La infructuosa aventura de don Fructuoso Perdomo. Capítulo XII

Por Agustín Cabrera Perdomo

La estancia de Fructuoso y Rafael en la hacienda de don José Domingo, para el primero, se estaba prolongado más de lo esperado. La escasez de brazos para la recolección de las cosechas pendientes, fue aliciente y causa primordial para que Rafael se quedase contratado después de la conversación mantenida con el hijo mayor del matrimonio, el cual; desempeñaba las labores de capataz de la hacienda y a quien Rafael le manifestó su inmediata disposición para desempeñar cualquier oficio o actividad relacionada con cualquier trabajo agrícola o ganadero. Rafael, acuciado por la necesidad de percibir un salario y así poder mandar algo de plata a su familia de la cual, por cierto no había tenido noticias después de haber dejado Gran Canaria, el Risco y a su mujer y tres chinijos y era una prioridad tener un domicilio fijo desde donde iniciar la correspondencia con los suyos.


Las razones o motivos del viaje de Fructuoso eran otras, pero se había enamorado hasta las trancas de su bella prima y aquel encoñamiento le tenía absorbida toda su capacidad de decisión por habérsele disuelto ésta cual humilde aspirina efervescente en medio vaso de agua. Begoña había cumplido recientemente las veinticinco primaveras y mostraba radiante el esplendor de su belleza y juventud. Los intensos fulgores de sus pupilas surgían desde la inocencia de una vida hasta ahora tutelada por las arraigadas costumbres cristianas de aquella familia de Perdomos. Lo hacía con naturalidad, sin sentirse la princesa del lugar, aunque sin duda tenía atributos y razones para ello, pues la fama de sus encantos había llegado hasta las riberas del Rio de La Plata donde competían en belleza con los floridos ceiba les de sus orillas. Había comenzado aquella fulgurante y repentina relación con un férreo control de la familia, la mucama que hacía de carabina estaba siempre vigilante, un poco apartada de las mecedoras del porche donde los enamorados esperaban ansiosos el ocaso y a la tenue luz del crepúsculo para decirse con furtivas caricias todo lo que no podían con las palabras, debido al oído fino de la guardiana y que les salía de lo más profundo de sus entrañas. Fue durante aquellas tardes de rojos atardeceres cuando Begoña le manifestó lo poco romántico que le sonaba aquel ubérrimo apelativo de Fructuoso y decidió llamarle simplemente Frú. A el muchacho, no terminó de llenarle que a su nombre le cercenaran más de la mitad de sus letras y su tímida protesta fue acallada por la dulzura con que llegó a sus oídos -acompañada de una sonrisa-, la voz de su amorosa prima que tiraba por tierra todas las defensas del muchacho, el cual intentó devolvérsela con un forzado rictus de enfado en los labios pero que terminaba convirtiéndose en la mirada de un cordero degollado. A pesar de aquella repentina obsesión amorosa, Fructuoso no había abandonado sus planes de aventuras. En una de aquellas plácidas tardes después del duro trabajo de la Hacienda, Frú le dio a conocer a la ilusionada joven, sus intenciones aventureras. Ella abrió los ojos de tal manera que el propio Frú estuvo a punto de ahogarse en las lágrimas que brotaron de sus cuenca. En algunos segundos, pasaron por su mente tantos años de su casi olvidada soledad que transitaba por los polvorientos caminos de su lejano terruño isleño. Su corazón casi se disloca ante aquella inesperada profusión de lagrimas y tomando entre sus manos las de la jovencita, olvidando el reproche de la tenaz centinela, enjugó en su hombro aquellas primeras lágrimas vertidas por amor y sintiendo como un fuego húmedo le abrasaba el torso, le hizo deshacerse en sinceras promesas, incluso la de llevársela consigo, sabiendo de antemano que esa sería empresa imposible por la casi segura oposición familiar. Le prometió matrimonio a su regreso el cual -según le susurró al oído- no se demoraría más de dos años. Fructuoso, más tranquilo al adivinar cierta comprensión en la joven viendo que la calma asomaba de nuevo por aquellos hermosos luceros que tenía por ojos. Ella consciente de la determinación del joven, prometió entre sollozos, guardarle ausencia mientras Dios la quisiera mantener viva, pues el recuerdo de su amor permanecería como el primer día y para por jamás.
Se decía en las tierras isleñas origen de la perdomada hoy extendida por todo el mundo, que la tozudez, obstinación y cabezonería del Perdomaje, era como el misterio de la Santísima Trinidad: inexplicable. Fructuoso había salido de su pueblo con la intención de hacer parada y fonda en la mayor parte de los países de habla hispana y que a pesar de aquel inesperado enamoramiento, estaba decidido en breve a reemprender su interrumpida y premeditada aventura. Eso sí: con el corazón encogido.

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