la voz gruesa, retumbante; alto y orondo, sin doblar nunca su desafiante figura; cortés cuando quería y de erudición más que sobresaliente, bien llevada. En extremo ocurrente, listo como ardilla y de pasajero buen humor. Así era don Tomás, el hombre-cura histórico de Tinajo.
Hablar de Tinajo sin ahondar en su «institución» don Tomás, es como si se mencionara al Paraíso terrenal sin topar con el recuerdo de Adán. Por eso, aún, queremos seguir hablando de él, recordándole cuando, al sanchopancesco modo, hacía de caballero sobre famélica yegua, para pasearse de cabo a rabo la parroquia, visitando a los enfermos o recorriendo sus fincas. Así durante más de cincuenta años, siempre el mismo, con la misma apostura e invariable carácter. Nunca se derrumbó su recia estampa de medio clérigo y medio cacique. Hace unos años se fue de este mundo, pero su fantasma flota y se respira en el ambiente insular, porque no hay rincón en Lanzarote donde no se le tenga grata memoria, si bien es verdad que, en torno a este memorable recuerdo, la fantasía y la jocosidad populares han inventado cuentos mil acerca de don Tomás. Lo que sí es cierto, rigurosamente histórico, es la paliza que le dio a un maestro de escuela que de él quiso hacer motivo de mofa. Tal irrespetuoso funcionario, con el río revuelto de 1931, ordenó a los niños que tiraran piedras contra la casa parroquial. Don Tomás, que estaba al acecho, abrió la puerta y salió como un volador en pos de las atemorizadas criaturas, agarrando a una que confesó sin más la consigna de aquel «circunstancial» bravucón. El buen cura decidió al instante jugarse el cuero, y montó guardia por los alrededores de la Plaza de San Roque en la seguridad de que por allí recalaría el osado maestro. Efectivamente, al poco, a eso del Ángelus sería, pasa el emplazado y don Tomás se disparó hacia él dándole tan repetidos y sonados cogotazos, que el desgraciado quedó inerte y ensangrentado sobre el suelo (1).
Tinajo está enclavado entre el Atlántico, el desierto de Soo y la infernal región de Timanfaya, y acaso por eso Tinajo sea un prodigio de labor y fecundidad agrícola. No es igual hablar de la agricultura continental, que de la insular y menos aún de la de Tinajo, porque mientras en la España peninsular, póngase por caso, la naturaleza colabora con el hombre que cultiva la tierra, en Tinajo, y en Lanzarote por extensión, es la naturaleza la que más bien entorpece las labores agrícolas. El hombre de Tinajo antoja un cíclope que se pasa la existencia en lucha tenaz sobre el suelo, abriendo con sus propias uñas los surcos, arañando la tierra, como si la apremiara a dar los frutos soñados. Todo lo que hace quince o veinte años era pura maleza, es hoy emporio de fértiles enarenados, tal y como profetizara el arquetipo don Tomás. (…)

NOTA

1.- Poco después, en la Guerra Civil, don Tomás Rodríguez y Romero intercedió por su malparado agresor.

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