Pregón de Mancha Blanca 1998

POR  ENRIQUE PÉREZ PARRILLA

Enrique Perez

            Pregonar esta onomástica conduce de manera inevitable al relato de la aparición   de un ser celestial que posteriormente fue reconocido por Juana Rafaela Acosta   como la Virgen de los Dolores, pues en el templo matriz de la Villa de Teguise, la niña identificada la   imagen de la virgen con la mujer enlutada que se le apareció por dos ocasiones, la segunda de las cuales, para combatir la incredulidad de los padres de la niña, le había dejado sobre sus hombros la huella de una mano. Esto acaecía en 1774, o sea 38 años después de que el magma candente de las Quemadas desviara su curso normal y buscara dirección hacia lavas pretéritas, salvándose de esta forma suelos fértiles y caseríos. Hablamos de 1736, a un año (1735) de que el Papa Clemente XII concediera a España la celebración de la fiesta de la Virgen de los Dolores para el 15 de septiembre de 1736, es pues de total lógica y sentido religioso que el milagro de la detención de la lava ardiente fuera obra de la mencionada virgen.

            La historia de la Virgen de los Dolores es, sin embargo, la historia de una promesa,   por lo tanto una historia humana que interesa ser resaltada de una manera especial. No se trata de levantar acusaciones contra los incumplimientos y las causas que de éstos puedan derivarse. Se trata de definir las promesas como una condición humana que habla de la firmeza para llevar a cabo la obra que se ha propuesto. Si aquellos agricultores y pastores de Tinajo no pudieron de manera inmediata construir el templo que habían prometido tal vez fuera por sus míseras condiciones económicas, lo importante es que al final la obra fue construida tras laboriosos esfuerzos y, también hay que decirlo, para ser fiel a la tradición, debido a las amonestaciones de la señora enlutada. El caso es que promesa y resultado fueron un hecho que hoy podemos constatar con la presencia del templo.

            He querido resaltar esta condición que embarca al ser humano en la consecución de lo que se propone, porque viene a bien para situaciones que se dan en la actualidad en nuestra isla. Es preciso articular una promesa que nos lleve a la conservación de nuestra isla y a la preservación de nuestras señas identitarias, especialmente aquéllas que tienen que ver con nuestra concepción de respeto a la naturaleza y el medioambiente y que ha posibilitado  que vivamos en una isla admirable. Hoy no nos amenaza la presencia de las corrientes lávicas. Por el contrario las fuerzas telúricas, que en el pasado fueron calamitosas para nuestro suelo, juegan un papel de aliado que hacen de la isla uno de los espectáculos naturales más atractivos del planeta. Hoy la amenaza viene de nosotros mismos, de nuestro afán desmedido por atesorar riqueza sin importarnos cuánto hemos de pagar por ellas.

            Durante años, los hombres y mujeres de Lanzarote se han mantenido firmes en el propósito de hacer de esta isla un lugar donde fuera posible vivir, donde se dieran las condiciones apropiadas que ahuyentaran los espectros del hambre y de la emigración. Ha sido una labor en ocasiones angustiosas: nuestra gente se fue al mar, a buscar el sustento que las pertinaces   sequías le negaban en tierra. En ese amplio y vasto mar, muchos dejaron sus vidas, llevando el dolor a las familias. También se gastaron los cuerpos de nuestros campesinos en tareas duras de sacarle a la tierra los frutos que escondía. De sol a sol se trabajó sin descanso. Un mínimo de tiempo para reposar tanta rotura del cuerpo. Los hombres y mujeres de las fábricas trabajaron sin pausas. Aquí y allá, en el interior y en la costa, trabajar era lo único que se hacía. Todo un esfuerzo que sólo lograba bajos niveles de subsistencia, apenas unos cuartos para la comida y para lo esencial, porque eran épocas en las que la mayoría de nuestra gente no eran dueños de nada, sólo de sus cuerpos. Pero, así y todo, los campesinos hicieron de un suelo duro y del volcán un jardín fértil, de jugosos y aromáticos frutos. Los marineros hicieron una economía útil, creando bolsas de riqueza. Todos los gremios alzaron la isla y la preparación para el futuro.

            El esfuerzo de todos, hizo posible un lugar desde donde proyectar sus más ambiciosos proyectos. Así, en los años sesenta, con la instalación de la primera potabilizadora y en confluencia con una mayor disponibilidad en Europa para el disfrute de los períodos vacacionales, la isla se equiparaba a cualquiera de los territorios capaces de atraer visitantes, comenzando de esta manera su dedicación al mundo del turismo. Lanzarote pasaba, de ser una excursión opcional del turismo instalado en Gran Canaria o Tenerife, a ser un destino deseado por todos. Ese tiempo en el que muchos de nosotros hemos sido testigos directos y activos, fue un tiempo histórico. En él nacen los Centros de Arte, Cultura y Turismo del Cabildo que inmediatamente se erigen como símbolos identificativos de la isla. Junto a ellos nace el legado de nuestro artista universal, César Manrique. Un legado sencillo pero explícito: Cuidar la isla, mimarla, evitar que la riqueza de hoy se convierta en hambre para mañana.

            Hago este recorrido, enumerando los esfuerzos, para situar en justo lugar a quiénes les debemos nuestro presente. Y por tanto con quiénes debemos rendir cuenta de las acciones que hoy podamos emprender. Somos, en definitiva, depositarios de una herencia que ha sido posible gracias al denuedo de nuestros ascendentes y debemos ser respetuosos con ellos.

            Este respeto del que hablo tiene mucho que ver con la divisa de Manrique, alusiva a mantener viable hacía el futuro nuestra isla. Evitar que, por el afán desmedido de unos pocos, se colapse la economía insular es un deber que todo lanzaroteño está obligado a asumir. Debemos ser los guardianes de nuestro futuro. Ha de salvaguardarse el territorio y garantizar que nuestros descendientes puedan gozar de él con tranquilidad y   con posibilidades de desarrollar su vida profesional.

            Actualmente y como resultado de un trabajo de investigación acerca de nuestra situación, me refiero a cómo está influyendo en la isla y en la población el crecimiento de los últimos diez años y cómo compatibilizar éste con nuestra condición   de Reserva de la Biosfera y nuestra apuesta   por un Turismo Sostenible, nos hemos vistos obligados a tomar medidas que pudieran a simple vista resultar drásticas y contrarias a la seguridad del empleo, pero que no sólo no es así, sino que éstas serán, sin lugar a dudas, las únicas garantías para la conservación de nuestra economía y de nuestra isla. Tenemos un modelo económico que nos permite plantear una moratoria, es precisamente esta situación la que nos brinda la oportunidad de debatir acerca de nuestro futuro con toda tranquilidad. Necesitamos saber con la mayor exactitud posible cuándo podemos estar arriesgando de seguir con el crecimiento actual. Por primera vez, en la historia de nuestra isla, se toma una decisión que a juicio de la   mayoría de la población y de los intereses empresariales es indispensable para diseñar el futuro de todos. El gran milagro consistirá en que todos nosotros seamos capaces de concebir a la isla como el hogar idóneo, equilibrado y capaz de conseguirnos los mayores logros respecto al disfrute y el trabajo y no como una explotación minera cuyos resultados últimos puedan ser el deterioro total del paisaje y el consiguiente abandono ya no quede nada que ganar.

            La moratoria ha sido planteada desde la sensatez, desde la preocupación, así deben entenderlo quienes aún lo dudan. No hay nada misterioso ni escondido tras una moratoria, es simple y llanamente un plazo que nos tenemos que dar a nosotros y a la isla,   para ponernos a punto, para conocer nuestras posibilidades futuras y, sobre todo, para planificar de una manera inteligente nuestros recursos a lo largo del tiempo. Hoy, por lo que he explicado, podemos permitirnos el lujo de realizar reflexión, otros lugares no lo han podido hacer y les ha costado la ruina y el fracaso como sociedad. Yo estoy completamente seguro que el control y la pausa que podamos efectuar hoy, repercutirá en mejores y mayores oportunidades futuras, además de una mejor ubicación de nuestro presente, pues este tiempo nos servirá para adecuar y remozar las instalaciones que sufren algún tipo de deterioro o de no optimización para una rentabilidad mayor y para que podamos ofrecer sin críticas nuestra función de anfitriones.

            He venido a esta onomástica a hablarles de Lanzarote, en el sitio exacto, pues aquí está concentrada la población conmemorando un milagro, un hecho sorprendente acaecido hace ya 262 años. Un milagro es evidentemente un hecho sorprendente, algo extraordinario y maravilloso, también: haber escapado de un gran peligro. No cabe duda que lo que hoy necesitamos   respecto a nuestra isla es el milagro de salir bien parados de todo cuanto acontece a nuestro alrededor. Creo, además, sinceramente que éste es un milagro que todos esperamos. Muchas veces al coincidir con la salida de los niños y niñas de un colegio, cuando, y por mi profesión conozco perfectamente esta sensación, vemos a los jóvenes en los institutos, no podemos evitar preguntarnos ¿dónde y quién va a dar trabajo a   tanta gente? Pues, bien, el milagro tendrá que consistir en que para ellos siga quedando una isla. Y esa es nuestra principal responsabilidad, logro que podemos obtener si hoy dosificamos racionalmente nuestros recursos.

            El otro de los aspectos que justifica mi discurso aquí, es retomar el sitio donde el pueblo de Lanzarote puede hacer una promesa. Éste es un lugar probado, con precedentes respecto a la capacidad del lanzaroteño para superar y para proponerse avanzar, para cumplir lo que ha prometido. Yo aquí lo prometo, y de una manera consciente y claro digo que mi promesa consistirá   en lograr que esta isla   siga teniendo futuro. A la misma promesa los convoco a todos: a los hombres y a las mujeres de Lanzarote y (la) Graciosa que, año tras años, han hecho de este territorio nuestro un lugar posible para la vida. A la gente del mar y a la gente de la tierra, a los comerciantes y a los empleados, a los empresarios y a los obreros, a todos, sin distinción de clase.

            Se trata de mantener la misma promesa que de alguna   manera hemos ido cumpliendo, desde que decidimos respetar la naturaleza de la isla   y que el mundo supera que en Lanzarote habíamos abierto un proceso de amor y de relación estrecha con nuestro medioambiente, un proceder que nos ha hecho merecedores de la importancia distinción por parte de la UNESCO de Reserva de la Biosfera.

            Es justo, una vez expuestas por mi parte las preocupaciones en cuanto a nuestro futuro, extendernos algo más sobre el sentido de la fiesta en honor de la Virgen de los Dolores. Hablar de la   importancia que esta efemérides supone para las creencias y la cultura de la isla y sus gentes. El importe carácter aglutinador de la población, que aprovecha para compartir las alegrías y las palabras, los saludos y las noticias. Los Dolores es el marco de   un encuentro insular, bajo un comportamiento alegre y diáfano, donde la   gente practica su simultánea condición de anfitrión y de invitado, pues todo se comparte, desde los cantos hasta los alimentos que ayudan a los romeros   en el camino. La isla entera activa sus carreteras y la gente puebla las orillas, caminando alegremente hacia el santuario blanco de una Virgen hecha de volcanes. Las tradiciones brotan en cada hogar. Se abre el arcón donde reposa la ropa adecuada, si se ha de vestir típicamente o se ha de usar el terno con la camisa inmaculada abrochada hasta el último botón. Las mujeres con los tejidos delicadamente calados, los hombres con los chalecos bordados de encendidos colores. Gorros, sombreras de doradas empleitas y cachorros de oscuro fielto, pañuelos al cuello, fajas negras aprisonando el dril o   mahón de los pantalones y el blanco de las amplias camisolas. Es una multitud que canta mil canciones, cuyos sones y letras se cruzan tejiendo un cielo de alegre algarabía, nunca disonante, una bulla cómplice que ensancha los pulmones y eleva los ánimos hasta que al final nace la catarsis, entonces volcán, creencia, Virgen y pueblo son una misma cosa.

            Ése es el sentido de la fiesta: el nacimiento de un espíritu que es festivo y consciente al mismo tiempo, pues la catarsis no es una borrachera amnésica, sino un estado de gracia conferido desde la afirmación en cada persona de sentirse parte de una cultura colectiva que da definición a un pueblo.

            Todo este derroche de alegría y de compromiso, es equiparable al agradecimiento por haber sido salvado de la fuerza devastadora del volcán que entre 1730 y 1736 se expresó   con dantesca convicción. Hoy lo vivimos, un poco embriagados por la lejanía,   pero aquellos momentos se clavaron angustiosamente entre nuestros ascendientes que presas del pánico sufrieron de manera indecible. Nos basta recordar, por medio de la lectura, la carta del antiguo Cabildo de Lanzarote a la Real Audiencia de Canarias, el 17 de octubre de 1730, y que creo que merece la pena que les lea:

            “Muy ilustres señores =Señor: con sobrados sentimientos, aflicciones y desconsuelos participa este Cavildo a Vuestra Señoria como aviendo rebentado un bolcan la noche del día primero del pasado, echando fuego diez y nueve días, en que dexó quemadas casas, aljibes, maretas, fabricas, paxeros, tierras labradias y montuosas de los lugares de Chimanfaya, Rodeo, Manchablanca   la grande, parte de las jarretas, Buenlugar, Santa Catalina con su iglesia, y Mazo, entullado además con las arenas el lugar de Peñapalomas, el resto de las jarretas y la mayor parte de la Jeria alta, causando en todo el mismo daño que hizo el fuego; de presente ha rebentado otro bolcan, en diez del corriente a las cinco de la tarde con poca diferencia, distante tres quartos de legua del primero con la circunstancia de haver abierto dos bocas, la una de otra a tiro de buen mosquete apartadas, y mui cerca la primera de la iglesia quemada de Santa Catalina, y la otra de Mazo, echando por esta tanto fuego y arenas que a distancia de tres cuarto leguas se siente la incomodidad, que obra en la vista, y el daño que haze en los texados y tierras; pues se sabe por cierto que la Vega de Tomar, que es el corazon de la isla, las vegas del pueblo con que confina y otras muchas de particulares, que todo es en el riñon y centro de lo mexor, con los lugares de Testeina, Cuaguaro, Conil, Masdache, Cuatiz, Calderetas y San Bartholomé con sus districtos, se hallan ya tan perdidos por lo que han subido dichas arenas que las tierras estan incapaces de cultivo y labor. Los aljibes y maretas sin agua perdidas totalmente las acogidas; las casas quasi tapiadas; los paxeros trabaxosos;                                            

el qual tambien se toca en la Jeria baxa, la vega del Chupadero, y parte de Uga; a que se llega que dichas arenas han cubierto no solo las vegas, tierras y lugares expresados con la imposibilidad de que aia algibe ni mareta que pueda coger agua, aunque llueva mui mucho, si también todo lo montuoso y terminos de los ganados mayores y menores; porque por nuestras culpas hasta los paxaros y conejos, con las inmundicias de ratones y otros animalillos, andan vagos por encima de dichas arenas sin tener de que alimentarse, siendo todo lo insinuado nada en comparación del dolor que causa el lloro y lamento de hombres, mugeres y niños, que se ven a rigones del ingrato elemento despojados de sus propiedades y expuestos en los campos a la inclemencia de los tiempos con sus personas y sustento, buscando simas ocultas para alojarse en ocasión tan incomoda, como la presente a boca del invierno, en que sin duda a la primera lluvia serán perdidos todos los granos que se hallan fuera de paxeros, que son las troxes, en que los vezinos desta isla los recogen, y es de lo que carecen por los muchíssimos que se han quemado; con cuios motivos, y el de no haver casas en los lugares contiguos a los perdidos, ni aun a los mas distantes para acoger gente y granos, precisados de   necesidad tan urgente, han ocurrido a este Cavildo los desamparados, instando sobre que los dexemos salir para las otras islas, y sacar sus granos, a que hemos acordado por junta que hicimos el día 15 del corriente, participar a Vuestra Señora estos trabajos por medio de aviso, que despachamos al Excelentisimo Señor Comandante General destas islas, a quien expresamos lo mismo, y los continuos temblores, que no   cessan en toda la isla, porque continuamente esta palpitando, a cuia vista los habitadores, especialmente el mujeriego, se hallan rendidos al temor, sin embargo, de que este Cavildo con muchos que concurren a lo mismo, hazen de su parte lo posible por alentar a los desanimados con el horror del fuego que subsiste; y para consuelo destos pueblos hemos determinado detener los barcos que se hallan arribados; porque esperamos que Vuestra Señoria con la brevedad posible determine para sosiego de alguna inquietud que se va reconociendo, que no tome cuerpo, mayormente quando el administrador del tabaco, la cruzada y bula pretender extraer diferentes porciones de granos, a que intentan preferencia los incomodados con los que tienen; esperamos que Vuestra Señoria nos apresure sus ordenes, las que el Alcalde mayor, y Governador de armas pide con la misma instancia a dicho Excelentisimo Señor Comandante General. El cielo nos favoresca, y guarde a Vuestra Señoria, como este Cavildo desea, y ha menester. Lanzarote y octubre 17 de 1730= Muy ilustres señores = Besan la mano de Vuestra Señoria sus mas rendidos servidores = Melchor de Arvelos Betancourt y Spinola = Francisco Nantes Betancourt =Por acuerdo del Cavildo = Nicolas Clavijo Alvares, escribano público y de Cavildo = Muy ilustres señores Presidente, Regente, e Oydores de la Real Audiencia de Canaria.

            No cabe duda que lo expresado en esta carta muestra la magnitud de la catástrofe, los temores de los pobladores y las grandes pérdidas. Podría decirse que en el campo de las creencias, para los habitantes de Lanzarote, el mismo infierno enseñaba sus fauces y los amenazaba con hacer arder sus cuerpos y sus espíritus.

            Creo que es imposible hacerse una idea de un hecho como vivido por nuestros antepasados. Cuánto horror y sufrimiento pueden desatarse. Un temor al que no estaban ajenos los naturales de Fuerteventura y de Gran Canaria, a tenor de la documentación existente y del fluido cruce de correspondencia describiendo la pavorosa situación. La erupción presenta tal dimensión que en Gran Canaria puede escucharse su estruendo y muchas veces el resplandor de su voracidad. Tal es así que autoridades religiosas conceden, el 11 de enero de 1731, la bajada de la Virgen del Pino, a petición de la Ciudad, con la finalidad de que la milagrosísima imagen interceda ante tan temida catástrofe y aplaque la ira del volcán en Lanzarote. Acordó, con el mismo fin, el   Cabildo Eclesiástico que también se lleve a la ermita de San   Nicolás de Bari, para desde ahí salga en procesión con San José traído del Álamo, la santa Imagen de San Antonio   Abad, en cuanto a que este santo es especial Abogado del fuego.

            Se lleva también a la Catedral el Cristo de la Vera Cruz para acompañar a la Virgen del Pino.

            En Fuerteventura, entre las diferentes acciones acometidas, y sus preocupaciones por los sucesos, podemos destacar el envío por parte de su Gobernador de armas, D. Pedro Sánchez Umpiérrez, de un pintor a Lanzarote para que recogiera en un mapa los principales lugares afectados por las erupciones. Mapa que envía al regente de la real Audiencia de Canarias, D. Juan Francisco de la Cueva, el 18 de Noviembre de 1730. es un documento interesante en la medida en que éste ha de servir para adoptar las medias preventivas.

            En otra carta, del 30 de noviembre de 1730, del Alcalde Mayor de Fuerteventura, se habla de la entrega de los habitantes de la isla hermana para socorrer a quienes huyen del volcán, diciendo literalmente “Todos los habitantes desta isla se ha esforzado a favorecerlos, como si fueran padres, y hijos”. Describe esta carta también los efectos de la erupción: “…en un pueblecillo que llaman la Jeria, dizen, y es mui cierto, echa tal mal olfato la tierra en partes, que los animales se caen muertos, y las aves. Pasando onze reses bacunas por este lugar, todas onze, dizen, caieron muertas. Lo mismo ha sucedido con otras de la misma especie con jumentos, perros, gatos, y gallinas, de que infieren que con las lluvias, vaporizando la tierra, se puede levantar alguna epidemia.” La misma carta da una relación de personas, animales y granos llegados a Fuerteventura. Dice así:

“ Asta el día 14 de corriente han llegado
363 personas
147 reses bacunas
629 ovejas y cabras
1060 fanegas de trigo, y cebada, que han traído las personas transportadas”.  

 Todo esto nos da una idea de cómo transcurrieron aquellos aciagos días. A nosotros nos basta observar la corteza atormentada de nuestra isla, para comprender la razón de los miedos y los deseos de abandonar la isla, que hasta el cura Andrés Curbelo, aquél que registrara en su diario la erupción, renuncia al Curato de la Parroquial de Yaiza en Lanzarote y pide licencia para ausentarse de la isla.

Hoy, el volcán no nos muestra su cara infernal, por el contrario, como ya he dicho, juega un papel principal en la atractiva estética insular. La Virgen de los Dolores habita en un santuario blanco como si la mar rompiente del oeste le hubiera dejado al viento un trozo enorme de su espuma, que llevó en volandas sobre las tierras calcinadas hasta posarlo a los pies de la cruz quemada, al soco de la marca de 1736. en este sitio estamos ahora, rogando por nuestros deseos ya expresados.

Este es mi pregón y mi llamada: celebremos con alegría este hecho que supone un encuentro de todas las gentes, arropados por la cultura tradicional. Sintámonos marcados por la huella de la mano de Nuestra Señora de los Volcanes en nuestros hombros, eso nos hará fuertes en la promesa de participar en la construcción colectiva de la isla. Volvamos cada año, a este lugar a constatar que hemos hecho posible el milagro lanzaroteño: seguir teniendo un territorio en el que ser felices, una isla de la que no tengamos que marcharnos o ver partir a nuestros hijos.

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